lunes, 25 de abril de 2011

Viaje a Alemania (Día 8): Heidelberg - Frankfurt - Madrid

DÍA 8: Domingo 24 de Abril de 2011.

Heidelberg – Frankfurt - Madrid


Nivel de Descanso: 7 horas de sueño de Dani.

Temperatura: Ana lleva mucha ropa encima para evitar sobrepeso en la facturación, así que no cuenta. Luce el sol.


A las 7 de la mañana sonó el despertador, aunque ya un poquito antes nos estábamos despertando por el sonido de los pajarillos y la luz que entraba por los ventanales. Qué maravilla de habitación.

Sin perder mucho tiempo desayunamos (uno de los mejores desayunos de todo el viaje) y nos pusimos en marcha en dirección al aeropuerto de Frankfurt.


Afortunadamente no había nada de tráfico, así que llegamos con mucha antelación. La entrega del coche sin problemas. Y aquí estamos, en unos asientos reclinables comodísimos escribiendo estas líneas en la Terminal 2 del aeropuerto. No hay prácticamente tiendas para distraerse, así que el panorama es algo desolador. Como para quedarse tirado en esta terminal, te mueres de asco. Menos mal que ya sólo queda media hora para embarcar.


Hasta aquí llegan estas crónicas del viaje a Alemania. Nos veremos en el próximo viaje (que ya estamos pensando). El veranito está a la vuelta de la esquina.


Agradecimientos:


Camarón y percebe. Ambos han inmortalizado más momentos de lo que nuestras familias van a ser capaces de digerir.

Gamba no ha podido acompañarnos, se ha quedado en Madrid, pero vendrá con nosotros en próximos viajes.


Una mención especial para Chirla. Amiga, siempre estarás en nuestros corazones.


Viaje a Alemania (Dia 7): Feldberg - Heidelberg

DÍA 7: Sábado 23 de Abril de 2011.

Feldberg - Heidelberg


Nivel de Descanso: 9 horas de sueño de Dani

Temperatura: Ana sigue en manga corta, incluso con el aire acondicionado del coche. Si no fuera por el acento raro que tienen por aquí diríamos que estamos en Sevilla.


Nos despedimos de la Selva Negra con otro desayuno de los campeones. Nos hemos aficionado a los huevos pasados por agua. Nos traen muchos recuerdos de cuando eramos pequeños. Hoy en día ya no se hacen tanto y al comerlos aquí hemos tenido una regresión a nuestra infancia.

Recogemos bártulos y nos despedimos de la pareja joven regente del negocio. Nos quedaban 200 km hasta Heidelberg (ya pegadito a Frankfurt).


Por el camino Ana empezó a pensar en alto otra de sus muchas fantasías. Pensando en la parejita joven que regentaba el hotel, se preguntó por qué no montábamos un negocio del estilo en España. En la mente de Ana todo tenía una pinta idílica. Ya se encargó Dani de estropearlo explicándole que en España el precio del suelo, las hipotecas, el número de huéspedes y habitaciones necesario para amortizar algo así, bla, bla, bla. Y encima según su esquema mental, Ana llevaría las facturas y sería el poli malo de cara a los empleados y Dani sería el "guay", relaciones públicas con los clientes y poli bueno con los empleados. Al final, todo el mundo acabaría diciendo que cómo este chico tan majo podía estar con semejante bruja, así que Ana desechó la idea del hotel definitivamente.


El trayecto hasta Heidelberg transcurrió por una laaarga autobahn. Una de esas míticas autopistas alemanas sin límites de velocidad. No preocuparse, como ya hemos dicho, el seat ibiza no da para mucho, pero es una gozada circular cada uno a la velocidad a la que considere adecuada sin preocuparse de un límite. Además, no por ello todo el mundo va rápido, esto es parte de la responsabilidad y civismo alemán. Normalmente sólo ves realmente rápido a los coches grandes, potentes o deportivos, mientras que los coches normalitos como el nuestro van bien pegaditos a la derecha para no molestar a 120-140 km/h. Nada de dar las largas ni de comer el culo. Cuánto tenemos que aprender.


En Heidelberg no nos acordábamos muy bien dónde habíamos cogido el hotel "Park Hotel Atlantic", pero el tomtom nos guiaba en la misma dirección que el castillo, lo cual era un buen presagio. Efectivamente, pasamos de largo el castillo, pero tan sólo un kilómetro más allá, allí estaba. Una preciosa casoplona rodeada de pinos y hayas en la ladera del río. Un recepcionista muy majo que nos dio unos cuantos consejos, nos dijo que aunque habíamos llegado a primera hora, nuestra habitación estaba lista. Y qué habitación. La número 4. Grande, con vistas al jardín y a la ladera del río, tres cuartas partes de la habitación estaba acristalada, mayormente porque tenía una terraza cerrada superchula con su mesita y sus sillitas para tomar el té de las 5. El baño estaba forrado de gresite y losetas negras que le daba un aire retro muy chulo. Sin duda hemos tenido mucha suerte con los hoteles en este viaje. Nuestros amigos booking y tripadvisor nos han dado muy buenas recomendaciones.


Siguiendo los consejos de nuestro amigo el de la recepción, dejamos el coche allí y nos pusimos a caminar hacia el castillo. El calor era aplastante y de bochorno. Dani empezó a desarrollar unas sobacadas (ensaimadas en el argot de Ana) como las de Camacho, acentuadas por la muy adecuada elección de una camiseta gris claro para la ocasión. Caminando hacia el castillo nos damos cuenta que estamos en el barrio ricachón de Heidelberg. Un tipo Moraleja de Madrid.

En 10 minutos estábamos en el castillo. Una cosa curiosa el castillo éste porque en realidad está derruido. No han querido reconstruirlo desde 1700 y pico. Se supone que en parte por eso era uno de los sitios preferidos de los románticos al ver el castillo con las paredes derruidas y comido por la hiedra. Los jardines tienen unas vistas a la ciudad, al puente viejo y al río muy chulas desde donde hicimos unas cuantas de esas fotos que luego "disfrutarán" nuestras familias.

Tirando de audioguía a la que conectamos muy pillamente unos casquitos para aprovecharnos los dos y pagar sólo una (el carácter español del ahorro, que va en la sangre), la visita estuvo entretenida aunque no quedaran más que unas pocas paredes en pie. Aun así hay que decir que el castillo alberga unas cuantas cosas interesantes. Un peazo de museo de la farmacia, donde Ana disfrutó como un gorrino en una pocilga. Lleno de botecicos, boticas, instrumentos de la época, laboratorio y un sinfín de hierbas y potingues de entonces. Y luego el llamado "Gran Tonel" que vaya si era grande (se supone que es el más grande del mundo). De medidas calculamos fatal pero podía tener 8 metros de alto fácil.


