martes, 8 de diciembre de 2009

La batalla de Nueva Zelanda, Día 23: El último cuplé

Por fin salió un día bueno, nos lo merecíamos. Daba gusto estar en la
caravana por la mañanita, cuando sonó el despertador: hacía calorcito
porque daba el sol, y la luz que entraba hasta hacía que casi nos
apeteciera saltar de la cama.

Apurando el plazo de las 10 de la mañana para desalojar (ya vamos
estando muy cansados), salimos hacia el i-Site, a que nos dijeran cómo
estaba el panorama carreteras y cómo ver lo que queríamos ver.
Cojonudo: todo abierto, sin problemas. No nos recomiendan, eso sí,
coger la carretera 309, que pensábamos hacer porque se supone que era
una ruta panorámica alternativa, con kauris, árboles centenarios
autóctonos de la isla Norte.

Con las mismas, caminito de Cathedral Cove. El razonamiento fue el
siguiente: sólo nos vamos a bañar en Hahei, porque las otras dos no
estaban recomendadas por las corrientes que tienen y la abuelita del
viaje (es decir, Ana), las había vetado como zona de baño. Entonces,
vamos primero a Cathedral Cove a verla, a la que se accede solamente
caminando, luego vamos a Hahei, comemos, nos bañamos y descansamos, y
luego nos vamos a Hot Water Beach, porque nos coincide con la marea
baja (tacháaaan).

Superplanificación mediante, llegamos a Cathedral Cove. Cogemos los
bártulos no sin discusión (a veces parece que en vez de ir a una
caminata de 45 minutos, vamos al Himalaya), y nos ponemos a ello. Como
de costumbre, batimos todas las marcas, y llegamos en 25 minutos, sin
forzar. Los caminitos tenían buenas vistas, e incluso atravesamos un
bosque húmedo.

La playa es preciosa. Arena blanca, agua azul-verdosa, vegetación
casi-selva que llega hasta la orilla, y unas formaciones rocosas en
medio de la arena como pórticos (de ahí el nombre) que le dan la
imagen tan peculiar que tiene. La pena es que en uno de los arcos
había un desprendimiento y sólo vimos media playa, pero el resto nos
la imaginamos. Muy chulo. La vuelta la hicimos paseando por otras dos
pequeñas bahías donde se hace mucho snorkel, debe de haber muchos
pececitos en el fondo: Stingray Bay y Gemstone Bay.

En 5 minutos nos plantamos en Hahei, porque está todo pegadito. Nos
hicimos unos bocatas en la caravana, un poco de queso, unas patatitas,
unos kit-kats... vamos, que nos cuidamos mal. Otros 2 kms de playa, y
unas 50 personas en la playa, tirando por lo alto. Pues nada, con la
panza llena, allá que vamos a ese baño de orgullo en el Pacífico,
porque el agua estaba fría de narices. Parecía que nos estaban
clavando miles de agujas en las piernas, pero dos chicarrones del
norte (una de más abajo de Picos de Europa, pero bueno) no pueden
dejar pasar esta oportunidad, y hasta metieron la cabeza (por eso se
nos han congelado las ideas).

Y cuando daban las tres de la tarde, empezó la emigración hacia Hot
Water Beach (se notó, la gente empezó a recoger). La historia de esta
playa es bastante curiosa: en un margen de +/- 2 horas en torno a la
bajamar, en una franja de 50 metros, si excavas un poco la arena,
salen pozos de agua caliente. Esto es lo que nosotros sabíamos cuando
llegamos allí.

La bajamar era a las 17:15, y allí estábamos nosotros a las 15:15 como
clavos. Hicimos una primera prospección, y aquello era como un
Benidorm en 50 metros cuadrados excavando en la tierra como mineros
mayores, pequeños y medianos, con palas de obra y todo, y haciéndose
unas peazo de piscinas-jacuzzis particulares que eran pa verlas. Pero
imaginaros la vista desde lejos: otra playa más larga que un día sin
pan, y ni pirri en ningún lado de la playa, excepto 100 personas en
apiñadas en 50 metros.

