lunes, 30 de noviembre de 2009

La batalla de Nueva Zelanda, Día 17: Liberad a Willy

Estaba tan liberada que ni la vimos. Vamos, que se canceló el tema ballenas, pero lo intentamos.

Hoy tocaba madrugón, o bueno, madrugar, madrugón será lo de mañana. Y cumplimos, consiguiendo hacer el tema: deshacer cama – ducha – vestirse – montar desayuno – fregar – recoger caravana – desconectar de electricidad – verificar que está todo atado, en menos de 1h 30m, récord personal. Y eso que pasamos por el supermercado, o el supermercado vino a nosotros, mejor dicho: cuando estábamos fregando, una pareja de alemanes muy majetes empezó a ofrecernos toda su despensa porque ellos ya se iban, así que hicimos la compra: esto sí, huy que bien, esto no, ya tenemos, esto nos viene genial, qué majos... lo más destacable para Ana ha sido la adquisición del Nesquik y el Nutella. En una trifulca inicial en la primera visita al super cuando llegamos a NZ, Dani vetó la compra de cualquier chuminada-mariconada tipo Nesquik o Nutella:

"No estamos en Madrid, luego nos sobra la mitad, ná, café, azúcar y a correr".
"Jo, pero a mí me gusta el Cola-Cao...". 
"Nah, maricaprichines, ahora te va a gustar el café". 
"Bueno, vaaaaale" dijo Ana con la cabeza gacha.

Pero Ana guardó con rencor este momento en su interior, y la cara de júligan de hoy al ver el bote de Nesquik era impagable. Nunca un bote de cacao en polvo pudo hacer tan feliz a una persona.

Este episodio nos ha hecho pensar en otra forma de hacer la compra, arramplamos con todo lo que encontremos suelto en los campings. ¿Que sólo hay sardinillas en lata? Pues a palo seco ¿Que sólo hay frutita? Pues hacemos papilla y se lo inyectamos a Dani por vena ¿Que sólo hay kiwis? Bueno, pues le pinchamos a Ana un Urbason y pa dentro. Tenemos que pensarlo un poco mejor, pero tiene buena pinta este nuevo planteamiento.

Nos plantamos en recepción a las 8 y poco, y ya nos dijeron que estaba la cosa malita (50% de posibilidades) para ir a ver ballenas en Kaikoura, pero que aceptaban reservas: el primer barco había salido y de los demás todavía no sabíamos. Así que nada, hicimos la reserva, y también reservamos el Top10 de Picton para por la noche y el ferry para mañana a primera hora. Para la hora molona (10 a.m.) ya hace tiempo que se agotó el billete barato, así que salimos a las 6:25 a.m., pero hay que hacer el check-in a las 5:25 a.m. (oh-dios-mio). Nuestro problema parte de la recogida del pasaporte: atienden en un flexible horario de 10 a 1 y de 3 a 5 (no sabemos si con parada para el bocata, esperemos que no), así que como el ferry tarda tres horas, el último que vale es el de las 10 a.m. si no nos queremos quedar tirados un día en Wellington.

En el momento de la reserva, la chica, muy eficiente, la puso a nombre del señor y la señora González. Al oir esto, la cara de Ana adquirió un color violáceo, se arremangó como un camionero y le faltó un pelo para soltar algo así como: "verá usté, señorita, de González nada, García, mona, GAR-CI-A, que yo sólo soy de mi padre y de mi madre, y a éste lo encontré en la calle". Dani, que ya conoce el orgullo cazurro de su pareja de hecho (ahem), se apresuró a indicar: "No, perdone, en España mantenemos el apellido de solteros, es Ana García, gracias". Qué diplomático es este chico.

Bueno, todo reservado hasta donde sabemos, cada uno con su nombre, faltaría más, pues nada, en marcha. Sin novedad por el camino (hemos empezado a pensar en los regalos de Reyes para matar el rato), llegamos a Kaikoura. En el sitio donde habíamos reservado (Whale Watch), preguntamos cómo estaba la cosa para salir, y no se atrevieron a decirnos nada, que volviéramos en una hora y media (habíamos llegado con mucho adelanto) y nos dirían, pero el anterior lo habían cancelado. El caso es que nosotros como lobos de mar que somos, sobre todo Ana, veíamos el estado de la mar estupendamente, diríase que como un plato. Nada, seguro que salimos.

