Como era el último día de viaje, nos lo tomamos como se toman la mayoría de los mortales todas las vacaciones. O sea, sol y playa.
Nos fuimos a la playa de Santa Mónica, la mismita que se utlizaba en la serie "Los vigilantes de la playa". Dejamos el coche en un parking y de entrada nos fuimos dando un paseo por la costa a Venice Beach. Es un paseo con mucho ambiente, famoso por el mercadillo y los puestos que te encuentras, los personajes, los tiarrones haciendo pesas y enseñando musculito en el gimnasio a pie de playa al aire libre y el desfile de gente de todo tipo y condición.
Una vez fisgado un poco el percal, decidimos volver caminando por la orilla del agua (2km ida y 2 km vuelta). Durante este paseo fue donde pasamos de ser humanos a convertirnos en gambas, aunque en ese momento no lo sabíamos. Al ir vestidos, con gorro y gafas de sol, no nos dimos cuenta que había partes de nuestro cuerpo que aún eran susceptibles de ser "pilladas" por los rayos del sol, y si le sumas el aire fresquete que corría, no te das cuenta del tostao que te están cogiendo. Así que por la noche cuando llegamos al hotel, nos dimos cuenta que aun sin ropa, Ana seguía llevando el vestido y Dani la camiseta y las gafas de sol tatuados en la piel.
La playa tiene el mismo aspecto que en la serie, con sus torretas y sus vigilantes de rojo con ese salvavidas raro con forma de pepino. También se molan más o menos lo mismo. Suben la pasarela hacia la torreta de espaldas, como en la serie, para no perder ni un segundo de un posible rescate. Los coches patrulla son iguales. Porque sí, tambien patrullan por la playa en sus flamantes 4X4 amarillos. Y también patrullan por el mar con sus miniyates.
Para que tuviéramos el pack completo, los vigilantes tuvieron a bien hacernos una demostración sobre un rescate. Sí señores, presenciamos un rescate igual que en la serie.
Alguien grita a lo lejos, un grupo de personas en el agua señala a alguien. Un chico no puede volver a la orilla por la corriente del agua. Y apareció. Desde atrás, se quitó la ropa y corriendo a todo lo que le daban las piernas mientras desenrollaba el pepino y se lo colgaba por la cuerdita, entraba en el agua salpicando y evitando las olas y comenzó a nadar hacia el muchacho. Los vigilantes de las casetas colindantes se bajaban de sus torretas y se alineaban a una determinada distancia al borde del agua levantando los pepinos en forma de "aviso, rescate en proceso". El héroe llegó al muchacho, le acercó el pepino (el de salvamento) y le dijo que se sujetara en él. El vigilante comenzó a nadar de espaldas hacia la orilla arrastrando a la víctima. Impresionante. Como en la tele.
A todo esto, a la orilla ya había llegado el coche de salvamento. Toda una experiencia ver esto en directo. Ana, emocionada. El chaval, en perfecto estado y el vigilante se hizo una foto con unas chicas que habían presenciado también le rescate.
Tras una siestita después del momento vivido, nos recogimos y dimos un paseo por el muelle de Santa Mónica, que también aparece en la serie. Tiene el parque de atracciones más antiguo de California, que es básicamente una montaña rusa y atracciones de feria, aunque ya es bastante, teniendo en cuenta que estamos hablando de un muelle de madera. Luego nos dimos un paseo por la calle con más ambiente de la ciudad "Third Street Promenade". En algún sitio hemos leído que es la única calle peatonal de todo Los Angeles. Repleta de tiendas y de actuaciones callejeras pasamos el resto de la tarde y cenamos por allí la penúltima guarrerida de nuestras vacaciones (la última sería en el aeropuerto), unos burritos y unas fajitas.
Y eso es todo, a hacer maletas y a repartir el peso para evitar sobrecoste. Apuramos hasta el límite, las dos maletas pesaban 45 de los 46 kg permitidos.
Nos espera un largo viaje hasta llegar a nuestro destino. Telmo y Luisa en California, volverán a ser Dani y Ana en Madrid, para nuestra desgracia. Pero ya estamos pensando en el siguiente....
No hay comentarios:
Publicar un comentario