Saliendo de nuestra visita al castillo cayeron unas goticas que agradecimos sobremanera. Parece mentira que hayamos pasado una semana en la verde, fría y lluviosa Alemania. En Heidelberg hemos llegado a 26 graditos y todos los días con un sol de justicia. Con el colorcillo que tenemos en la cara parece que hemos estado en la Riviera Maya vuelta y vuelta.


Para llegar al centro bajamos 316 escalones, que sí, luego tendríamos que volver a subir. La zona centro es muy chula. Todo en torno a una calle principal peatonal llena de tiendas y al río. Por lo que hemos visto y leído en nuestra superguía, Heidelberg es una ciudad estudiantil con mucho ambiente y es otro de esos sitios maravillosos en donde todo el mundo se mueve en bicicleta.

El ansia de Ana por querer ingerir algo "que luego me baja el azúcar y me encuentro fatal" (en fin...) hizo que entráramos en lo que luego descubriríamos era la peor panadería de toda la ciudad. Luego lo arreglamos entrando en, esta vez sí, un café precioso para tomarnos un par de capuchinos estupendos y una tarta de chocolate. El azúcar volvió a su sitio.

Hicimos la rutilla que más o menos nos recomendaron en la oficina de información y turismo, viendo la zona peatonal y las dependencias de la universidad (el edificio de la biblioteca es impresionante y los antiguos establos reconvertidos como zona de estudio también), llegamos a la conclusión que tiene que ser una pasada estudiar aquí. Sobre todo después de ver a cienes y cienes de estudiantes tumbados tomando el sol en un prado verde precioso a la orilla del río. Qué dura es la vida del estudiante.

Seguimos por el camino de los filósofos (es una calle que se llama así que se supone que nos llevaba a unas vistas estupendas de la ciudad), pero enseguida nos perdimos, y esta vez Ana no llevaba el mapa. Así que volvimos a la vera del río Neckar, que era bastante más fácil de seguir y disfrutamos también de unas vistas muy majas del puente viejo y del castillo desde el otro lado del río.

En estas estábamos cuando llegó la hora de cenar (en horario alemán claro, serían como las 7) y nos fuimos derechitos a un biergarten recomendado por la guía. Kulturbrauerei se llamaba. El típico ambiente de uno de estos sitios. Mesas de bancos corridos al aire libre en un jardincito, grandes jarras de cerveza y unas racioncillas majas de carnota. Seguimos lo que manda la tradición, así que encargamos un par de cervezas, un plato de carnota con patatas y ensalada para Dani y Ana puso la nota discordante (la camarera no se lo podía creer: "vale, esto de primero,¿y de segundo?") con una triste sopa de espárragos (típicos de la zona). Como no podía ser de otra manera tratándose de Ana

alias "el perro del hortelano", al final se tomó la sopa de espárragos y parta de la ensalada, patatas y carne de Dani, "es que no tengo hambre, pero tiene una pinta..., ¿puedo probar?".


El día y el viaje tocaban a su fin. Nos ha gustado mucho esta ciudad y tampoco hubiera estado mal quedarse otra noche por aquí. Remontamos los 316 escalones y vuelta al hotel.


sábado, 23 de abril de 2011

Viaje a Alemania (Día 6): Feldberg

DÍA 6: Viernes 22 de Abril de 2011 (Feldberg)


Nivel de Descanso: 8 horas de sueño de Dani

Temperatura: Ana sigue en manga corta, con alguna pequeña racha de manga larga en las zonas altas.


Para este día habíamos reservado una caminata por la zona, porque decidimos que era lo mejor para apreciarlo como debe ser. Además, el teleférico era gratis, y eso Ana no se lo podía perder. Nos calzamos las botas de trekking, pantalones de montaña, vamos, unos profesionales, y nos fuimos con el coche hasta el Feldberg Bahn, lo que viene siendo el teleférico. El truco de la ruta que habíamos elegido es que la parte de subida la hacíamos con el chisme este y lo que es la ruta a pie era sobre todo de bajada... o eso pensábamos nosotros. Qué equivocados estábamos. Es lo que tiene tener poca información y la poca que tienes en alemán. Resulta que todo lo que subimos con el teleférico lo bajamos con el primer kilómetro de caminata. A partir de ahí comenzaba un terreno rompepiernas con continuas subidas y bajadas.

Nuestro GPS de montaña nos iba indicando lo machotes que eramos. De 1500 de altitud, bajábamos a 1100, para luego volver a subir a 1300, para volver a bajar a 1000 y luego de nuevo a 1400. En fin, roticos, roticos..

Eso sí, por el camino disfrutamos de unas vistas de postal. Nos encontramos con neveros, a los que Ana no se resistió en pisar, riachuelos, bosque frondoso, y un lago precioso rodeado de pinos donde si hubieramos llevado bocata, hubiera sido un lugar estratégico para realizar un avituallamiento.

Ay amigos, el bocadillo, ese invento español tan difícil de conseguir en Alemania. Donde esté una buena flauta de tortilla de patata o de fileticos empenaos con pimientos, que se quiten los millones de salchichas que tienen por aquí. Esa pelotilla de papel albal al finalizar el bocata, ¿dónde quedó?.

Todo ello regado con agua natural SIN GAS. Que vaya manía que tienen por estos lares de ponerle burbujitas a todo, lo que nos cuesta encontrar agua sin gas!.

Asi que a falta de bocata, porque los horarios de las panaderías aquí nos tienen un poco despistados y no hubo manera de conseguir un triste mendrugo de pan, nos comimos una chocolatina acompañado de una botellita de agua con poco gas, lo mejor que pudimos conseguir. Luego al finalizar la ruta nos resarcimos, nos os preocupeis, que de hambre no morimos.


Lo del deporte aquí es una cosa curiosa. Hasta las abuelitas de 80 años hacen caminatas y van en bici a todos los lados. Eso sí, esas mismas abuelitas en las zonas de descanso se meten unas jarras de cerveza de medio litro que nos deja estupefactos. Es otro concepto.


Unos 13 km después, 4 horas y poco de ruta y bien churruscaditos por el sol, llegamos a nuestro punto de partida y nos sentamos en una terracita para reponer fuerzas, que nos lo habíamos ganado.

Nos dejamos de mandangas y cosas típicas y nos tiramos en plancha a por un par de hamburguesas y una ración de patatas fritas. Con el hambre que teníamos y después de lo que nos costó conseguirla, gracias al rudimentario alemán de Dani, nos supo a gloria. La mejor hamburguesa del mundo, aunque era un poco ñaja. Dani en tres bocaos se la había ventilado y Ana con el hambre que tenía batió el record de alabanzas por minuto (ya sabéis lo agradecida que es esta chica con la comida).


