Amanecimos con ganas de llegar al Parque Nacional del Gran Cañón y poder disfrutar de nuestra primera vista en vivo y en directo.
A pesar de que en el hotel con encanto no había ranas, al ser una casa algo antigua, parecía que había fantasmas en la habitación. Se oían pasos, crujir del suelo, ronquidos...(ay no, esos eran de Dani), el caso es que por un momento Ana llegó a montarse la película de que el hotel estaba encantando y venían a visitarnos entes del pasado que se quedaron atrapados en el limbo. En fin, que por la noche las cosas se ven de otro modo. Simplemente eran los de la habitación de al lado.
Nos metimos un buen desayuno en el bar que habíamos fichado el día anterior, donde la voz cantante la llevaba una viejecita con más años que Matusalén, de hecho parece ser que era prima carnal del tal Matusalén.
Nuestro pueblo está a una hora más o menos de la entrada del parque. No es una distancia desdeñable pero la carretera es muy buena asi que es mucho más llevadera que la de Yosemite. El mejor sitio para quedarse (si encuentras plazas) sería o dentro del parque o en Tusayán, que está ya en puertas y hay bastantes hotelitos. Cuando nosotros fuimos a reservar ya estaba todo el pescado vendido, claro, verano y fin de semana, la combinación ganadora. Recogidos los mapas y consultados los planes con una joven ranger, nos metimos a ver un documental introductorio en el centro de visitantes del parque. Claro, salimos de allí con más ganas aún de comprobar con nuestros propios ojos la inmensidad del Gran Cañón y la verdad es que no nos defraudó para nada.
Uno no se hace la idea de lo grande que es esto, ni siquiera cuando lo tiene delante. Solamente te das cuenta cuando tienes una pequeña referencia como un árbol, una persona caminando por el cañón (visto con prismáticos o con el zoom de la cámara). Los datos que te dan abruman. Hasta 1800 metros de altura en el punto más profundo y 15 km de ancho del cañón en el punto más ancho, y casi 500 km de largo. De hecho, el río Colorado sólo se ve en algunos puntos.
Decidimos hacernos una rutica a pie por el borde del cañón hacia el oeste de la parte Sur, que es el lado que la mayoría de la gente recorre y el que está más preparado para los visitantes. 15 km recorridos a pie bordeando todo el rato el cañón y parando cada poco en los miradores, que no son más que peñascos asomados al abismo. Hay algunas zonas en las que te puedes salir del mirador y caminar un poco hasta la roca más saliente y más estrecha. Pero no os preocupéis, que no nos arriesgamos tanto. A poco que Dani se acercaba, Ana empezaba a gemir como una plañidera. Hay que decir que resulta que luego el mayor riesgo lo tomó Ana, y todo por hacer "La Foto" a Dani. Empezando por Mather Point, pasamos por los miradores de Yavapai point, Maricopa Point, Powel Point, Hopi Point, Mohave Point, Pima Point y Hermist Rest. El último cacho y la vuelta la hicimos en un bus gratis que hace el mismo recorrido y va parando en los puntos con vistas. Ya estábamos algo cansados y queríamos llegar a tiempo a un buen punto pata ver la puesta de sol. No dio tiempo a llegar al punto que queríamos para ver la puesta de sol, porque la exasperante lentitud del autobús no nos lo permitió, pero aun así cogimos un buen sitio y estuvimos embobados viendo cómo el sol se ponía y teñía las rocas on un rojo aún más vivo.
Hemos hecho un montón de fotos, pero desgraciadamente no esperéis ver lo que nosotros hemos visto.
Como premio por haber tenido un día intenso, volvimos a nuestro pueblo del yiiiihaaaa y nos conseguimos unas costillitas a la miel, que la dieta hipocalórica que veníamos haciendo los últimos días no nos estaba funcionando nada bien. Esatban espectaculares, por cierto.
Esta vez no hubo fantasmas en la habitación, o a lo mejor estábamos tan cansados que pasamos de sus historias del limbo.
Al día siguiente tocaba madrugón, porque teníamos una cita con EL HELICÓPTERO. Eso sí, hubo tiempo para meterse entre pecho y espalda 3 pancakes y un croissant (tamaño americano), en el bar de la prima de Matusalén.
