jueves, 21 de abril de 2011

Viaje Alemania (Día 1): Frankfurt - Rothenburg ob der Tauber

17 de Abril de 2011

Tras un agotador Barça-Madrid el despertador sonó a las 6 de la mañana, casi como la canción de Juan Luis Guerra "eran las 5 la mañana...", sólo que nosotros no nos levantamos con ritmo de samba ni mucho menos. Nuestro querido precavido Daniel, no quería que el taxi llegara a recogernos más tarde de las 7 am, "por si hay algún imprevisto", afirmaba.

Llegados al aeropuerto, facturamos las maletas en la fila de bussiness donde no había ni pichi, gracias a la maravillosa tarjeta plata de iberia de Ana, y aunque la facturación sólo la puede hacer el titular de la tarjeta, con un poco de jeta, se la hacen tambien al acompañante.

Pasado el control del aeropuerto, mundialmente conocido en el argot de Ana, como "la barrera del sonido" nos dirigimos a desayunar tranquilamente. Unas revisticas y en cuestión de 1 hora estábamos entrando en el avión. A las 9:00 despegamos. Nos esperaban dos horas y media de vuelo por delante, que cada uno aprovechó como mejor pudo o supo. Es decir, Dani revisaba al milímetro las revistas que había adquirido unos minutos antes, y Ana se esnucó contra el asiento unas veces, contra el hombro de Dani otras, y por qué no, a punto estuvo de esnucarse en el hombro de el de lado, que por cierto, tampoco lo hizo mal.

Llegados a Frankfurt, recogimos las maletas y una vez fuera ya de la zona de pasajeros, encontramos un mostrador de Avis. A recoger el coche entonces. Un alemán muy alemán él (hay que tener en cuenta que era el primero con el que entablábamos conversación y nos llamó la atención lo bien que hablaba alemán), nos pregunta el nombre, nos pide la documentación y en un pis pas, nos da los papeles, nos explica dónde recoger el coche y chimpun. No contentos con la rapidez con la que nos ventila, le preguntamos que dónde se ve el precio de lo que hemos reservado (por aquello de comprobar que no te engañan como a un chino y que no te van a cobrar más de lo que te dijeron cuando hicimos la reserva). Nos explica, le decimos ah vale, muy bien, gracias (aunque en realidad nos quedamos como estábamos) y nos fuimos al ascensor que nos había marcado en un mapita para ir a recoger el coche. Una vez en la puerta del ascensor, nos preguntamos qué teníamos que hacer para devolver el coche, así que de nuevo nos fuimos al alemán muy alemán, y le preguntamos. Nos dice que ná, que no sé qué y nosotros, ah vale, muy bien, gracias (y nos volvimos a quedar como estábamos). Pos ná, nos fuimos a por el coche y descubrimos un Seat Ibiza ST negro muy nuevo, impecable e impoluto, con 4000 km ná más.

Mientras revisaba Dani que el coche estaba bien y Ana se empeñaba en descifrar la tarifa del coche que nos habían aplicado, con el fin de recomprobar que no nos habían engañado como a chinos (que lo habíamos reservado con la tarjeta iberia plata y tenía descuento oye), apareció de nuevo el alemán muy alemán a revisar otro coche que debían haber devuelto en el día. Así que ya que estaba por allí, Dani se lavó las manos, pero Ana de nuevo insistió y se dirigió al susodicho para explicarle que aclarara de nuevo el tema precio y para dejar de manifiesto que habíamos reservado con una tarifa de descuento. El alemán muy alemán dijo que sí, que estaba aplicada que no sé qué, que era lo que Ana le decía y bla,bla, a lo Ana le dijo, ah vale, muy bien gracias, y más o menos, nos volvimos a quedar como estábamos (comprobaremos a la vuelta lo que al final nos cobran).

Olvidado el tema coche, Dani se hizo con los mandos, con el tacto, con los pedales, con las marchas y nos pusimos caminito de Rothenburg ob der Tauber con las indicaciones de nuestro querido tomtom.

Eran como las 12:30 de la mañana y nos quedabam 200 km por delante. Así que decidimos parar por el camino para comer un poco. Y ahí estaba, nuestra primera comida en suelo alemán, y no podía ser otra cosa que algo típico de allí, una hamburguesa del Burguer King, ole, con dos bolitas y un palito. Lo de típico es verdad, porque lo de hamburguesa viene de Hamburgo que es una ciudad de Alemania, asi que algo tendrá que ver.