Como un par de nuevas personas, cogimos el coche y nos fuimos al hotel para hacer una parada estratégica y/o minisiesta. Tras el descanso del guerrero decidimos optar por la vía fácil y pasamos de ir a Triberg. Un pueblito que aparentemente es muy cuco y nunca mejor dicho. Resulta que es muy típico por los relojes de cuco que allí se fabrican. Parece ser que también hay unas cascadas bastante famosas, pero tras ver algunas fotografías no nos pareció que mereciera la pena como para meterse dos horas de coche entre ida y vuelta. Así que con las mismas nos fuimos a Titisee.



Como nos habíamos quedado con mono de bicicleta, decidimos tomar una variante para calmar nuestra sed de pedales. Así que nos alquilamos una barquita a pedales para darnos un paseo por el laguito. Aunque no fue gratis, lo que Ana lamentó profundamente, estuvo muy bien.

Las barquitas eran muy aparentes porque realmente parecían de motor. Tenían su volante y todo.

Ana tomó las riendas de la dirección, lo que Dani aceptó a regañadientes, este muchacho es insaciable y quiere manejar todo lo que lleve volante.

No conocíamos muy bien las reglas de navegación, pero calculamos que a la velocidad que nos daban nuestras peladadas no ibamos a tener demasiado problema, aunque Ana estimaba que ibamos a la velocidad de una persona en bici, pobrecita qué ingenua.

La integración con el entorno fue total, incluso una manada de patos nos confundió con gente de su prole y nos vinieron a saludar. Tras una horita navegando por el lago unos cuantos "déjame que la que conduce soy yo", devolvimos la barca y nos fuimos a buscar un sitio para cenar.


Dejamos el coche en un parking algo confuso para nosotros. A la entrada había una señal con no menos de 8 líneas completamente ininteligibles (incluso para nuestro muy mejorado alemán). Un dibujo de una grúa llevándose un coche fue lo que nos alarmó. Un poco cagaos por el miedo a estar cometiendo algún tipo de delito o por no encontrar el coche a la vuelta, preguntamos a una pareja que pasaba por allí. Nos dijeron que no había problema, pero de todas formas le hicimos una foto al cartel para tratar de averiguar en casa y con calma qué leches ponía ahí.


Los dos estábamos de acuerdo en que estábamos un poco cansados de comida alemana, así que nos fuimos directos a la pizza. Esta vez no pedimos menu en inglés y decidimos arriesgarnos porque ya vamos teniendo algo de experiencia en alemán, pese a nuestras dificultades con las señales de los parkings. Craso error. Nunca os confiéis, no se puede bajar la guardia.

Ana se pidió la pizza Roma, que no tenía mucha pérdida, las palabras salami y champiñón son universales. Pero en la pizza de Dani, "Pizza Greco" la llamaban, aparecieron unas guindillas del tamaño de un dedo distribuidas a lo largo y ancho de la misma. Era un auténtico campo de minas que no estaba en el guión. Otra noche más con la lengua y labios insensibles y provocando desvanecimientos en el interlocutor.


Cansados de nuevo como dos perros pequeños, de vuelta al hotel, una ducha y a descansar.

Viaje a Alemania (día 5): Konstanz - Feldberg

DÍA 5: Jueves 21 de Abril de 2011 (Konstanz – Feldberg)

Nivel de Descanso: 7:30 horas de sueño de Dani (el partido, es lo que tiene)

Temperatura: Ana sigue en manga corta


Sin dar demasiadas vueltas, nos levantamos relativamente pronto (8:30) porque teníamos ya en mente la Selva Negra. El desayuno, bien, pero sin duda el más flojo hasta ahora. De todas formas, creo que el listón del señor mayor de Rothenburg va a ser difícil de superar. Pagamos el parking (lo habíamos tenido que dejar en un parking público), y camino de Feldberg. Por cierto, 14 euros por dejar el coche desde el mediodía anterior, ya podía ser Madrid sólo medio parecido.


Nos dimos el gustazo de decirle al TomTom que nada de autopistas, así que fuimos disfrutando del paisaje. Al principio no era nada del otro mundo, pero a medida que nos íbamos acercando a la Selva Negra, la carretera empezó a discurrir por bosques de pinares enormes, precioso. Después de un buen rato, llegamos a nuestro pueblo, que abreviamos como Feldberg (que es como quien dice la zona), pero que en realidad es Altglashütten-Falkau para los amigos. Muy bonito, un sitio pequeño pero muy acogedor, y en la línea de la suerte que nos acompaña en este viaje (y en todos, en realidad), el hotel (Landhotel Sonneck) también está muy bien. Nos registramos, y la chica que lleva el hotel (son una pareja joven) nos da la bienvenida, muy nerviosa, no para, y entre las mil explicaciones que nos da, la mejor es que por quedarnos en un hotel de la zona tenemos derecho a una tarjeta (la Hochschwartzwald Card) que nos permite coger cualquier tren en la Selva Negra, los teleféricos, varios alquileres de bicis, entrada a un balneario... una pasada. Esto despertó en Ana su instinto de "me gusta lo gratis" que luego costó un tiempo apaciguar.


Una vez instalados (con un buen Internet, minipunto para el hotelito), armados de mapas del hotel y de la Oficina de Información, bajamos hasta el lago de Schluchsee. Una aclaración antes de seguir: lo de "Selva" de la Selva Negra es claramente excesivo. De hecho, la traducción literal del alemán Schwarzwald es "Bosque Negro", y los ingleses también usan "Black Forest", que no tiene lo de Selva por ninguna parte. Es posible que la exageración española venga a la vista de la tarta del mismo nombre (que sí, amigos, es de por aquí). Luego volveremos sobre este punto. Pero vamos, que es un bosque. Y no, no es negro, es verde oscuro.


Decía que bajamos a Schluchsee. Es un laguito bastante majo y sobre todo rodeado de vegetación con un camino todo alrededor. Según nos dijeron, lo mejor era bajar en tren, te deja en un extremo del lago, te haces todo un lateral (tiene forma como de plátano), y te coges el tren de vuelta en el otro extremo. En total, 9 kms, decían. Al final fueron 11 kms.


Allá que bajamos con el tren, Ana absolutamente emocionada porque era gratis. Nos bajamos en un pueblo de nombre absolutamente impronunciable (bueno, impronunciables son todos, pero éste ni siquiera lo recordamos), y echamos a caminar. Pusimos el GPS de montaña a seguirnos para ver cuánto hacíamos, y carretera. Al poco de empezar, apareció un puesto de alquiler de bicis (fahrradverleih, muy intuitivo el nombrecito), y hubo la tentación de coger una, pero claro, no era gratis, así que no. Luego nos daríamos cuenta de que hubiera sido una idea maja, porque el camino estaba muy bien pisado y no tenía mucha ciencia y con bicis hubiéramos dado la vuelta completa, pero bueno, caminando que nos fuimos.


