DÍA 6: Viernes 22 de Abril de 2011 (Feldberg)
Nivel de Descanso: 8 horas de sueño de Dani
Temperatura: Ana sigue en manga corta, con alguna pequeña racha de manga larga en las zonas altas.
Para este día habíamos reservado una caminata por la zona, porque decidimos que era lo mejor para apreciarlo como debe ser. Además, el teleférico era gratis, y eso Ana no se lo podía perder. Nos calzamos las botas de trekking, pantalones de montaña, vamos, unos profesionales, y nos fuimos con el coche hasta el Feldberg Bahn, lo que viene siendo el teleférico. El truco de la ruta que habíamos elegido es que la parte de subida la hacíamos con el chisme este y lo que es la ruta a pie era sobre todo de bajada... o eso pensábamos nosotros. Qué equivocados estábamos. Es lo que tiene tener poca información y la poca que tienes en alemán. Resulta que todo lo que subimos con el teleférico lo bajamos con el primer kilómetro de caminata. A partir de ahí comenzaba un terreno rompepiernas con continuas subidas y bajadas.
Nuestro GPS de montaña nos iba indicando lo machotes que eramos. De 1500 de altitud, bajábamos a 1100, para luego volver a subir a 1300, para volver a bajar a 1000 y luego de nuevo a 1400. En fin, roticos, roticos..
Eso sí, por el camino disfrutamos de unas vistas de postal. Nos encontramos con neveros, a los que Ana no se resistió en pisar, riachuelos, bosque frondoso, y un lago precioso rodeado de pinos donde si hubieramos llevado bocata, hubiera sido un lugar estratégico para realizar un avituallamiento.
Ay amigos, el bocadillo, ese invento español tan difícil de conseguir en Alemania. Donde esté una buena flauta de tortilla de patata o de fileticos empenaos con pimientos, que se quiten los millones de salchichas que tienen por aquí. Esa pelotilla de papel albal al finalizar el bocata, ¿dónde quedó?.
Todo ello regado con agua natural SIN GAS. Que vaya manía que tienen por estos lares de ponerle burbujitas a todo, lo que nos cuesta encontrar agua sin gas!.
Asi que a falta de bocata, porque los horarios de las panaderías aquí nos tienen un poco despistados y no hubo manera de conseguir un triste mendrugo de pan, nos comimos una chocolatina acompañado de una botellita de agua con poco gas, lo mejor que pudimos conseguir. Luego al finalizar la ruta nos resarcimos, nos os preocupeis, que de hambre no morimos.
Lo del deporte aquí es una cosa curiosa. Hasta las abuelitas de 80 años hacen caminatas y van en bici a todos los lados. Eso sí, esas mismas abuelitas en las zonas de descanso se meten unas jarras de cerveza de medio litro que nos deja estupefactos. Es otro concepto.
Unos 13 km después, 4 horas y poco de ruta y bien churruscaditos por el sol, llegamos a nuestro punto de partida y nos sentamos en una terracita para reponer fuerzas, que nos lo habíamos ganado.
Nos dejamos de mandangas y cosas típicas y nos tiramos en plancha a por un par de hamburguesas y una ración de patatas fritas. Con el hambre que teníamos y después de lo que nos costó conseguirla, gracias al rudimentario alemán de Dani, nos supo a gloria. La mejor hamburguesa del mundo, aunque era un poco ñaja. Dani en tres bocaos se la había ventilado y Ana con el hambre que tenía batió el record de alabanzas por minuto (ya sabéis lo agradecida que es esta chica con la comida).
Como un par de nuevas personas, cogimos el coche y nos fuimos al hotel para hacer una parada estratégica y/o minisiesta. Tras el descanso del guerrero decidimos optar por la vía fácil y pasamos de ir a Triberg. Un pueblito que aparentemente es muy cuco y nunca mejor dicho. Resulta que es muy típico por los relojes de cuco que allí se fabrican. Parece ser que también hay unas cascadas bastante famosas, pero tras ver algunas fotografías no nos pareció que mereciera la pena como para meterse dos horas de coche entre ida y vuelta. Así que con las mismas nos fuimos a Titisee.
Como nos habíamos quedado con mono de bicicleta, decidimos tomar una variante para calmar nuestra sed de pedales. Así que nos alquilamos una barquita a pedales para darnos un paseo por el laguito. Aunque no fue gratis, lo que Ana lamentó profundamente, estuvo muy bien.
Las barquitas eran muy aparentes porque realmente parecían de motor. Tenían su volante y todo.
Ana tomó las riendas de la dirección, lo que Dani aceptó a regañadientes, este muchacho es insaciable y quiere manejar todo lo que lleve volante.
No conocíamos muy bien las reglas de navegación, pero calculamos que a la velocidad que nos daban nuestras peladadas no ibamos a tener demasiado problema, aunque Ana estimaba que ibamos a la velocidad de una persona en bici, pobrecita qué ingenua.
La integración con el entorno fue total, incluso una manada de patos nos confundió con gente de su prole y nos vinieron a saludar. Tras una horita navegando por el lago unos cuantos "déjame que la que conduce soy yo", devolvimos la barca y nos fuimos a buscar un sitio para cenar.
Dejamos el coche en un parking algo confuso para nosotros. A la entrada había una señal con no menos de 8 líneas completamente ininteligibles (incluso para nuestro muy mejorado alemán). Un dibujo de una grúa llevándose un coche fue lo que nos alarmó. Un poco cagaos por el miedo a estar cometiendo algún tipo de delito o por no encontrar el coche a la vuelta, preguntamos a una pareja que pasaba por allí. Nos dijeron que no había problema, pero de todas formas le hicimos una foto al cartel para tratar de averiguar en casa y con calma qué leches ponía ahí.
Los dos estábamos de acuerdo en que estábamos un poco cansados de comida alemana, así que nos fuimos directos a la pizza. Esta vez no pedimos menu en inglés y decidimos arriesgarnos porque ya vamos teniendo algo de experiencia en alemán, pese a nuestras dificultades con las señales de los parkings. Craso error. Nunca os confiéis, no se puede bajar la guardia.
Ana se pidió la pizza Roma, que no tenía mucha pérdida, las palabras salami y champiñón son universales. Pero en la pizza de Dani, "Pizza Greco" la llamaban, aparecieron unas guindillas del tamaño de un dedo distribuidas a lo largo y ancho de la misma. Era un auténtico campo de minas que no estaba en el guión. Otra noche más con la lengua y labios insensibles y provocando desvanecimientos en el interlocutor.
Cansados de nuevo como dos perros pequeños, de vuelta al hotel, una ducha y a descansar.
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