Hicimos un poco el canelo, y volvimos: CANCELADOS todos los barcos del día. No aseguraban tampoco mañana, así que nuestras previsiones de ferry y demás era, desgraciamente, correcta. Pero decidimos no ahogarnos en pena, sino en comida, como es habitual, así que: "Y si nos metemos una langostita?". Leímos la biblia, y recomendaban dos sitios: el "emblemático" Nins Bin, y el "sensacional" Kaikoura Seafood BBQ. 

"¿Qué prefieres, emblemático o sensacional?"
"Emblemático suena a que lleva ahí mucho tiempo, pero sensacional suena a que es mejor, no?"
"Posí, vamos al sensacional"

Metimos la dirección en el TomTom, y cuando nos íbamos acercando vimos una casa a lo lejos. "Debe ser eso, qué vistas al mar". Y tanto. Porque no era esa casa, el "restaurante" estaba al lado, era un puesto montado por cuatro amigos con dos tablas y una plancha de cocinar en el arcén de la carretera. A veces la biblia tiene estas cosas. Eso sí, había bastante ambientillo de gente con la Lonely Planet en la mano. Así que nada, nos aventuramos, elegimos nuestra langosta (sí, se elige de la nevera, y cada una tiene su precio), y lo decidimos acompañar de un poco de pescado a la plancha también. Hecho el pedido, te dan una piedra con un número (de estas para hacer rana en los ríos) y te sientas en cuatro mesas que han puesto a lo largo del arcén a esperar a que te la traigan. Los muy perrunos se han puesto en una zona del arcén que tiene dos bancos más de estos públicos, así tienen más mesas. Qué jodios. Pero vamos, que vienen en la biblia, así que deben de llevar ahí ni se sabe cuánto tiempo...

El plato estaba co-jo-nu-do, las cosas como son. Es curioso comer mientras ves un tractor pasar, a veces llueve, las gaviotas tienen hambre, llevas cuatro capas puestas para quitar el frío (otra vez se han dejado la puerta abierta)... toda una experiencia. Comimos al más puro estilo "La isla de los famosos", porque el entorno te da muchas licencias: te rechupeteas los dedos sin miramientos, más que nada porque no hay servilletas, no te importa hacer ruiditos (más grita la gaviota encabronada que tienes al lado muerta de hambre), etc. Terminamos de comer, y ojo: hay que recoger el plato, tirar las sobras a un cubo de basura empujando con el tenedor (y teniendo cuidao que la gaviota no se tire en plancha al cubo), y dejar los platos en otro contenedor. Vamos, como en casa. De ahí a la furgo, y de postre un kit-kat.

Con el buche lleno, repetimos paso por Ohau Point, que ya habíamos visto en nuestra "huida a Wellington a por el pasaporte" 15 días antes. Esta vez paramos mucho más tranquilamente y en muchos más sitios. Intentamos ir a un sitio que nos habían dicho donde había focas bebé, pero no hubo suerte. Pero en la playa de al lado había cientos de focas. Era espectacular, nada que ver con lo que habíamos visto la otra vez. Gamba hizo hasta vídeos, y prácticamente no hubo que usar los lechuzos (nombre asignado a los prismáticos chusqueros de los chinos), porque estaban a cinco metros de nosotros. Cómo huelen a una mezcla de sudor y pescao, la firgen! Parece que después de ver tanto animal libre en su entorno te acaba pareciendo hasta normal, pero si te paras a pensarlo, es algo increíble.

A partir de ahí nos empezó a llover, y como ya habíamos visto todo lo que podíamos ver en Kaikoura, caminito a Picton, que así llegamos pronto y descansamos, que nos hará falta para mañana. Nuestro tercer ferry, Ana está a ver si le dan la gorra del capitán Pescanova.

Hemos aprovechado a seguir ahogando penas en comida (en realidad estamos muy contentos, pero es que las alegrías no se ahogan, no?), y salimos a hacer un casting de restaurantes por Picton (no hay muchos). El ganador fue el The Barn, aunque había uno que estaba dentro de un barco en el puerto que nos hubiera gustado ver, pero estaba cerrado (está en venta todo, el barco y el restaurante). En el Barn nos tomamos un chuletón de ternera neozelandersa la señorita Ana, y una pechuga de pollo sazonada con pesto Dani. Sin comentarios.