El paseo en sí fue muy bonito, relajado y entretenido, pero precisamente porque es un simple paseo no merece mucho relato en sí mismo. Sólo mencionar que como comentábamos arriba, al final fueron 11 kms, y que hicimos un par de paradas estratégicas para tumbarnos a la bartola y para tomar un piscolabis. Ahí, como dos señores mayores, con un par.


Llegamos al punto final (de este sí que nos acordamos, se llama Aha -era fácil-), y como Murphy funciona hasta en Alemania, acababa de pasar el tren y el siguiente no llegaba hasta una hora después. Optamos por volver a tumbarnos a la bartola, con lo que lo de la Selva Negra ya nos empezaba a gustar notablemente.


Una hora más tarde llegamos al hotel y cambiamos bártulos para ir a cenar, a otro pueblito al borde de un lago, en este caso llamado Titisee. El pueblo en cuestión es pequeño, pero se ve muy turístico. Parece que tiene mucho turismo de nieve (especialmente esquí de fondo) en invierno, ahora que ya no hay nieve hay mucho montañero. El caso es que bueno, dimos una vuelta y enseguida nos tiramos en plancha a cenar. Últimamente, nos estamos integrando tanto en la cultura alemana que: a) comemos más que ellos (que ya es decir), b) comemos antes que ellos. Llegamos a cenar a los bares cuando los alemanes aún no han empezado a mover el bigotón, y cuando nos vamos los dejamos cenando. Sobre el tema de cantidades, fue en esta cena donde Ana llegó a la conclusión de que ella era políglota (tirándose el pisto, claramente), y que Dani era poliglotón (en este caso, comiéndose el pisto). En fin, cantidades aparte, la cena consistió en una especie de carne asada con una salsa que parecía puré de patata (pero no lo era, era como una crema) y mermelada de grosella para Ana, y unas salchichas variadas de la Selva Negra para Dani. Uno se imaginaba unas salchichas alargadas, pero lo que vino fue un corte de sección de lo que parecía una megasalchicha de aproximadamente 10 cms de diámetro. Dábamos algo por ver la salchicha entera.


Y llegó el postre, y con él la mencionada tarta. Lo más destacable, sinceramente, las dimensiones. A la vista de semejante corte, seguramente fue un vasco el que decidió que aquello no era una tarta de un bosque, sino de una selva entera. El sabor, regulero: el merengue (sí, lleva merengue, amigos) bueno, pero el bizcocho de chocolate excesivamente borracho, y las guindas también demasiao remojadas en licor. Dani temió porque le hicieran soplar... Si alguien lee esto y dice que la tarta de Selva Negra no es así, que tenga en cuenta que estamos en la Selva Negra, así que hay que concederles la razón.


En fin, que así las cosas, plegamos velas y vuelta a dormir, que el día siguiente iba a ser duro...

jueves, 21 de abril de 2011

Viaje a Alemania (Día 4): Füssen - Lindau - Konstanz

DIA 4: Miércoles 20 de abril de 2011.

Füssen – Lindau - Konstanz


Nivel de descanso: 9 horas de sueño de Dani (sin contar la media hora del jacuzzi).

Temperatura: Ana viste camiseta de manga corta todo el día.


Amanecer con vistas a los castillos no tiene precio. Tenemos un cielo más azul y más soleado que ayer, que ya es difícil. Menuda suerte estamos teniendo.

Bajamos a desayunar y la señora fan de León nos recibe con una sonrisa de oreja a oreja y nos pone una mesa separadita del resto con los rayitos de sol entrando por la ventana. La mujer le explica a la chica que trabaja allí que Ana es de León, o al menos eso es lo que intuímos por los gestos y sus miradas a Ana mientras hablan en un perfecto alemán. El desayuno es de caerse el ojo, pero sin trato de favor para la leonesa. En un momento la señora fan de León viene a la mesa con sus cartillas del camino de Santiago, en las que los caminantes sellan cada etapa. Nos enseña el sello de León, muy bonito y con mucho gusto por cierto, el de Astorga, el de Burgos y el del final del camino. Nos dijo que había sido una experiencia impresionante y que durante el camino había descubierto qué es lo importante en la vida. Muy espiritual todo. Esto nos valió para tener charla el resto del desayuno filosofando sobre la gente con la que te puedes cruzar en tu vida sin saber que años más tarde volverás a encontrarte con ella. Es decir, una variante de la teoría de la espiral de Ana.

Quién sabe, a lo mejor cuando esta señora estuvo en León, de repente se despistó o se perdió y preguntó a Ana o a su madre que pasaban por allí y muy amablemente le recondujeron a su destino. A lo mejor sin saberlo, con la habitación molona hemos recibido de vuelta el favor que le hicimos a la paisana en León dos años atrás. Todo esto son teorías/pajas mentales de Ana. Fin de la sub-variante de la teoría de la espiral.

Con las mismas nos despedimos de la buena mujer y nos pusimos rumbo a Konstanz, pasando por Lindau.

Llegamos a Lindau y tras unas cuantas vueltas buscando aparcamiento, nos ponemos a pasear para visitar la ciudad. Hace un sol abrasador, Dani empieza a comportarse como los perrines buscando sombra y con la lengua fuera. Damos un par de rodeos guapos en busca de la oficina de información y turimo. Sí, puede que Ana no se oriente especialmente bien (de hecho nunca encuentra absolutamente nada), pero al menos hace el esfuerzo de ir mirando en mapas, leyendo en guías e intentar situarse, mientras otros disfrutan despreocupadamente de las calles y se paran en cada esquina para engrosar el número de fotos finales del viaje, que luego muy pacientemente "disfrutará" su familia. Lindau, igual que Konstanz, es un pueblo bastante turístico al borde de un lago. No es lo más espectacular que vamos a ver en este viaje, pero tiene su encanto.

Unas cuantas fotos y paseos más tarde, decidimos parar a comer algo y encontramos una mesita muy cuca bajo unos soportales a la sombra, condición indispensable para Dani. Había una especie de quiche de verduritas que tenía buena pinta, pero a Dani no le hizo mucha gracia, como él dice: "de lo que come el grillo, poquillo". Así que se pidió una especie de bocata con salami, huevo duro y demás aderezos. Resultado final: Dani tenía razón y el bocata estaba bastante mejor que el quiche.

De hecho al final Ana se comió el quiche y medio bocadillo y Dani solamente medio bocadillo.

