26 de Julio (Santa Ana, ojo): Telmo y Luisa en... La focaccia hace amigos
Hoy hemos tenido un descansar mucho mejor que en días anteriores. Ya parece que vamos normalizando el sueño. Amanecimos a eso de las 8 de la mañana, aunque luego un poco de duermevela hasta las 9. El amanecer en el motel no está mal, estaría algo mejor si la histérica de la habitación de al lado no le diera voces a su hijo prontito por la mañana (o, en su defecto, que las paredes fueran de algo más que de papel), pero vale.
Después de una duchita, fuimos a desayunar a un sitio al que ya le habíamos echado el ojo el día anterior, una bakery (panadería) con bollería y alguna que otra cosa salada. Dicho y hecho, nos plantamos allí (5 minutos caminando) y cayeron un café americano, un capuccino, un sandwich de tortilla, tomate y cebolla, y otro de tortilla, pavo, tomate, cebolla y una salsa. Muy light todo. Lo de desayunar cebolla era duro al principio, ahora ya estamos inmunizados.
Cuando ya ibamos a levantarnos de vuelta al Motel a recoger el coche, vimos un stand donde anunciaban las especialidades del día, y sí amiguitos, allí estaba la focaccia. Mirándonos con cara de corderito degollado, y con el irresistible precio de 5 dólares (unos 4 euros) por una focaccia del tamaño de una pizza familiar. Pues nada, ya tenemos comida. Peculiar eso de llevarse una especie de mega-pizza en una bolsa de plástico transparente. Por cierto, era de tomate y perejil, para más datos.
Pues nada, ahora sí, recogemos el coche, Ana se queda sin peinarse por segundo día consecutivo porque se ha dejado el peine en España y parece la bruja avería (los dedos no dejan un acabado aceptable), y ponemos rumbo a Carmel. El tema coche a estas alturas ya lo dominamos con un estilo envidiable, qué dominio de la palanca, que suavidad con el acelerador... dentro de poco está previsto hacer una incorporación quemando rueda, que está chupado con un coche automático.
El camino a Carmel es una maravilla. Es lo que se conoce como el Big Sur, un camino por la Highway 1 que serpentea al borde de la costa, colgado de las montañas y con unas vistas preciosas del Pacífico. Son unos 200 kms que pasan despacio por la velocidad y por la pila de paradas que se hacen a ver las vistas. Y merecen la pena: en una de las paradas, hemos visto una colonia de elefantes marinos espectacular, nos recodaba mucho a las de leones marinos que habíamos visto en Nueva Zelanda.
Aparte de unas vistas acongojantes, el viaje por estos parajes también ha servido para comprobar que el coche frena más que correctamente, ya que el avezado conductor decidió pisar alegremente el inexistente embrague para reducir en una bajada, animalico. En su defensa decir que es el primer pisotón (probablemente no el ultimo) desde que cogimos el coche. Y bueno, a falta de descapotable, hemos ido con las ventanas bajadas y el techo abierto, no es lo mismo, pero de ilusiones...
Encantados con el paisaje, llegamos a Carmel, y nos llevamos una grata sorpresa. Ambos esperábamos un pueblecito marinero o de costa típico, tipo Santa Bárbara, y lo que nos encontramos fue un pueblo casi camuflado entre el bosque, con unas casas espectaculares o muy originales (hay fotos), pero completamente integradas en el bosque que está al pie de la costa. Además, el pueblo conserva un encanto especial, Ana estaba emocionada. Por todas las calles hay decenas de galerías de arte, casi parece lo único de lo que vive el pueblo.
Mientras dábamos una vueltecita siguiendo las instrucciones de la Oficina de Turismo, nos acercamos a un baño público, y hete aquí que se quedó Dani fuera esperando con los trastos y con la focaccia en la mano, que habíamos decidido que fuera la comida del día. Fuera, dos americanos jubiladísimos haciendo lo mismo, aguantando los trastos de sus señoras, y en esto que empiezan a hablar:
.- ¿Qué? ¿Aguantando?
.- Para eso es para lo que nos quieren (risas).
.- Desde luego...
.- Mira (mirando a Dani), por lo menos ese tiene una pizza en la mano, así se lleva mejor.
Dani, que se da por aludido, saca la mejor de sus sonrisas:
.- ¿Quéreis un cacho?
Es de suponer que el Algasiv no aguanta tanto, pero por cortés que no quede.
.- No, gracias, acabamos de comer, pero tiene una pinta...
.- Dani: Pues es que nos la hemos apañao en San Luis Obispo.
.- Venís de allí?
.- Dani: Sí, bueno, de Los Ángeles, vamos camino de San Francisco.
De ahí una agradable conversación con los abueletes, luego cuando salió la mujer de uno se quedó hablando con el otro, luego cuando salió la mujer del que quedaba, hablando con el matrimonio al completo, majísimos: que si eran de Houston, que menudas vacaciones que nos íbamos a pegar, que tienen ganas de ver España (todos dicen lo mismo), etc. Cuando Ana por fin salió del baño, ya casi estaban a punto de invitar a Dani a café o algo. Nunca una focaccia dio tanto juego.
Después de una efusiva despedida, nos sentamos a comer en la calle cuales perroflautas en la ciudad del glamour. Incluso Ana sacó papel higiénico del baño para usarlo como servilleta. Vamos, que nos faltaba el perro y la flauta, y ya lo tenemos.
En fin, tras una vuelta de hora y media por el pueblo, ponemos rumbo a Monterey, por la 17 Mile Drive, una carretera privada (apoquinando 9$) que bordea la península de Monterey, con unas vistas majas (viendo focas y leones marinos) y atravesando la playa y el campo de golf de Pebble Beach. Lástima que a estas alturas el día se había cubierto bastante, hacía fresquete y un aire considerable, y ni las vistas ni el bajarse del coche eran tan agradables como debieran. En cualquier caso, algunos ricones merecen mucho la pena.
Tanto nos entretuvimos, que al final tuvimos que dejar Monterey sin ver más que desde el coche, porque si no, íbamos a llegar a San Francisco muy tarde.
Tirando, tirando, llegamos a SF a las 20:30h, directamente al hotel. Aquí la jugada nos ha salido redonda: no nos alojamos en SF realmente, sino en Berkeley, pero tenemos el metro a unos 20 metros de la puerta del hotel que nos deja en el centro de SF en 4 paradas, y a cambio el hotel es una maravilla (Shattuck Plaza), precio razonable, y tenemos parking todo el día para el coche por 14$.
Las habitaciones nos las dio un gallo piscinas que no sabía decir otra cosa que "California del Norte mola mucho más que la del Sur, yo no he visto mucho, pero me quedo con la Bahía (de SF, se entiende)". Por alguna extraña razón, repitió este mantra unas 4 veces.
En fin Pilarín, la habitación es un lujo impresionante. Amplia, con una cama enooorme, un baño chulo y moderno, una pantalla plana de 32 pulgadas colgada de la pared... toda la habitación está decorada con mucho gusto, igual que todo el resto del hotel. Hasta merece la pena ver los pasillos. Está reformado de hace 2 años, se nota.
La cena ha vuelto a ser pobre, cosas de las prisas. Dos cachos de pizza, y a dormir. En los alrededores del hotel hay mucho local, pero no nos están esperando a las 21:30h. Malditos horarios americanos... Mañana volveremos a nuestra promesa de comer mejor, porque si no, va a ser el primer viaje del que volvemos más gordicos y con el colesterol en máximos históricos.
En la próxima entrega, nuestras primeras andanzas por el centro de SF. Adios amiguitos!
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