lunes, 25 de abril de 2011

Viaje a Alemania (Dia 7): Feldberg - Heidelberg

DÍA 7: Sábado 23 de Abril de 2011.

Feldberg - Heidelberg


Nivel de Descanso: 9 horas de sueño de Dani

Temperatura: Ana sigue en manga corta, incluso con el aire acondicionado del coche. Si no fuera por el acento raro que tienen por aquí diríamos que estamos en Sevilla.


Nos despedimos de la Selva Negra con otro desayuno de los campeones. Nos hemos aficionado a los huevos pasados por agua. Nos traen muchos recuerdos de cuando eramos pequeños. Hoy en día ya no se hacen tanto y al comerlos aquí hemos tenido una regresión a nuestra infancia.

Recogemos bártulos y nos despedimos de la pareja joven regente del negocio. Nos quedaban 200 km hasta Heidelberg (ya pegadito a Frankfurt).


Por el camino Ana empezó a pensar en alto otra de sus muchas fantasías. Pensando en la parejita joven que regentaba el hotel, se preguntó por qué no montábamos un negocio del estilo en España. En la mente de Ana todo tenía una pinta idílica. Ya se encargó Dani de estropearlo explicándole que en España el precio del suelo, las hipotecas, el número de huéspedes y habitaciones necesario para amortizar algo así, bla, bla, bla. Y encima según su esquema mental, Ana llevaría las facturas y sería el poli malo de cara a los empleados y Dani sería el "guay", relaciones públicas con los clientes y poli bueno con los empleados. Al final, todo el mundo acabaría diciendo que cómo este chico tan majo podía estar con semejante bruja, así que Ana desechó la idea del hotel definitivamente.


El trayecto hasta Heidelberg transcurrió por una laaarga autobahn. Una de esas míticas autopistas alemanas sin límites de velocidad. No preocuparse, como ya hemos dicho, el seat ibiza no da para mucho, pero es una gozada circular cada uno a la velocidad a la que considere adecuada sin preocuparse de un límite. Además, no por ello todo el mundo va rápido, esto es parte de la responsabilidad y civismo alemán. Normalmente sólo ves realmente rápido a los coches grandes, potentes o deportivos, mientras que los coches normalitos como el nuestro van bien pegaditos a la derecha para no molestar a 120-140 km/h. Nada de dar las largas ni de comer el culo. Cuánto tenemos que aprender.


En Heidelberg no nos acordábamos muy bien dónde habíamos cogido el hotel "Park Hotel Atlantic", pero el tomtom nos guiaba en la misma dirección que el castillo, lo cual era un buen presagio. Efectivamente, pasamos de largo el castillo, pero tan sólo un kilómetro más allá, allí estaba. Una preciosa casoplona rodeada de pinos y hayas en la ladera del río. Un recepcionista muy majo que nos dio unos cuantos consejos, nos dijo que aunque habíamos llegado a primera hora, nuestra habitación estaba lista. Y qué habitación. La número 4. Grande, con vistas al jardín y a la ladera del río, tres cuartas partes de la habitación estaba acristalada, mayormente porque tenía una terraza cerrada superchula con su mesita y sus sillitas para tomar el té de las 5. El baño estaba forrado de gresite y losetas negras que le daba un aire retro muy chulo. Sin duda hemos tenido mucha suerte con los hoteles en este viaje. Nuestros amigos booking y tripadvisor nos han dado muy buenas recomendaciones.


Siguiendo los consejos de nuestro amigo el de la recepción, dejamos el coche allí y nos pusimos a caminar hacia el castillo. El calor era aplastante y de bochorno. Dani empezó a desarrollar unas sobacadas (ensaimadas en el argot de Ana) como las de Camacho, acentuadas por la muy adecuada elección de una camiseta gris claro para la ocasión. Caminando hacia el castillo nos damos cuenta que estamos en el barrio ricachón de Heidelberg. Un tipo Moraleja de Madrid.