Con el buche lleno y tras un par de vueltecitas más viendo lo que se supone que había que ver, vuelta al parking que tanto nos costó encontrar y rumbo a Konstanz. Antes, una de esas anécdotas que muestra lo distintos que somos españoles y alemanes: en un paso a nivel se bajan las barreras. Todos los coches y motos se paran y de repente todos apagan el motor. Silencio sepulcral. Era rarísimo estar rodeado de coches (había al menos 20 a un lado y a otro de la barrera) y oir el canto de los pajarillos. En fin.

Lo dicho, a Konstanz. Ya según vamos llegando aquello tiene pinta de un Torremolinos a la alemana. Y cuando llegamos pues bueno, porque los edificios son más bajitos, pero el terreno está bastante explotado y de todas formas, el lago Bodensee es igual de movido que el Mediterráneo...

Una señorita de la oficina de información bastante desganada nos indicó las zonas de la ciudad más interesantes. Claro, que una de las cosas que indicó fue un centro comercial. Asi que no sabíamos muy bien si fiarnos. Filtramos la información pasando del centro comercial y nos fuimos a las otras zonas que nos indicó la gachí. Al final resultó ser un sitio bastante agradable y en general el lago le da un aire bastante majo.

Siguiendo nuestro tour gastronómico, nos fuimos a un restaurante recomendado por la guía para comer Kartoffeln (es decir, nuestras castizas patatas) a la alemana. Con tanta variedad de carta al final la comanda fue de lo más rocambolesca. Menú: Sopa de tomate y sopa de patata, es decir, tomate frito Orlando y sopa de Maggi, pero muy ricas oye. Ana dio bastante la nota mojando con pan en su sopa de tomate y rebañando rascando el plato. Se ve que aquello no se lleva mucho porque los de la mesa de al lado no paraban de mirarle dándose codazos. Y de segundo patatas con huevo y champiñones (diríase que es una tortilla española con champiñones) para Ana y patatas bravas "Spanish style" para Dani. Los nombres son literales. Ahora bien, lo que llegó fue: en el plato de Ana, una tortilla francesa de champiñones (sin moco) y una especie de deconstrucción de patatas panadera al lado de lo más extraña; en el plato de habas, pimientos etc) con chili y tabasco y algún cacho de pollo despistado. Igualito que las bravas del bar de abajo de casa. PERO: simplemente maravillosas (las bravas, porque el engendro de Ana no había por dónde cogerlo), según Dani ya podían ser las bravas algo así. Según Ana, menos mal que no, porque no había manera de mantener una conversación con él cara a cara sin sufrir un desvanecimiento.

Con todo esto nos fuimos al sobre a ver el partido de Copa con comentarios en alemán (es decir, que todo el comentario se reducía a decir el nombre del jugador con el mismo nivel de emoción que una partida de ajedrez). La rivalidad se palpaba en la habitación, hasta el momento en el que Ana empezó a emitir unos sonoros ronquidos. Eso sí, a la mínima que había una ocasión se encendía el radar para ver la repetición. Una máquina. Ya podía ser así por las mañanas con el despertador. No se harán comentarios sobre el resultado final por no haber un acuerdo entre los escribientes de estas crónicas. Es importante tener en cuenta que aún quedan 24 horas de convivencia durante los próximos 3 días.

Unos más contentos que otros finalmente se fueron a dormir.

Viaje a Alemania (Día 3): Augsburg - Füssen

DIA 3: Martes 19 de abril de 2011.

Augsburg – Füssen


Nivel de descanso: 9 horas de sueño de Dani.

Temperatura: Ana viste camiseta de manga corta, con pequeñas rachas de camiseta fina de manga larga encima.


A Dani se le han pegado las sábanas. Así que sin anestesia alguna, Ana se tiene que meter en la ducha sin mucho miramiento. La hora límite del desayuno marca el ritmo.

Sin perder mucho tiempo arrancamos rumbo a los castillos de Neuschwanstin y Hohenschwangau, ya que preveíamos que la cola para comprar la entrada podía ser bastante interesante, como así finalmente fue.

Llegamos sobre las 12 del mediodía. Dejamos el coche en uno de los parkings disponibles por el módico precio de 5 euros. Esto está hiper-preparado para el turisteo. El Luis II no sabe lo que hizo dejando esto aquí. Dani se pasó todo el día diciendo: la gente que trabaja y tiene negocios por aquí tiene la vida solucionada.

Palmamos la módica cantidad de 21 euros por barba por ver los castillitos y allá que vamos. Como buenos alemanes cabeza cuadradas te lo dan todo planificado. A las 13:50 un castillo (visita guiada obligatoria) y a las 15:55 el otro castillito. Y ojo con llegar tarde que te pagas un ticket nuevo (cuando haya sitio, que esa es otra).

Así que en cuanto tuvimos los tickets en la mano, nos pusimos camino del primer castillito no sea que llegáramos tarde. Nos acojonaron oye, aunque quedaban 50 minutos y el camino se supone que no llevaba más de 20 minutos, tiramos pa'allá cagando leches, que los euros en España cuesta más ganarlos que en Alemania. Luego nos dimos cuenta que el tiempo estimado (aunque era cuesta arriba) estaba marcado para nenazas porque a nosotros nos llevó 10 minutos parando a hacer fotos.

A las 13:50 de reloj, se abrió la puerta para nuestro turno. Una alemana con tono de cuenta cuentos nos estaba esperando para contarnos las curiosidades de la chocita donde el rey Luis II pasó su infancia y adolescencia. Este castillo por dentro estaba mu apañao aunque por fuera no era tan espectacular como el otro. Por los comentarios de la cuentacuentos, deducimos que el susodicho Luis II era un poco julandrón. Estaba prometido con la hermana de Sisí emperatriz, pero rompió su compromiso y dijo que nanai. A partir de ahí le empezó a dedicar cositas a Wagner, que si te pongo un cuarto en mi casa, que si me gustan tus obras, que si pinto las paredes de mi casa con temas de tus óperas, que si qué bien te queda este traje... mu raro todo.

Finalizada la primera visita, bajamos del peñasco donde estaba ese primer castillo, nos comimos una salchichorra alemana en la parte de abajo y camino peñasco arriba al otro castillo. El tiempo estimado para llegar allí era de 40 minutos, nosotros teníamos 55 minutos para llegar sin perder turno. La subida era de aúpa, decidimos marcar ritmo Induráin, en plan "yo a mi ritmo, ya te cogeré ya" porque la gente se emociona mucho en los primeros tramos. Luego fuimos recogiendo cadáveres por el camino. Cumplimos horario y de nuevo a ver el peazo e inacabado castillo de Luis II de la edad adulta. Éste, el de Neuschwanstin, es el castillo en el que se inspiró Walt Disney. Pos nada, que el rey Luis II, se gastó toda la pasta en hacer su palacete y sólo lo disfrutó ciento y pico días. Le declararon mentalmente incompetente y al día siguiente murió en extrañas circunstancias.