Todos emocionados, Dani llevaba una sonrisa que le daba la vuelta a la cabeza, llegamos a la terminal de Papillon Helicopters. Allí nos esperaba la ruta Imperial. Básicamente son 50 minutos sobrevolando las zonas este y norte del cañón, partiendo del lado sur, que era donde estábamos. Hicimos el checking y nos pesaron, vital para repartir los asientos de los pasajeros en el helicóptero. Con esta jugada ya sabíamos que Dani o bien iba a ir en el centro del helicóptero o únicamente le tocaba ventanilla si encontraba a otro maromo como él para la otra ventanilla. Observamos también que los pesos plumas van al lado del piloto, así que Ana estaba toda emocionada porque se hacía dueña de este sitio. Resultó que compartimos helicóptero con una familia de holandeses, que tenían a un niño de unos 10 años, que se llevó el premio gordo. Cachis! Con año y medio más, el sitio era de Ana seguro.
Cuando por fin el helicóptero estuvo listo nos fueron llamando por posición de asiento. Antes de subir te ponían por la cintura un salvavidas en caso de accidente sobre agua y luego una vez en el helicópero nos ataron bien atados con los cinturones de seguridad y nos pusieron los casquitos.
Ana y Dani estaban enfrente uno del otro y efectivamente a Dani le tocó una de las ventanillas haciendo contrapeso con el padre de familia holandés que era un bigardo importante. En el vídeo de seguridad previo nos habían explicado que en caso de que se abriera la puerta del helicóptero en pleno vuelo, que no nos preocupáramos que el piloto nos ayudaría a cerrarla, lo cual nos dejó mucho más tranquilos, especialmente a Dani que iba al lado de la puerta. Pero nada importaba, porque íbamos a montar en HELICÓPTERO! Lo que sí vimos fue que dentro del chisme hacía un calor importante, pero se llevaba bien.
Las aspas empezaron a girar con fuerza, y las sonrisas aumentaban por momentos. Vídeos, fotos, esto despega! Oooops, un poco de tambaleo, y allá vamos. La pilota (que se llamaba Ana, por cierto), nos explica que vamos a ir sobrevolando un bosque dando un pequeño rodeo porque les obliga Aviación Civil, pero que enseguida llegamos (nos debía de ver la cara de ansiosos). Todo esto por los cascos con los intercomunicadores, claro, porque el ruido sin ellos es insoportable.
De camino por el bosque, el calor aumenta, especialmente por nuestro lado, porque nos iba dando el sol. Si hay aire acondicionado, no se nota. En los cascos suena Norah Jones (relajante), mientras el helicóptero se mueve lento hacia el cañón, y a baja altura. Cuando empezamos a llegar al cañón, cambia la música, y nos ponen la música de "2001: Odisea en el Espacio", no saben estos ni nada.
Cuando por fin termina la tierra bajo nuestros pies, y de repente aparece el cañón, se nos pone la piel de gallina. Es increíble la sensación de vacío de repente, y lo enorme del cañón visto desde dentro. Ponemos rumbo al este del cañón, y el calor aumenta. Dani se empieza a pillar una sudada considerable, con goteos por la frente, y la camiseta empapada. La holandesa de al lado no dice nada, pero debe de estar flipando.
De todas formas, seguimos babeando. Caen un par de vídeos, pero los justos, no hay que perderse nada del espectáculo. Cuando llegamos al Little Colorado (un afluente, que también viene por un cañón), la vista es una pasada. Muy curioso de ver también desde el helicóptero la llanura del desierto de Arizona "perforada" por el cañón.
Llegamos a la mitad del vuelo, y comenzamos a sobrevolar el extremo norte del cañón (nosotros siempre hemos visto la zona sur), de nuevo sobre bosque. Llegado a este punto, el agobio de Dani por el calor alcanza su máximo (a estas alturas, se le empañan las gafas de sol, la camiseta está para un concurso de camisetas mojadas y tiene la frente de sudor que parece que acaba de subir el Tourmalet), y se empieza a poner nervioso con el cinturón (que nos habían apretado a conciencia), el salvavidas, y el poco espacio disponible.
Se empieza a poner un pelín blanquecino y a hiperventilar ligeramente, mientras Ana se escojona ampliamente en un principio, para preocuparse y ponerse a abanicar después con las instrucciones de seguridad, que era lo único que había a mano. Los pancakes del desayuno toman posiciones en la garganta. Dani empieza a tomar postura momia, levantando los brazos para mejorar la ventilación de los alerones. Le tira las gafas a Ana, y no le tira la cámara porque no sale con el cinturón puesto.