En 10 minutos estábamos en el castillo. Una cosa curiosa el castillo éste porque en realidad está derruido. No han querido reconstruirlo desde 1700 y pico. Se supone que en parte por eso era uno de los sitios preferidos de los románticos al ver el castillo con las paredes derruidas y comido por la hiedra. Los jardines tienen unas vistas a la ciudad, al puente viejo y al río muy chulas desde donde hicimos unas cuantas de esas fotos que luego "disfrutarán" nuestras familias.

Tirando de audioguía a la que conectamos muy pillamente unos casquitos para aprovecharnos los dos y pagar sólo una (el carácter español del ahorro, que va en la sangre), la visita estuvo entretenida aunque no quedaran más que unas pocas paredes en pie. Aun así hay que decir que el castillo alberga unas cuantas cosas interesantes. Un peazo de museo de la farmacia, donde Ana disfrutó como un gorrino en una pocilga. Lleno de botecicos, boticas, instrumentos de la época, laboratorio y un sinfín de hierbas y potingues de entonces. Y luego el llamado "Gran Tonel" que vaya si era grande (se supone que es el más grande del mundo). De medidas calculamos fatal pero podía tener 8 metros de alto fácil.


Saliendo de nuestra visita al castillo cayeron unas goticas que agradecimos sobremanera. Parece mentira que hayamos pasado una semana en la verde, fría y lluviosa Alemania. En Heidelberg hemos llegado a 26 graditos y todos los días con un sol de justicia. Con el colorcillo que tenemos en la cara parece que hemos estado en la Riviera Maya vuelta y vuelta.


Para llegar al centro bajamos 316 escalones, que sí, luego tendríamos que volver a subir. La zona centro es muy chula. Todo en torno a una calle principal peatonal llena de tiendas y al río. Por lo que hemos visto y leído en nuestra superguía, Heidelberg es una ciudad estudiantil con mucho ambiente y es otro de esos sitios maravillosos en donde todo el mundo se mueve en bicicleta.

El ansia de Ana por querer ingerir algo "que luego me baja el azúcar y me encuentro fatal" (en fin...) hizo que entráramos en lo que luego descubriríamos era la peor panadería de toda la ciudad. Luego lo arreglamos entrando en, esta vez sí, un café precioso para tomarnos un par de capuchinos estupendos y una tarta de chocolate. El azúcar volvió a su sitio.

Hicimos la rutilla que más o menos nos recomendaron en la oficina de información y turismo, viendo la zona peatonal y las dependencias de la universidad (el edificio de la biblioteca es impresionante y los antiguos establos reconvertidos como zona de estudio también), llegamos a la conclusión que tiene que ser una pasada estudiar aquí. Sobre todo después de ver a cienes y cienes de estudiantes tumbados tomando el sol en un prado verde precioso a la orilla del río. Qué dura es la vida del estudiante.

Seguimos por el camino de los filósofos (es una calle que se llama así que se supone que nos llevaba a unas vistas estupendas de la ciudad), pero enseguida nos perdimos, y esta vez Ana no llevaba el mapa. Así que volvimos a la vera del río Neckar, que era bastante más fácil de seguir y disfrutamos también de unas vistas muy majas del puente viejo y del castillo desde el otro lado del río.

En estas estábamos cuando llegó la hora de cenar (en horario alemán claro, serían como las 7) y nos fuimos derechitos a un biergarten recomendado por la guía. Kulturbrauerei se llamaba. El típico ambiente de uno de estos sitios. Mesas de bancos corridos al aire libre en un jardincito, grandes jarras de cerveza y unas racioncillas majas de carnota. Seguimos lo que manda la tradición, así que encargamos un par de cervezas, un plato de carnota con patatas y ensalada para Dani y Ana puso la nota discordante (la camarera no se lo podía creer: "vale, esto de primero,¿y de segundo?") con una triste sopa de espárragos (típicos de la zona). Como no podía ser de otra manera tratándose de Ana

alias "el perro del hortelano", al final se tomó la sopa de espárragos y parta de la ensalada, patatas y carne de Dani, "es que no tengo hambre, pero tiene una pinta..., ¿puedo probar?".


El día y el viaje tocaban a su fin. Nos ha gustado mucho esta ciudad y tampoco hubiera estado mal quedarse otra noche por aquí. Remontamos los 316 escalones y vuelta al hotel.


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