Acabada la segunda visita, nos pegamos otro paseo cuesta arriba de 15 minutos para llegar al puente colgante de Marienbrüke, desde donde se hacen las fotos más típicas y espectaculares del castillo.

Ana desafió de nuevo a sus vértigos porque la altura era considerable. Unas cuantas fotos y poses después, nos pusimos camino de vuelta al coche. El hotel Guglhupf estaba a sólo 2 km de los castillos, así que para allá que fuimos.

Nos recibió la dueña, y para seguir con la tónica de las gentes del lugar, muy maja y dicharachera. Mientras nos asignaba la habitación, nos comentó que dos años atrás había hecho el camino de Santiago durante 6 semanas. Ana le comentó que era de una ciudad que formaba parte del camino. Cuando le dijimos que era León, la señora enloqueció y pasamos de tener la habitación mierdosa de la planta baja con vistas a la carretera, a la habitación molona de la planta de arriba, con terraza superamplia y vistas a los castillos y baño con jacuzzi incorporado. La señora nos comentó que alguien de León no se merecía menos que eso. Ana pasó de ser un ser humano a convertirse en un pavo hinchado con plumas de colores y todo. A alguien de Gijón no le ponen una habitación así, lástima.

Una vez instalados nos vamos a Füssen. Un pueblo mu bonito, pero tampoco vimos demasiado porque enseguida cierran todo y se despueblan las calles. Buscamos un sitio para cenar tirando de la guía Trotamundos. El restaurante Gasthof Zum Schwanen fue el elegido, típicamente croata (ejem). En cualquier caso ya nos las apañamos para que el menú fuera alemán. Salchichas con patatas y col para Ana (llegados a este punto a Ana se le está empezando a poner cara de cerdito) y Maultachen para Dani, una especie de raviolis gigantes típicos de la zona. Crêpes de chocolate de postre y cerveza para Ana y coca cola light para Dani, que tiene que conducir.

Plegamos velas y nos fuimos de nuevo al hotel con la intención de hacer uso del superjacuzzi que la leonesa, por ser de donde es, se había ganado.


Viaje a Alemania (Día 2): Rothenburg ob der Tauber - Dinkelsbühl - Augsburg

DIA 2: Lunes 18 de abril de 2011.

Rothenbourg ob der Tauber – Dinkelsbühl – Augsburg


9:00 am. 12 horas después se nos abrieron los ojos. Pos sí que estabámos cansados, sí. Es cierto que este tipo de maratón no sorprende en el caso de Ana, pero en el caso de Dani, sí sorprende, así que mediremos el umbral del cansancio y sueño por el rasero de Dani para hacer al personal una idea real de nuestra actividad. No ocurrirá lo mismo con la temperatura. Es bastante más fiable tomar como referencia el termostato de Ana. Si no, nuestros lectores van a pensar que estamos en el trópico constantemente. De momento podemos decir al respecto, que con una camiseta de manga corta y jersey o bien camiseta de manga corta y cazadora fina, vamos perfectamente equipados. Incluso podríamos arriesgarnos en algún momento, en zonas donde dé el sol, a ir simplemente en manga corta.


En fin, limpios y aseaditos nos fuimos a desayunar. Y por supuesto el hotelito del siglo XVI nos siguió sorprendiendo. En una sala muy acogedora con decoración de la época, nos recibió un señor de unos 60 años, superamable con una peazo de bandeja llena de embutidos y quesos varios de la zona, una cesta llena de diferentes y ricos panes y una jarra de café y leche. Hay documento gráfico. Eso solo para nuestra mesa. En la mesa central había todo tipo de cereales, mantequillas, mermeladas, yogures, zumos etc. Pensábamos que ya sólo con eso, el desayuno estaba más que bien, pero aún faltaba más. El hombre nos preguntó si queríamos huevos y no supimos decir que no. Así que 5 minutos más tarde nos aparece con un plato con 3 huevos, salchichas y pimientos fritos. Y todo pa dentro que fue, al fin y al cabo, hacía más de 12 horas que no comíamos nada.

El hombre se sentó a nuestro lado y comenzó a charlar con nosotros. Qué maja es la gente de por aquí. Porque ya teníamos hotel reservado en Ausgburg, que si no, nos vamos al de su sobrino, que según el hombre estaba muy bien y muy céntrico. Nos animó a que nos quedáramos por el pueblito y pasáramos el día por allí. Nos dijo que no nos preocupáramos por el coche, que lo podíamos dejar aparcado en el patio interior sin problemas. Un encanto de hombre.

Siguiendo su consejo nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo. Fuimos directos a comprar una "schneeball", un dulce típico de la zona. Se traduce como "bola de nieve". Y es eso, una galleta del tamaño de una bola de nieve recubierta de distintas cosas. En nuestro caso, la elegimos de chocolate. Eso sí, la guardamos para otro rato, porque después de los huevos con pimientos no había hueco para semejante pelota.

Acto seguido nos fuimos al Pueblo de Navidad, Käthe-Wohlfahrt-Weihnachtsforf. Raro verdad?. Bueno, pues resulta que este pueblo además de ser uno de los más bonitos de Alemania según la guía, también es famoso por ser especialista y cuna de fabricación de todo tipo de adornos navideños. Sea la época que sea, de aquí te puedes ir con el arbolito puesto en pleno mes de agosto. Eso sí, el arbolito te sale por un pico. A pelo de conejo estaban los adornitos. Eso sí la tienda en sí era una pasada, como en un cuento. Tenían museo y todo, solo que no entramos, porque la tienda por sí sola ya era un auténtico museo. Ana se emocionaba por momentos con todas las cosas que tenían. Las dependientas iban vestidas como las "azofaifas" de Santa Claus, todo decorado como en las pelis de estas de fantasía que ponen siempre en Navidad y una música de fondo que te decía "compra, compra". Y así fue, con la paciencia de Dani llegando a su límite, pero es que con la de cosas que había, era imposible decidirse, cogimos tres muestras de adornitos. Uno para Maria, otro para Manuel, y otro para nosotros. No daba para más. Con lo que nos costaron los tres adornitos, en un chino en España, te compras el belén con musgo, río y lavandera incluída, el arbol con espumillones y bolas de colores, cintas doradas y estrella de Navidad, el cotillón de Nochevieja, y todavía te sobra para los manteles y servilletas de papel con motivos navideños.