Los sudores han pasado de ser sudores de calor a sudores fríos. A todo esto, no podemos hablar con la piloto para decirle nada, porque los intercomunicadores sólo sirven para que ella nos diga cosas, no en el sentido contrario.
Justo en ese momento, el helióptero vira, de modo que ya no nos da el sol, y aumenta el aire acondicionado, lo que junto con el abanique hace que la situación remonte ligeramente. De todas formas, la segunda pasada por el cañón Dani ni la vio concentrado en los pancakes, y Ana sí que la vio, pero mirando de reojo los abaniques del muy blanquecino Danielito.
Cuando por fin aterrizamos, y se abre la puerta, Dani recupera el color. Cuando se quitó los cascos, estaban literalmente empapados. Imaginamos el cuadro del tío que fuera detrás y cogiera los cascos. El negro mate de las almohadillas de los cascos se había convertido en negro brillante, como si lo hubieran untado con aceite Johnson's. La escena es dantesca.
Un poco de agua después, y un poco de aire, y recuperamos al Dani de siempre. Dice que repite sin dudarlo, y que le ha encantado (hasta que tuvo que empezar a concentrarse en el desayuno) pero con algunas precauciones por el tema calor, apriete de cinturones y demás. Animalico. Igual lo que tiene que hacer es coger el próximo helicóptero en invierno...
Ana también salió encantada, el viaje lo merece: no tiene nada que ver observar el cañón desde el borde, que desde dentro. Los paisajes, las vistas, el moverse a vista de pájaro... no tiene precio.
Una vez recuperado el agua perdida (a Dani se le abrieron los poros en Yosemite y todavía no se le han cerrado), nos fuimos a una proyección en un cine IMAX que ponían una peli de National Geographic sobre el Gran Cañón, y que además era un sitio apetecible por lo del aire acondicionado y demás. Decir que la peli está muy chula, con las típicas imágenes panorámicas de IMAX, pero contando una historia muy interesante de la conquista del cañón.
Nos apretamos un sandwich, y camino de Desert View, que es una carretera que recorre la zona Este del cañón, la que habíamos dejado por ver el día anterior. Esta vez no caminamos, porque las distancias son mucho mayores. Desde la zona central hasta el final de Desert View Road hay 40 kilómetros.
Nos quedamos sin ver el Yaki Point, uno de los miradores, porque el acceso únicamente es en bus, y para pillarlo íbamos a perder mucho tiempo. Pero en cualquier caso, el resto de los miradores que vimos (Grandview Point, Moran Point, Limpa Point, Navajo Point y Desert View Point) estaban muy bien, incluso pensamos que hubiera estado bien haber venido el día anterior a ver la puesta de sol desde aquí. En esta zona el río se ve mejor, y los paisajes son más abiertos.
Echamos la tarde en los distintos miradores, tomándonos nuestro tiempo e incluso un piscolabis en la última parada. Hay que aprovechar, es nuestra despedida (por el momento, seguro que no tardamos en volver) del Gran Cañón.
Por cierto, comentar que en este tramo Ana se estrenó como conductora del aparato. Aunque no ha querido llevarlo mucho tiempo, se sospecha que le ha gustado bastante, no ha tenido ningún susto pisando el inexistente embrague (cosa que sí le pasó una vez a Dani) y amenaza con repetir.
Tras una hora y media llegamos a Tuba City, nuestra parada de camino a Monument Valley. Aquí no hay nada que ver, así que ni nos esforzamos: directos al hotel. Estamos en Navajo Nation, así que aunque seguimos dentro de Arizona, nos ha cambiado la hora. Estos señores tienen una hora más, así que dentro de nuestro habitual descoloque jet-lag-ero, dormiremos una hora menos (aunque nos vendrá bien en nuestro maratón de vuelta a Los Angeles pasado mañana).
Cenita sana en el Kentucky Fried Chicken (si no tenemos en cuenta el rebozado del pollo, se entiende), y a dormir. Mañana tenemos unas dos horas hasta Monument Valley (esos fondos de las pelis del oeste), y luego tres de vuelta hasta Flagstaff, donde haremos parada camino de Los Ángeles.
Seguiremos informando!
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