De vuelta al camping hemos tenido que ir a ducharnos con chubasquero, porque está cayendo la de Dios, de hecho probablemente hubiera bastado con echarse gel y salir a la calle, el resultado hubiera sido el mismo. Nos vamos a acostar pronto porque mañana estaremos a las 5 a.m. en pie (cada vez que escribimos esto Ana tiene espasmos), menos mal que el ferry está al lado del camping. Hemos pensado que no vamos a deshacer la cama, nos la llevamos puesta hasta la cola del check-in del ferry, y dormimos una siesta hasta que nos llamen. Es más, pensamos en llevar a Ana durmiendo hasta subir la furgoneta al ferry, y luego ya si eso subía, pero tememos por su seguridad con algún bache, cual plato de microondas. Lo que sí haremos seguro es desayunar en la cola, ventajas de llevarse la casa a cuestas.

Una vez que pasemos a Wellington, a eso de las 9:30 o 10, iremos a la embajada, y recogeremos el pasaporte, esperemos que sea un trámite rápido. Porque tiraremos al norte, bien al Lago Taupo o a Rotorua. Os contaremos.

Curiosidad del día: Estamos empezando a perfeccionar el oído, de manera que ya no miramos para atrás cuando cae algo, ni nos asustamos. Podemos reconocer perfectamente qué objeto es el que se ha caído por el sonido. Es que cada vez que paramos toca reconstrucción del interior.

"Huy, eso ha sonado al paquete de Kleenex"
"Joer, otra vez la pasta de dientes"
"Dani, ya te dije que ataras bien el asiento de atrás"
"La tabla de la cama ya está de excursión otra vez".

Bueno amiguitos, seguiremos con más aventuras, pero las próximas ya serán desde la Isla Norte, donde pasaremos nuestra última semana de vacaciones. Besos y abrazos!

La batalla de Nueva Zelanda, Día 16: El lago azul

Esta mañana nos ha costado un huevo y parte del otro levantarnos. Es lo que tiene trasnochar para ver pingüinos. En vez de ir de copas, te vas de pingüis, y al día siguiente, Paco con las rebajas. Por lo menos no te da resaca. A modo de información, hemos vuelto a repetir vestuario de dormir del día anterior y hemos vuelto a ser capullos de mariposa por un día. Así que con las mismas y los ojos pegados (no sabemos si por las legañas o por los chupiteles de hielo) nos hemos conseguido levantar y como había buena conexión hemos intentado hablar con las familias. Bueno, intentado pero no podido, al menos no con todas, la familia de Ana es un pingo y no pone un huevo en casa, y luego dirán que por qué nos vamos tan lejos de viaje, qué más da, si total nunca están en casa!. Mu preocupaos no estáis eh? ;-)

Durante el desayuno Ana ha estado escuchando el mundo de yupi y las ilusiones de Dani. Ha visto unos autobuses reconvertidos en caravanas y pa qué quieres más. Menuda chapa!!. Este conduce una caravana de 6 metros un mes y ya se ve dando la vuelta al mundo en autobús toda la vida. Su plan, a sus ojos, era perfecto. "Mira Ana, nos compramos un autobús de estos, lo arreglamos y cuando nos jubilemos nos dedicamos a viajar con él. Llamaremos a nuestros vástagos con telepresencias de alta definicióan (lo del skype ya estará muy superado) y les diremos, pos hoy estamos en Finlandia. Y entonces ellos cuando hablen con sus amigos y les pregunten por dónde andan sus padres, contestarán que están por Finlandia por cuarta vez, que han hecho cuchipandi y que se quedan a cenar con Papá Noel". Bueno, un plan perfecto, vamos. Pobrecín. Primer problema: cuando nos jubilemos al paso que vamos, tendremos aproximadamente 80 años,y a partir de ahí el resto viene solo. No veremos  más allá de dos metros, como pa conducir, por no hablar de subir y bajar del autobús. Imagínate descargando el depósito de los meaos, pos cada dos días mínimo, porque como Dani para entonces ya andará con la próstata jodía tú verás. Y luego añadir que necesitará tener calefacción central porque la artrosis con el frío se lleva a matar. De todo esto Dani se está dando cuenta ahora mismo, pero por lo menos ha sido muy feliz durante un día con la idea de su autobús.