Seguimos nuestro rumbo y pudimos comprobar aquello de que en Alemania cuando no hay limite de velocidad la peña va escopetada (no nosotros, no os preocupeis, que eramos "paseando a miss Daisy", el ibiza tampoco daba pa mucho), pero eso sí, cuando había alguna limitación, ya fuera de 120, 100, 80 o lo que fuera, la gente clava frenos y respeta escrupulosamente los límites marcados. Eso es civismo, sí señor.

Y por fin, llegamos al primer destino de nuestro viaje. Decidimos ir directamente al hotel, para hacer un pis y para dejar maletas, situarnos y ver qué hacíamos después.

El hotel "Hotel Spitzweg" era una casa del siglo XVI, conservada perfectamente pero a su vez acondicionado para albergar huéspedes. La habitación era preciosa, con muebles de época y suelos de madera. De hecho la puerta era un poco de Liliput, Dani se tenía que agachar para poder entrar en la habitación. La casa además tenía una parte trasera para dejar el coche y estábamos en pleno centro de la ciudad, a escasos 100 metros de la plaza principal y del ayuntamiento.

Supersatisfechos con nuestra reserva, pero cada vez con menos fuerzas, decidimos salir a ver la ciudad y dar un gran paseo por sus calles peatonales, adoquinadas y con casas pintadas de vivos colores. Subimos a la torre del ayuntamiento, desde donde había unas vistas impresionantes del pueblo, del río y de todo el valle. Hay que decir que el tiempo acompañaba, sol, despejado y temperaturas suaves. Para subir a la torre tuvimos que emplearnos a fondo. Tramos de escaleras de madera super-estrechos y algunos de ellos con escalones finisimos. Cómo serían que para bajar algunos tramos, había que hacerlo de espaldas, porque si no, la galleta en caso de tropiezo podía ser fina. Dani iba tranquilo, decía que para él era imposible caerse porque se iba a quedar enganchado seguro en alguna estrechez del descenso, con lo cual, muy lejos no iba a llegar.

Tras un paseo por los jardines del castillo y alrededores de la muralla con vistas a todo el valle, nos adentramos de nuevo en las calles del pueblito a descubrir los rincones que nos describía la guía. Entre ellos una cosa muy importante que forma parte de nuestra rutina viajil, la gastronomía. Conviene recordar que no estamos en España, y que en estos lares te dan de cenar como muy tarde a las 21:30. Así que siguiendo el dicho aquel que dice: "Allá donde fueres, haz lo que vieres", nos fuimos en busca de alguno de los restaurantes que recomendaba la guía y acabamos en "Alt Fränkische Weinstube", un sitio muy cuco, interiores de madera, velitas, vamos un sitio de amor y lujo. Cenamos de entrada una sopita casera de patata. Necesitábamos asentar el cuerpo, sobre todo Ana, agotado de madrugones, viajes, sueños interrumpidos, caminatas etc. Nos sentó estupendamente, le ponían una bolita de queso que se derretía en cuanto movías la sopa. Riquísima. Luego nos pedimos sendas especialidades de la casa. Dani: tronco de ternera sobre cama de verduritas a la plancha, patata cocida/gratinada, con un tronquito de mantequilla de hierbas encima de la carne que se deshacía. Todo ello acompañado de una peazo ensalada que solamente por ella misma, podía haber sido el entrante. No nos importó, es verde, y lo verde no tiene calorías (aunque la salsa que aliñaba sí debía tener). Ana: lo mismo pero con un tronco de cerdo. Decidimos regar esta comida con agua mineral, porque si nos daba por pedirnos una cerveza o vinito de la tierra, según estaban nuestros cuerpos, podíamos acabar cantando "clavelitos" en cuestión de segundos. En resumen, queda claro que en este viaje no vamos a pasar hambre. Además el precio estaba más que bien. Todo lo descrito por el módico precio de 32 euricos.

Con el estómago lleno y más cansados que dos perros pequeños, nos fuimos al hotel y a eso de las 9:00 pm estábamos metidos en el sobrecito. No nos dio tiempo ni a desearnos buenas noches, creo que nos quedamos en el bue....

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