Así que nada, cargados hasta las orejas de presentes varios, cogimos el coche y nos pusimos rumbo a Ausgburg. Para ello seguimos la carretera que está señalada por todas partes como "Romantische strasse", así podiamos parar en alguno de los pueblos de especial interés que había por el camino. Entre ellos, a unos 50 km de nuestro punto de partida llegamos a Dinkelsbühl. Un pueblo del estilo a Rothenburg ob der Tauber aunque un poco menos "de cuento". Buscamos un sitio para aparcar en pleno centro. Esto nos condicionó un poco la visita. Unas señoras mu majas y mu alemanas ellas, nos advirtieron que no podíamos aparcar más de una hora. Eso sí, de gratis. En todos los coches hay una especie de reloj, en el que marcas la hora a la que has llegado y lo muestras en el salpicadero del coche, como si fuera el ticket de la hora. Pasado ese tiempo tienes que mover el coche. Todo esto, repetimos, DE GRATIS.

Asi que nada, con una hora por delante, pasamos por la oficina de turismo e hicimos un pequeño recorrido mu apañao que venía en un mapita que nos dieron. No hubo tiempo para mucho más con la restricción de tiempo que teníamos, peor para ellos, no nos habría importado hacer un poco de gasto por ahí. De nuevo pusimos rumbo a Ausgburg cogiendo la "Romantische strasse". Por el camino nos dimos cuenta lo bien que está preparado el país para ir en bici. Aquí el más viejo, la más abuela, el más joven o el más tolai van en bici. Es una gozada. Nos dio un poco de gusa no habernos planteado el viaje como en un principio habíamos pensado, hacerlo en bici. Pero nos entró un poco el canguele porque no sabíamos qué tiempo nos iba a hacer y teniendo en cuenta que esta zona está muy verde no precisamente porque le den una manita de pintura todas las mañanas, decidimos no arriesgarnos.

Disfrutando del paisaje, del tiempo y discutiendo sobre si España es mejor o peor, llegamos a Ausgburg. Decidimos ir primero al hotel, que no estaba en el mismo Ausgburg, sino en un pueblo a las afueras que se llama Friedberg.

El "Park Ambiente Hotel" estaba incrustado en medio de un parque dentro de una especie de polígono. Según nos ibamos acercando, nos sorprendía que el hotel pudiera estar por allí, pero resulta que sí, que llegados a un camino, se habría un campo/prado, y aĺlí en medio estaba el hotel.

Otra vez, nos recibió un alemán superamable con muchas ganas de charla. Nos comentó que lo mejor para ir a Ausrburg era coger el tren, que tardaba 10 minutos en llegar. Así nos despreocupábamos del coche. Buen consejo, solo que las máquinas para sacar el ticket están en alemán. Perdimos un tren mientras mirábamos intentando descifrar algo, ya ves tú, de lo que ponía en la máquina expendedora de tickets. Que si selecciona el destino, que si selecciona la zona a la que pertenece el destino, que si no hay opción de ida y vuelta, que si es día de diario, que si no tienes descuentos de ningún tipo, y todo esto con tres botones. Increíble. Al final le preguntamos a un adolescente con cara de alelao si estábamos haciendo lo correcto. Lo sorprendente es que sí.

Esta vez el siguiente tren no se nos escapó, aunque sufrimos un momento de crisis pensando que nos ibamos a Munich. La cara de Dani en medio del vagón con los dos tickets en la mano, la mochilina al hombro y con gesto de ¿dónde está mi mamá, que me he perdido? era pa verla.

10 minutos más tarde y una jartá de reír llegamos a Ausgburg. Esta visita se escapa un poco del concepto buscado para este viaje. Ausgburg es una ciudad, ciudad. Tamaño Gijón más o menos, con sus tranvías etc pero con un casco histórico muy bonito. Destacar especialmente la "Fuggerei" por curioso. Una especie de "barrio social" con mucha historia. De hecho es el barrio social más antiguo del mundo. Lleva abierto desde el siglo XVI, reconstruido varias veces después de cada guerra que pasó por allí. Es un barrio construido y financiado por una familia de banqueros de la ciudad, los Fugger. Para vivir en esas casas del barrio, hasta hoy en día, se necesita ser ciudadano de Ausburg, católico, justificar situación económica ajustada y rezar tres veces al día por la familia Fugger. Si cumples esos requisitos, te vas a vivir a una de esas viviendas por el módico precio de 0,88 euros al año. Sí señor, igualito que Botín o que la obra social de Caja Madrid.

Con la visita de rigor nos fuimos a llenar el buche. Seguimos los consejos de la guía y cenamos en "Bauerntanz". Menú: Dani se pidió un plato especial de la casa que llevaba una especie de solomillo de ternera, con cebolla cruijiente, bacon y patatas fritas. Ana se pidió de nuevo cerdo al estilo cazador, que era una salsa de champiñones y nata acompañado de una pasta especial de la zona llamada "spätzle", que son como unos mini-gnoquis. De postre tomamos nuestro primer Apfelstrüdel. Todo ello regado con sendos medios litros de cerveza cada uno.

Con la panza llena, pusimos camino a la estación de tren y volvimos al hotel con mucho menos sobresaltos que a la ida.


Viaje Alemania (Día 1): Frankfurt - Rothenburg ob der Tauber

17 de Abril de 2011

Tras un agotador Barça-Madrid el despertador sonó a las 6 de la mañana, casi como la canción de Juan Luis Guerra "eran las 5 la mañana...", sólo que nosotros no nos levantamos con ritmo de samba ni mucho menos. Nuestro querido precavido Daniel, no quería que el taxi llegara a recogernos más tarde de las 7 am, "por si hay algún imprevisto", afirmaba.

Llegados al aeropuerto, facturamos las maletas en la fila de bussiness donde no había ni pichi, gracias a la maravillosa tarjeta plata de iberia de Ana, y aunque la facturación sólo la puede hacer el titular de la tarjeta, con un poco de jeta, se la hacen tambien al acompañante.

Pasado el control del aeropuerto, mundialmente conocido en el argot de Ana, como "la barrera del sonido" nos dirigimos a desayunar tranquilamente. Unas revisticas y en cuestión de 1 hora estábamos entrando en el avión. A las 9:00 despegamos. Nos esperaban dos horas y media de vuelo por delante, que cada uno aprovechó como mejor pudo o supo. Es decir, Dani revisaba al milímetro las revistas que había adquirido unos minutos antes, y Ana se esnucó contra el asiento unas veces, contra el hombro de Dani otras, y por qué no, a punto estuvo de esnucarse en el hombro de el de lado, que por cierto, tampoco lo hizo mal.