En fin, sueños aparte pusimos rumbo a los lagos Pukaki y Tekapo. Esta era la primera parada en nuestro viaje antes de que tuviéramos que dar la vuelta escopetados hacia la embajada en Wellington para solucionar el pequeño e insignificante detalle del pasaporte de Dani y su ilegalidad manifiesta. Bueno, más tarde de lo previsto, pero ahí estábamos. Además nos hacía un día genial, despejado, con solazo y sin mucho viento, así que estupendo. La primera parada fue el Lago Pukaki. Lo único que tiene es una caseta de souvenirs al lado del lago, y cómo no, unos baños, CON PAPEL (no hace falta hablar sobre esto otra vez), pero no hacía falta más. El lago precioso, un agua azul turquesa que nos hacía recordar mogollón al agua que habíamos visto en Interlaken, en Suiza este verano. Claro, es agua que viene del deshielo, así que suponemos que el proceso será más o menos el mismo y de ahí ese color. Pero lo mejor no era el lago y su color, lo mejor, eran las vistas que teníamos en frente. Todos los Alpes en todo su esplendor incluído el monte Cook. Es el pico más alto de Australasia y es sagrado para los maoríes (los indígenas del país) que nunca escalan a su cima. Hoy curiosamente hacía honor a su nombre en maorí, Aoraki, que significa "perforador de nubes", porque tenía una nube justo en la puntita, que parecía que la tenía pinchada. Ya podía haber hecho un día tan bueno como hoy cuando ibamos a coger el elicótero. Gamba se puso morada a hacer fotos. De hecho la cosa fue tipo book, en plan ""posa, sonríe, la cámara te quiere, la cámara te quiere", pero es que el escenario lo merecía. Hicimos fotos hasta a la caravana con ese fondo...

Tras el momento artístico nos dirigimos hacia el lago Tekapo, del mismo pelo. Esta vez ya era un pueblo al estilo neozelandés (300 habitantes), pero había bastante turista. Las vistas a los Alpes no eran tan buenas, pero aun así merecía la pena. Lo más destacable era una iglesia pequeñita al borde del lago que sale en muchas postales. Al parecer está petada y reservada para muchas bodas por el entorno en el que está. 

Del pueblo, sale una carretera que lleva al Observatorio del monte de St. John. Está a unos 4 kilómetros subiendo una colina y te da unas vistas de 360º de todo el entorno y el valle. Al parecer ahí abajo tambien se rodaron escenas de El Señor de los Anillos (se supone que son los campos de la batalla de Pelenor o algo así). Hemos decidido que nos vamos a ver las 3 pelis otra vez cuando volvamos al hogar. Ya nos vemos, gritando, mira, mira ahí estuvimos... Pues ahí estuvimos, tomando un café en el Café Astro, que está pegado al observatorio. Es una pasada tomarte un café con semejante escenario a tu alrededor.

Aproximadamente 850.000 fotos después pusimos rumbo de nuevo pero ¿a dónde?. Como ibamos bien de tiempo, decidimos tirar hasta Christchurch (nuestra primera noche en Nueva Zelanda la hicimos allí), para así ir ganando terreno y estar más cerca de las siguientes paradas previstas en nuestra ruta. Fueron tres horas de viaje. Entre los trayectos de Suiza y los que nos estamos haciendo aquí, ya casi se nos acaban hasta los temas de los que hablar, así que nos dedicamos a cantar canciones de estas verdes que cantabas cuando ibas al cole y te enorgullecías de los tacos y guarrerías que contenían sus letras. Una regresión al pasado en toda regla. Bueno, en realidad fue regresión para Ana, porque Dani no se sabe ninguna y sólo comentaba, "pero cómo te las puedes seguir sabiendo todas, hace por lo menos 25 años que no las cantas!". Ahí, duro, donde más duele.

