Aunque en realidad no sabemos si Toro Sentado era un Navajo, que es donde estamos, en la tierra de los Navajos (Navajo Nation).
Hoy hemos salido de Tuba City, sitio en el que sólo estábamos de paso, y hemos puesto rumbo a Oljato, que es como se llama el pueblo justo al lado del Monument Valley. Ya por el camino, el paisaje empezó a cambiar (esto Ana no lo vio, porque iba sobando como una campeona). Pasamos de una zona medianamente árida y plana, a un auténtico desierto de arena anaranjada y matorrales, y ligeramente montañoso.
Curiosa la cantidad de indios por el camino haciendo autostop, caminando al borde de la carretera. Debe ser para ir de una casa a otra, porque están todas esparcidas y muy lejos unas de otras. Lo raro es que éste es el país del coche, pero seguramente no a todo el mundo le llega para uno. No nos imaginamos a otro sitio donde podrían querer ir, porque básicamente por aquí no hay nada más. No son listos ni nada los americanos blancos, las "reservas" que les dejaron son un auténtico erial.
Es curioso también ver como a ambos lados de la carretera se suceden puestos de artesanía india (luego los veríamos también dentro del valle), pero nunca nadie se para a verlos, dan bastante penilla. Dice Dani que no deben de sacar un duro.
Cuando por fin llegamos, tras dos horas de coche, hasta el valle, el montaje está claro: garita a la entrada, 5 dólares por persona, y un cartel bien claro que dice: "No sirven los pases para el resto de parques nacionales". Estamos en la Navajo Nation, sus reglas, y punto. Aceptan dólares de casualidad.
Pocos metros después de la garita, un parking, un hotel y un centro de visitantes, eso es todo. Aparcamos, y nos vamos al centro de visitantes a informarnos. Ya desde allí se podían ver las formaciones rocosas características del valle, de hecho es una de las mejores vistas posibles del valle.
Para visitar el valle hay dos opciones: o coche particular, siguiendo un mapa, o con visita guiada. La "gracia" que tiene el asunto es que el camino no está asfaltado, y en algunas zonas tiene unos "socabrones" considerables. Los indios, muy majos ellos, ponen una lista de tipos de coches permitidos y no permitidos: básicamente, todoterrenos y camionetas de estas que les gustan tanto aquí, ok. Autocaravanas, motos, y deportivos, no. Y luego, coches "normales", sólo aquellos que tengan una buena altura al suelo. Pero claro, eso es muy ambiguo, y no te asesoran sobre tu coche particular.
¿Y cuánto cuesta una excursión en sus todoterenos? ¡70 dólares por persona! Y regateables, lo cual no inspiraba demasiada confianza. Junto con dos españolas que nos encontramos por allí, y a la vista de lo que iba y venía por el camino, decidimos que eso era un sacaperras y que seguro que podíamos entrar.
Valor y al toro. Ana se pasó los primeros 5 minutos, como era de esperar, analizando la altura de todos los coches que volvían: "este es más bajo que el nuestro, ¿no?", "¿éste es más alto?". Era como lo de la "máquina caliente" de Las Vegas, pero en versión alto/bajo. Un bocinazo final de Dani, más pendiente de los socabrones que de las alturas, acabó con las preguntas.
Al final, como habíamos sospechado, el paseo no era para tanto. De hecho, la peor parte es la primera milla, la bajada al valle. El resto está chupado. Hasta el coche de Dani, que por Menorca no lo pudimos meter por algún camino, aquí no hubiera tenido problemas.
El recorrido en sí merece mucho la pena. Es como estar todo el rato en una de esas pelis del oeste clásicas, de hecho muchas de las pelis de John Ford y John Wayne están rodadas en parte aquí (y seguramente el resto en Almería). Eso sí, esperábamos ver algún cactus de esos tan típicos de las pelis con bracitos y todo, pero no hay ni uno.
Las distintas rocas de valle tienen nombres por las formas que sugieren, así que Ana, ni corta ni perezosa, se hizo una foto delante de cada una de ellas imitando la forma en cuestión para acordarnos del nombre, para qué quería más ella.
Al final estas cosas, más que explicarlas, hay que verlas, al menos en las fotos. Los paisajes, como ya nos estamos acostumbrando en este viaje, son impresionantes. Cuando entras al recorrido te dan un folio A4 cutre salchichero (menos mal que no cobran un extra por él, aunque ya lo llevábamos impreso de casa con unas explicaciones extras que no venían en la hoja que nos dieron) con los sitios con las mejores vistas, así que no hay que pensar mucho. Eso sí, en los sitios de las paradas estaban estratégicamente situados más indios que vendían artesanía (y que, de nuevo, nadie compraba). No es de extrañar, porque hacen un marcaje muy raro al hombre en el puesto, que Ana sufrió en sus carnes. Si ella se movía a la derecha, la india se movia a la derecha. Si ella se movía a la izquierda, a la izquierda iba la india. De hecho, parecía que estaba jugando al espejo. Ana enseguida se estresó y pasó del tema. Menos mal que estos no son como los pesaos de Egipto, que encima luego no te dejan marchar.
En resumen, una visita muy recomendable, con sus peculiaridades. Para terminar, nos pillamos algo de comer y un heladito (de hielo, que hacía un calor considerable) con vistas al valle, un buen final.
Visto esto, ruta de vuelta a Flagstaff, que nos esperaban 3 horitas. Nos vino bien el cambio de hora de la Navajo Nation (ya os decimos que van por libre), porque llegamos una hora antes. Eso sí, la carretera hace que no te aburras en ningún momento. Una cosa curiosa que hemos observado es la enoooorme cantidad de ruedas reventadas en los arcenes. Pero no os hacéis una idea cuántas. El problema es que a veces no están en los arcenes sino que también te los encuentras en medio de la carretera. Nos hemos llegado a encontrar hasta conos de obras tirados en medio de un carril. Es curioso porque además aquí en las autopistas tambén puedes hacer cambios de sentido e incorporaciones "a lo bruto", es decir, sin nudos de cambio de sentido ni ná, como si fuera una carretera nacional de las España al uso.
Llegados a destino, una cenita de cuchillo y tenedor al lado del Motel de carretera a base de raviolis rellenos de espinacas con salsa Alfredo para Dani, y lasagna de carne con salsa de tomate de la abuela (de la del bar, se supone) para Ana. A dormir, que mañana hay unos cuantos kilómetros por delante.
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