Llegados a Frankfurt, recogimos las maletas y una vez fuera ya de la zona de pasajeros, encontramos un mostrador de Avis. A recoger el coche entonces. Un alemán muy alemán él (hay que tener en cuenta que era el primero con el que entablábamos conversación y nos llamó la atención lo bien que hablaba alemán), nos pregunta el nombre, nos pide la documentación y en un pis pas, nos da los papeles, nos explica dónde recoger el coche y chimpun. No contentos con la rapidez con la que nos ventila, le preguntamos que dónde se ve el precio de lo que hemos reservado (por aquello de comprobar que no te engañan como a un chino y que no te van a cobrar más de lo que te dijeron cuando hicimos la reserva). Nos explica, le decimos ah vale, muy bien, gracias (aunque en realidad nos quedamos como estábamos) y nos fuimos al ascensor que nos había marcado en un mapita para ir a recoger el coche. Una vez en la puerta del ascensor, nos preguntamos qué teníamos que hacer para devolver el coche, así que de nuevo nos fuimos al alemán muy alemán, y le preguntamos. Nos dice que ná, que no sé qué y nosotros, ah vale, muy bien, gracias (y nos volvimos a quedar como estábamos). Pos ná, nos fuimos a por el coche y descubrimos un Seat Ibiza ST negro muy nuevo, impecable e impoluto, con 4000 km ná más.

Mientras revisaba Dani que el coche estaba bien y Ana se empeñaba en descifrar la tarifa del coche que nos habían aplicado, con el fin de recomprobar que no nos habían engañado como a chinos (que lo habíamos reservado con la tarjeta iberia plata y tenía descuento oye), apareció de nuevo el alemán muy alemán a revisar otro coche que debían haber devuelto en el día. Así que ya que estaba por allí, Dani se lavó las manos, pero Ana de nuevo insistió y se dirigió al susodicho para explicarle que aclarara de nuevo el tema precio y para dejar de manifiesto que habíamos reservado con una tarifa de descuento. El alemán muy alemán dijo que sí, que estaba aplicada que no sé qué, que era lo que Ana le decía y bla,bla, a lo Ana le dijo, ah vale, muy bien gracias, y más o menos, nos volvimos a quedar como estábamos (comprobaremos a la vuelta lo que al final nos cobran).

Olvidado el tema coche, Dani se hizo con los mandos, con el tacto, con los pedales, con las marchas y nos pusimos caminito de Rothenburg ob der Tauber con las indicaciones de nuestro querido tomtom.

Eran como las 12:30 de la mañana y nos quedabam 200 km por delante. Así que decidimos parar por el camino para comer un poco. Y ahí estaba, nuestra primera comida en suelo alemán, y no podía ser otra cosa que algo típico de allí, una hamburguesa del Burguer King, ole, con dos bolitas y un palito. Lo de típico es verdad, porque lo de hamburguesa viene de Hamburgo que es una ciudad de Alemania, asi que algo tendrá que ver.

Seguimos nuestro rumbo y pudimos comprobar aquello de que en Alemania cuando no hay limite de velocidad la peña va escopetada (no nosotros, no os preocupeis, que eramos "paseando a miss Daisy", el ibiza tampoco daba pa mucho), pero eso sí, cuando había alguna limitación, ya fuera de 120, 100, 80 o lo que fuera, la gente clava frenos y respeta escrupulosamente los límites marcados. Eso es civismo, sí señor.

Y por fin, llegamos al primer destino de nuestro viaje. Decidimos ir directamente al hotel, para hacer un pis y para dejar maletas, situarnos y ver qué hacíamos después.

El hotel "Hotel Spitzweg" era una casa del siglo XVI, conservada perfectamente pero a su vez acondicionado para albergar huéspedes. La habitación era preciosa, con muebles de época y suelos de madera. De hecho la puerta era un poco de Liliput, Dani se tenía que agachar para poder entrar en la habitación. La casa además tenía una parte trasera para dejar el coche y estábamos en pleno centro de la ciudad, a escasos 100 metros de la plaza principal y del ayuntamiento.

Supersatisfechos con nuestra reserva, pero cada vez con menos fuerzas, decidimos salir a ver la ciudad y dar un gran paseo por sus calles peatonales, adoquinadas y con casas pintadas de vivos colores. Subimos a la torre del ayuntamiento, desde donde había unas vistas impresionantes del pueblo, del río y de todo el valle. Hay que decir que el tiempo acompañaba, sol, despejado y temperaturas suaves. Para subir a la torre tuvimos que emplearnos a fondo. Tramos de escaleras de madera super-estrechos y algunos de ellos con escalones finisimos. Cómo serían que para bajar algunos tramos, había que hacerlo de espaldas, porque si no, la galleta en caso de tropiezo podía ser fina. Dani iba tranquilo, decía que para él era imposible caerse porque se iba a quedar enganchado seguro en alguna estrechez del descenso, con lo cual, muy lejos no iba a llegar.

Tras un paseo por los jardines del castillo y alrededores de la muralla con vistas a todo el valle, nos adentramos de nuevo en las calles del pueblito a descubrir los rincones que nos describía la guía. Entre ellos una cosa muy importante que forma parte de nuestra rutina viajil, la gastronomía. Conviene recordar que no estamos en España, y que en estos lares te dan de cenar como muy tarde a las 21:30. Así que siguiendo el dicho aquel que dice: "Allá donde fueres, haz lo que vieres", nos fuimos en busca de alguno de los restaurantes que recomendaba la guía y acabamos en "Alt Fränkische Weinstube", un sitio muy cuco, interiores de madera, velitas, vamos un sitio de amor y lujo. Cenamos de entrada una sopita casera de patata. Necesitábamos asentar el cuerpo, sobre todo Ana, agotado de madrugones, viajes, sueños interrumpidos, caminatas etc. Nos sentó estupendamente, le ponían una bolita de queso que se derretía en cuanto movías la sopa. Riquísima. Luego nos pedimos sendas especialidades de la casa. Dani: tronco de ternera sobre cama de verduritas a la plancha, patata cocida/gratinada, con un tronquito de mantequilla de hierbas encima de la carne que se deshacía. Todo ello acompañado de una peazo ensalada que solamente por ella misma, podía haber sido el entrante. No nos importó, es verde, y lo verde no tiene calorías (aunque la salsa que aliñaba sí debía tener). Ana: lo mismo pero con un tronco de cerdo. Decidimos regar esta comida con agua mineral, porque si nos daba por pedirnos una cerveza o vinito de la tierra, según estaban nuestros cuerpos, podíamos acabar cantando "clavelitos" en cuestión de segundos. En resumen, queda claro que en este viaje no vamos a pasar hambre. Además el precio estaba más que bien. Todo lo descrito por el módico precio de 32 euricos.

Con el estómago lleno y más cansados que dos perros pequeños, nos fuimos al hotel y a eso de las 9:00 pm estábamos metidos en el sobrecito. No nos dio tiempo ni a desearnos buenas noches, creo que nos quedamos en el bue....