Llegados al camping y nos damos cuenta que está petao, menudo ambiente!. Hay un montón de caravanas de la misma compañía que la nuestra de tipo camión, todas iguales, dice Dani que debe de haber un viaje organizado en masa, pero de caravanas y campings. Sí claro, lo típico. Ah, tambien ya sabemos cómo van los japoneses. Duermen en Bed&Breakfast y para moverse tienen alquiladas furgonetas por grupos y con conductor. Bueno, y hasta con un cámara que hace el vídeo oficial del viaje. Son la leche.

Estamos esperando a que acabe la secadora de la colada que POR FIN hemos hecho hoy. Ciertamente hacía falta, bueno Dani dice que a él no, ya sabemos lo buenos que son los hombres racionando la ropa en condiciones extremas. Todavía era capaz de llegar a España con ropa sin usar. No entraremos en detalles. El caso es que cuando la lavadora ha acabado (son de estas como las de las pelis americanas) a pesar de haber puesto lavado en frío, salía una humareda calentita, calentita cuando la hemos abierto. Entre eso, y la secadora de después, no sabemos si la ropa que saldrá será para la señorita Pepis. Veremos.

Mañana a primerísima hora estaremos como un clavo en la oficina de recepción del camping, donde hacen tambien reservas para todo tipo de actividades. El plan para los dos próximos días es complicado por lo variable que es. Es seguro que mañana vamos a ir a Kaikoura y casi seguro hará malo. La duda es si aun con ese tiempo de mielllda mi amol podremos hacer la actividad que queremos: salir con un barco a ver ballenas y delfines. Cuando lleguemos por la mañana nos dirán si se puede hacer o no y en función de eso puede que incluso pasado mañana a primerisisíma hora estemos cogiendo el ferry (ese viejo conocido) a la isla norte.

Sección curiosidades: Y dicen que las campañas de la DGT son agresivas. Lo que estamos viendo aquí a los lados de la carretera es pasarse dos pueblos. "Si no frenas, próxima parada: el cementerio" (con una imagen de un cementerio de fondo). "Drink, drive, DIE" (traducido: bebe, conduce, MUERE). "En este pueblo no hay médico, no hay hospital, sólo cementerio" (con una imagen con un coche de fondo). "No esperes a que (y ponen una imagen de una cruz de lápida) sea la señal para parar". JO-DER. Tambien hay cosas amables, como recordatorios de que tienes que parar cada cierto tiempo y en la zona de la costa este, tienen los "Driver Reviver" (traducido: revividor de conductores o algo así) en el que te invitan a un café gratis en ese área para que pares. Mia tú que miraos.

Bueno, pos mañana más. Ya veremos desde dónde.

sábado, 28 de noviembre de 2009

La batalla de Nueva Zelanda, Día 15: Los vengadores

Bueno-bueno-bueno señores, estamos en racha. Ya no hay bicho que se nos ponga por delante. Bueno, sí. Venga, vale, no vamos a adelantar acontecimientos, vamos poco a poco.

Efectivamente dormimos como dos ovillos, nos sobraba la mitad de la cama, parecíamos capullos de mariposa, ahí envueltos en la sábana para bajar la sensación de frío (de Ana). Capullo sobre todo Dani, que estuvo toda la noche como una momia egipcia, sin moverse como si lo hubieran embalsamao. Pobre. Cuidao que es pequeña la jodía, y cómo lo monopoliza todo. Como anécdota, Ana durmió con: camiseta de manga corta, camiseta de manga larga, chaqueta de pijama y FORRO POLAR, además de los pantalones del pijama con calcetines. Dani durmió con: manga corta y pantalón. Ya.

En fin, corramos un tupido velo. Por la mañana Ana tuvo que ir a ducharse con agua hirviendo para ir entrando en calor. La verdad es que además de que la temperatura era baja, hacía mucho viento, así que la sensación térmica era bastante desagradable. Después de esa ducha con agua hirviendo y unas cuantas quemaduras de segundo grado parece que empezó a entrar en calor, así que nos pusimos en marcha (no muy pronto) hacia Dunedin. Ya habíamos visto más o menos lo que había que ver en los Catlins, y sin embargo Otago tenía mucho que ofrecernos...