Una vez que ya vimos cómo iba el tema, nos fuimos a alquilar una pala
(sí, sí, alquilan palas, en el chiringuito del principio de la playa),
y nos fuimos a buscar un sitio para hacernos nuestra piscina. Ahí que
nos véis intentando notar con los pies las zonas calentitas, y al
principio fallando más que una escopeta de feria. Finalmente nos
decidimos por una zona y nos pusimos a cavar como perros, parecía que
nos habían condenado a trabajos forzados. No tardamos mucho en tener
una piscina de tamaño decente (entraba Ana de largo, más o menos),
pero el agua no pasaba de templada, cuando véiamos otras zonas donde
salía humo. Cagontal, no acertamos.

Pero hete aquí que las buenas artes de la diplomacia española siempre
tienen premio. Nos hicimos amiguitos de una pareja de alemanes jóvenes
de la piscina de al lado (de Kiel, por cierto), que a su vez se habían
hecho amiguito de unos sesentones americanos que habían encontrado
petróleo del güeno. Y muy cucos ellos, habían unido las piscinas,
porque el paisano americano no soportaba el agua tan caliente que
habían descubierto ellos. Nos preguntaron qué tal estaba nuestra
piscina, y al comentar que "psché", nos dijeron que nos pasáramos a la
suya si queríamos. Ana probó, pero estaba demasiado caliente, y
estamos hablando del engarnio manifiesto que es Ana, ojo al dato.
Quemaba. Así que con un cazo (lo tenían los americanos) de calentar
leche, nos pasaban agua de su lado caliente hacia nuestra piscina, en
plan cadena, trabajo en equipo. Poco a poco fuimos haciendo más migas
(nos estuvo contando la señora de su hija, que vive en NZ, y la
alemana nos estuvo contando cosas de Kiel), y al final derrumbamos el
muro de Berlín y juntamos nuestra piscina con la de ellos, con lo que
teníamos entre los 6 la piscina más grande que allí había. Se estaba
de vicio, porque al mezclar las temperaturas, aquello estaba como un
spa. Calentito, pero no quemaba. Vamos, pa estar Ana allí metida como
hora y media sin salir ni tener frío...

Cuando ya empezábamos a pensar en marchas, una de esas voces españolas
tan delicadas tipo "trae la mochila pacá, jodeeeeeeeeeeer!" que nos
distinguen allende nuestras fronteras que Dani dedicó a Ana hizo que
hiciéramos otros dos amiguitos, esta vez de Mallorca, estamos que nos
salimos de sociables. Nos hicimos fotos mutuas, comentamos la jugada,
muy bien. Ellos también se iban el día 7, y ojo al dato, A ÉL TAMBIÉN
SE LE ROMPIÓ EL PASAPORTE. Mierda de calidad española. Lo que pasa es
que a él se le rompió en Barcelona, con lo que casi pierde el vuelo.
Pobrecicos.

Por cierto, añadir que en nuestra línea ascendente de sociabilidad, el
día anterior en el spa habíamos conocido a un holandés parlanchín y
muy gracioso con su mujer (aunque llevaba 40 años en NZ), y a un
francés con su hija que conocía Asturias (qué pequeño es el mundo)
porque resulta que es uno de los organizadores del Festival
Intercéltico de Lorient, y viaja a menudo para reunirse con el
delegado asturiano, Lisardo Lombardía. Toma ya. Es que el otro día se
nos olvidó comentarlo, porque el sueño no nos dejaba pensar con
claridad.

Bueno, vuelta a nuestro día playero: cuando ya estábamos muy muy
arrugados, salimos, despedimos a nuestros amiguitos varios, y nos
hemos venido a Thames, donde hemos ganado un poco de camino hacia
Auckland pero hemos llegado pronto como para descansar. Hemos venido a
un camping que nos han recomendado nuestros compañeros de piscina
americanos, y la verdad es que no es que sea una maravilla, es bonito
pero está todo muy viejo. Mención aparte del "casero", un tío con
pinta hippie que nos ha atendido con un pareo y recién salido de la
ducha.

Mañana madrugaremos para limpiar bien la caravana, y poner rumbo a
Auckland. Snif, snif, esto se acaba. El último cuplé. Ya lo hemos
cantado. Bueno, lo ha cantado Ana, que Dani no se la sabe, pa variar.
Besitos y abrazos!

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