DIA 3: Martes 19 de abril de 2011.
Augsburg – Füssen
Nivel de descanso: 9 horas de sueño de Dani.
Temperatura: Ana viste camiseta de manga corta, con pequeñas rachas de camiseta fina de manga larga encima.
A Dani se le han pegado las sábanas. Así que sin anestesia alguna, Ana se tiene que meter en la ducha sin mucho miramiento. La hora límite del desayuno marca el ritmo.
Sin perder mucho tiempo arrancamos rumbo a los castillos de Neuschwanstin y Hohenschwangau, ya que preveíamos que la cola para comprar la entrada podía ser bastante interesante, como así finalmente fue.
Llegamos sobre las 12 del mediodía. Dejamos el coche en uno de los parkings disponibles por el módico precio de 5 euros. Esto está hiper-preparado para el turisteo. El Luis II no sabe lo que hizo dejando esto aquí. Dani se pasó todo el día diciendo: la gente que trabaja y tiene negocios por aquí tiene la vida solucionada.
Palmamos la módica cantidad de 21 euros por barba por ver los castillitos y allá que vamos. Como buenos alemanes cabeza cuadradas te lo dan todo planificado. A las 13:50 un castillo (visita guiada obligatoria) y a las 15:55 el otro castillito. Y ojo con llegar tarde que te pagas un ticket nuevo (cuando haya sitio, que esa es otra).
Así que en cuanto tuvimos los tickets en la mano, nos pusimos camino del primer castillito no sea que llegáramos tarde. Nos acojonaron oye, aunque quedaban 50 minutos y el camino se supone que no llevaba más de 20 minutos, tiramos pa'allá cagando leches, que los euros en España cuesta más ganarlos que en Alemania. Luego nos dimos cuenta que el tiempo estimado (aunque era cuesta arriba) estaba marcado para nenazas porque a nosotros nos llevó 10 minutos parando a hacer fotos.
A las 13:50 de reloj, se abrió la puerta para nuestro turno. Una alemana con tono de cuenta cuentos nos estaba esperando para contarnos las curiosidades de la chocita donde el rey Luis II pasó su infancia y adolescencia. Este castillo por dentro estaba mu apañao aunque por fuera no era tan espectacular como el otro. Por los comentarios de la cuentacuentos, deducimos que el susodicho Luis II era un poco julandrón. Estaba prometido con la hermana de Sisí emperatriz, pero rompió su compromiso y dijo que nanai. A partir de ahí le empezó a dedicar cositas a Wagner, que si te pongo un cuarto en mi casa, que si me gustan tus obras, que si pinto las paredes de mi casa con temas de tus óperas, que si qué bien te queda este traje... mu raro todo.
Finalizada la primera visita, bajamos del peñasco donde estaba ese primer castillo, nos comimos una salchichorra alemana en la parte de abajo y camino peñasco arriba al otro castillo. El tiempo estimado para llegar allí era de 40 minutos, nosotros teníamos 55 minutos para llegar sin perder turno. La subida era de aúpa, decidimos marcar ritmo Induráin, en plan "yo a mi ritmo, ya te cogeré ya" porque la gente se emociona mucho en los primeros tramos. Luego fuimos recogiendo cadáveres por el camino. Cumplimos horario y de nuevo a ver el peazo e inacabado castillo de Luis II de la edad adulta. Éste, el de Neuschwanstin, es el castillo en el que se inspiró Walt Disney. Pos nada, que el rey Luis II, se gastó toda la pasta en hacer su palacete y sólo lo disfrutó ciento y pico días. Le declararon mentalmente incompetente y al día siguiente murió en extrañas circunstancias.
Acabada la segunda visita, nos pegamos otro paseo cuesta arriba de 15 minutos para llegar al puente colgante de Marienbrüke, desde donde se hacen las fotos más típicas y espectaculares del castillo.
Ana desafió de nuevo a sus vértigos porque la altura era considerable. Unas cuantas fotos y poses después, nos pusimos camino de vuelta al coche. El hotel Guglhupf estaba a sólo 2 km de los castillos, así que para allá que fuimos.
Nos recibió la dueña, y para seguir con la tónica de las gentes del lugar, muy maja y dicharachera. Mientras nos asignaba la habitación, nos comentó que dos años atrás había hecho el camino de Santiago durante 6 semanas. Ana le comentó que era de una ciudad que formaba parte del camino. Cuando le dijimos que era León, la señora enloqueció y pasamos de tener la habitación mierdosa de la planta baja con vistas a la carretera, a la habitación molona de la planta de arriba, con terraza superamplia y vistas a los castillos y baño con jacuzzi incorporado. La señora nos comentó que alguien de León no se merecía menos que eso. Ana pasó de ser un ser humano a convertirse en un pavo hinchado con plumas de colores y todo. A alguien de Gijón no le ponen una habitación así, lástima.
Una vez instalados nos vamos a Füssen. Un pueblo mu bonito, pero tampoco vimos demasiado porque enseguida cierran todo y se despueblan las calles. Buscamos un sitio para cenar tirando de la guía Trotamundos. El restaurante Gasthof Zum Schwanen fue el elegido, típicamente croata (ejem). En cualquier caso ya nos las apañamos para que el menú fuera alemán. Salchichas con patatas y col para Ana (llegados a este punto a Ana se le está empezando a poner cara de cerdito) y Maultachen para Dani, una especie de raviolis gigantes típicos de la zona. Crêpes de chocolate de postre y cerveza para Ana y coca cola light para Dani, que tiene que conducir.
Plegamos velas y nos fuimos de nuevo al hotel con la intención de hacer uso del superjacuzzi que la leonesa, por ser de donde es, se había ganado.
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