Llegamos a la península de Otago a eso de las 12, sin forzar, y la primera parada era Sandfly Bay, donde la Biblia decía que había muchos leones marinos. Y no falló. La bahía en cuestión era una playa enorme a la que se accedía a través de dunas inmensas (bastante jodidillas de caminar). Esta vez no nos habíamos echado crema, así que iba todo sobre ruedas y no había viento. Llegando a la orilla, empezamos a verlos: había varios, aparentemente todos durmiendo repanchingados sobre la arena. Los dos primeros que vimos estaban justo al acabar la duna, y empezamos a hacerles fotos, a los reglamentarios 10 metros. Pero es que 10 metros con un bicho de esos no son muchos metros. Como estaban dormiditos nos crecimos y nos acercamos un poquito más, hicimos unas fotos con Ana bien cerca y bien. Y en estas que estaba Dani posando para una foto que le hacía Ana, y uno de los leones marinos que se levanta, y pega un bufido, que despierta al otro, y le acompaña. Se ponen erguidos, y hacen incluso amago de moverse hacia nosotros. Joder qué carreras duna arriba. Aparecieron Carl Lewis y Marion Jones de la nada. A todo esto, los leones, una vez hicieron eso, se volvieron a tumbar y a dormir. Pero se movían cada poco.

Así que un poco escarmentados, decidimos guardar más las distancias, y seguimos caminando por las dunas a la distancia prudencial, vimos como otros 4 ó 5 leones marinos. Unos paseando, otros nadando en la playa, y otros durmiendo. Algunos eran del tamaño de 4 Danis, o 8 Anas, aprox. Ahí estábamos dando un rodeo, pensando que íbamos muy lejos de ellos, cuando estuvimos a punto de pisar uno. Estaba camuflado, rebozado de arena seca como una croqueta, y muy metido para dentro de la playa, lejos de los demás, así que no nos lo esperábamos. Si llegamos a pisarlo, la que se lía es buena. En cuanto lo vimos, a escasos 2 metros, otra carrera duna p'arriba batiendo el record de los 100 metros dunas. Menudos gemelos que hemos hecho. 

Una vez a salvo en las dunas arriba nos entraba la risita nerviosa. Leímos luego en las instrucciones (para qué las íbamos a leer antes, para qué), que con estos bichos no hay que preocuparse tanto como con las focas y los pingüinos, y SOBRE TODO, no hay que correr. Porque ellos, a diferencia de pingüinos y focas, no tienen miedo del hombre, y lo más que tienen es curiosidad. Tampoco hay problema con no dejarles mucho espacio cuando duermen, pero sí cuando están despiertos. En fin.

Satisfechos por los avistamientos (es realmente emocionante verlos ahí) y sustitos varios, y llenos de arena, nos vamos a otra playa talismán, pero en esta no tenemos suerte, Allan's Beach. Era lógico de todos modos, porque la marea estaba demasiado alta, y no había arena para que se tumbaran a descansar. Y como habíamos visto tantos antes, tampoco nos importó mucho.

Siguiente punto, Taiaroa Head, un cabo en la península de Otago donde está la única colonia fija en tierra firme de albatros reales en el mundo. Nos acercamos y desde luego pájaros había, pero albatros a la vista no. Al parecer, ni era la mejor época, ni el mejor sitio: casi todos los que hay están una zona a la que se accede a través de visita de pago, así que pasamos y nos conformamos con las vistas del cabo, que eran muy chulas. Y de los otros pájaros que había, además de las gaviotas, otros de pico rojo y plumas negras muy llamativos. Las gaviotas nos pusieron la caravana como un solar, parecía aquello el bombardeo de Pearl Harbor. Los prismáticos de los chinos siguen dando juego, hemos estado observando unos nidos de los pájaros raros esos. Pena no tener ni idea de qué pájaro era, pero tenemos fotos para poder identificarlos a posteriori. Bueno, y estuvimos también en la Pilots Beach, donde había un león marino durmiendo, pero se veía a través de una verja, así que parecía un zoo, nada que ver con lo vivido antes.

La península de Otago es de lo mejor que hemos visto, y no sólo por los animales. Hay unas vistas preciosas de toda la península, con el agua azul-verdosa, y los montes de un verde muy vivo. La carretera va todo el rato al borde del agua, así que el simple hecho de moverse por allí es una pasada.

