DIA 4: Miércoles 20 de abril de 2011.
Füssen – Lindau - Konstanz
Nivel de descanso: 9 horas de sueño de Dani (sin contar la media hora del jacuzzi).
Temperatura: Ana viste camiseta de manga corta todo el día.
Amanecer con vistas a los castillos no tiene precio. Tenemos un cielo más azul y más soleado que ayer, que ya es difícil. Menuda suerte estamos teniendo.
Bajamos a desayunar y la señora fan de León nos recibe con una sonrisa de oreja a oreja y nos pone una mesa separadita del resto con los rayitos de sol entrando por la ventana. La mujer le explica a la chica que trabaja allí que Ana es de León, o al menos eso es lo que intuímos por los gestos y sus miradas a Ana mientras hablan en un perfecto alemán. El desayuno es de caerse el ojo, pero sin trato de favor para la leonesa. En un momento la señora fan de León viene a la mesa con sus cartillas del camino de Santiago, en las que los caminantes sellan cada etapa. Nos enseña el sello de León, muy bonito y con mucho gusto por cierto, el de Astorga, el de Burgos y el del final del camino. Nos dijo que había sido una experiencia impresionante y que durante el camino había descubierto qué es lo importante en la vida. Muy espiritual todo. Esto nos valió para tener charla el resto del desayuno filosofando sobre la gente con la que te puedes cruzar en tu vida sin saber que años más tarde volverás a encontrarte con ella. Es decir, una variante de la teoría de la espiral de Ana.
Quién sabe, a lo mejor cuando esta señora estuvo en León, de repente se despistó o se perdió y preguntó a Ana o a su madre que pasaban por allí y muy amablemente le recondujeron a su destino. A lo mejor sin saberlo, con la habitación molona hemos recibido de vuelta el favor que le hicimos a la paisana en León dos años atrás. Todo esto son teorías/pajas mentales de Ana. Fin de la sub-variante de la teoría de la espiral.
Con las mismas nos despedimos de la buena mujer y nos pusimos rumbo a Konstanz, pasando por Lindau.
Llegamos a Lindau y tras unas cuantas vueltas buscando aparcamiento, nos ponemos a pasear para visitar la ciudad. Hace un sol abrasador, Dani empieza a comportarse como los perrines buscando sombra y con la lengua fuera. Damos un par de rodeos guapos en busca de la oficina de información y turimo. Sí, puede que Ana no se oriente especialmente bien (de hecho nunca encuentra absolutamente nada), pero al menos hace el esfuerzo de ir mirando en mapas, leyendo en guías e intentar situarse, mientras otros disfrutan despreocupadamente de las calles y se paran en cada esquina para engrosar el número de fotos finales del viaje, que luego muy pacientemente "disfrutará" su familia. Lindau, igual que Konstanz, es un pueblo bastante turístico al borde de un lago. No es lo más espectacular que vamos a ver en este viaje, pero tiene su encanto.
Unas cuantas fotos y paseos más tarde, decidimos parar a comer algo y encontramos una mesita muy cuca bajo unos soportales a la sombra, condición indispensable para Dani. Había una especie de quiche de verduritas que tenía buena pinta, pero a Dani no le hizo mucha gracia, como él dice: "de lo que come el grillo, poquillo". Así que se pidió una especie de bocata con salami, huevo duro y demás aderezos. Resultado final: Dani tenía razón y el bocata estaba bastante mejor que el quiche.
De hecho al final Ana se comió el quiche y medio bocadillo y Dani solamente medio bocadillo.
Con el buche lleno y tras un par de vueltecitas más viendo lo que se supone que había que ver, vuelta al parking que tanto nos costó encontrar y rumbo a Konstanz. Antes, una de esas anécdotas que muestra lo distintos que somos españoles y alemanes: en un paso a nivel se bajan las barreras. Todos los coches y motos se paran y de repente todos apagan el motor. Silencio sepulcral. Era rarísimo estar rodeado de coches (había al menos 20 a un lado y a otro de la barrera) y oir el canto de los pajarillos. En fin.
Lo dicho, a Konstanz. Ya según vamos llegando aquello tiene pinta de un Torremolinos a la alemana. Y cuando llegamos pues bueno, porque los edificios son más bajitos, pero el terreno está bastante explotado y de todas formas, el lago Bodensee es igual de movido que el Mediterráneo...
Una señorita de la oficina de información bastante desganada nos indicó las zonas de la ciudad más interesantes. Claro, que una de las cosas que indicó fue un centro comercial. Asi que no sabíamos muy bien si fiarnos. Filtramos la información pasando del centro comercial y nos fuimos a las otras zonas que nos indicó la gachí. Al final resultó ser un sitio bastante agradable y en general el lago le da un aire bastante majo.
Siguiendo nuestro tour gastronómico, nos fuimos a un restaurante recomendado por la guía para comer Kartoffeln (es decir, nuestras castizas patatas) a la alemana. Con tanta variedad de carta al final la comanda fue de lo más rocambolesca. Menú: Sopa de tomate y sopa de patata, es decir, tomate frito Orlando y sopa de Maggi, pero muy ricas oye. Ana dio bastante la nota mojando con pan en su sopa de tomate y rebañando rascando el plato. Se ve que aquello no se lleva mucho porque los de la mesa de al lado no paraban de mirarle dándose codazos. Y de segundo patatas con huevo y champiñones (diríase que es una tortilla española con champiñones) para Ana y patatas bravas "Spanish style" para Dani. Los nombres son literales. Ahora bien, lo que llegó fue: en el plato de Ana, una tortilla francesa de champiñones (sin moco) y una especie de deconstrucción de patatas panadera al lado de lo más extraña; en el plato de habas, pimientos etc) con chili y tabasco y algún cacho de pollo despistado. Igualito que las bravas del bar de abajo de casa. PERO: simplemente maravillosas (las bravas, porque el engendro de Ana no había por dónde cogerlo), según Dani ya podían ser las bravas algo así. Según Ana, menos mal que no, porque no había manera de mantener una conversación con él cara a cara sin sufrir un desvanecimiento.
Con todo esto nos fuimos al sobre a ver el partido de Copa con comentarios en alemán (es decir, que todo el comentario se reducía a decir el nombre del jugador con el mismo nivel de emoción que una partida de ajedrez). La rivalidad se palpaba en la habitación, hasta el momento en el que Ana empezó a emitir unos sonoros ronquidos. Eso sí, a la mínima que había una ocasión se encendía el radar para ver la repetición. Una máquina. Ya podía ser así por las mañanas con el despertador. No se harán comentarios sobre el resultado final por no haber un acuerdo entre los escribientes de estas crónicas. Es importante tener en cuenta que aún quedan 24 horas de convivencia durante los próximos 3 días.
Unos más contentos que otros finalmente se fueron a dormir.
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