Como habíamos previsto la noche anterior, si el día se nos daba bien, tirábamos hasta Oamaru, y así hicimos. Por el camino paramos a ver las Moeraki Boulders, que son unas rocas muy curiosas de forma casi perfectamente esférica que hay en una playa entre Dunedin y Oamaru. Dicen que si la forma en la que se crearon es similar a la que produce las perlas en las ostras, pero es el único sitio en el mundo, y la única playa en NZ donde están así. Llama muchísimo la atención. Es más, hay alguna rota y es como si se hubiera roto un huevo. Curiosísimo.

Y llegamos a Oamaru, la ciudad de los pingüinos. Hasta hoy, como sabéis habíamos visto 4 pingüinos, uno en Milford Sound y otros 3 en Roaring Bay, a punto de cáersenos los dedos de congelación. Pues bien, hoy habremos visto como 150 pingüinos, menudo empacho.

Al fichar en el Top10, ya nos dijeron que había dos puntos de avistamiento, uno de pingüinos azules (pequeñíiiiiiisimos, los más pequeños que hay) y otra de pingüinos de ojos amarillos. Como los de ojos amarillos se recogían antes, fuimos primero a esa. Se supone que son muy tímidos, de hecho por eso el día anterior habíamos estado en un refugio escondidos como el Lute para verlos desde donde Cristo dio las tres voces. Nada, todo mentira. Donde el día anterior habíamos estado hora y pico medio muertos de frío esperando para verles salir del agua a lo lejos, hoy los hemos visto a UN METRO ESCASO de distancia. Llegamos a la playa en cuestión, Bushy Beach, y te pones a verla desde el acantilado, no hay acceso a la playa. Pero nada más llegar, vemos que hay un pingüino en los matorrales del acantilado. Ni idea de cómo ha llegado hasta allí, el caso es que estaba ahí arriba, son bastante grandes. Nos hichamos a hacer fotos. Se les oía llamarse unos a otros, y por eso sabíamos que había más escondidos entre los matorrales. Hay que estar muy callado, así que ya véis a Ana y a Dani corriendo de un lado para otro y haciéndose señas como dos posesos para explicar donde estaba uno u otro. 

Y de repente aparecen dos. Que parece que van a seguir la misma ruta de los otros (que estaban a unos 2 metros de donde estábamos una legión de gente con cámaras a tope de zoom), pero no, giran inesperadamente y se paran delante de nosotros dos a un palmo de distancia. Vamos, que llegábamos a darles una colleja. Nuestras miradas se cruzaron y según Ana nos hemos hecho amigos para siempre. Ana y los pingüinos, se entiende. Así que ahí estaba, unos pingüinos rarísimos, en peligro de extinción, únicos, y bla bla bla, a un palmo de nosotros. Teníamos el día de suerte.

Más felices que dos lombrices nos vamos a ver a los otros pingüinos, los mini, pero es de pago. Aún así, decidimos que merece la pena y nos metemos. El montaje era curioso, porque había hasta una especie de anfiteatro, gradas y tal, a los pies de las rocas, donde les veías salir del agua, cruzar un camino e irse a las madrigueras delante de tus morros.  Pero vamos, con focos y tal, que parecía aquello un plató de televisión. Bueno, pues los tíos no se amilanaron, y salieron a patadas, venían en grupos de 15 o 20, y salieron como 5 o 6 grupos. Son muy graciosos, y miedosos. Nos dijeron que si se acercaban a nosotros (porque podían irse hacia la grada) nos debíamos de quedar parados. Y que si luego al recoger el coche / caravana veíamos alguno bajo el coche (porque se pasan de largo), que avisáramos. Cuando ya salíamos, otra vez peladillos de frío, bajamos por debajo de la grada para no molestar la visión a la gente, y allí había uno que se había escapao. Nos quedamos quietos como estatuas, casi sin respirar, y se nos acercó que casi nos pica el pie. Qué bueno, era graciosísimo! Más gente lo vio, y se quedaron quietos todos también. Parecía que estábamos jugando al escondite inglés. Cuando el pingüino despistao volvió a la zona de las madrigueras, nos movimos todos, muy divertido y emocionante.

Salimos del recinto, comprobamos que no había nada bajo la caravana, y nada. Pero vimos que había unos chavales mirando al otro lado de la carretera, y ahí estaban. Pues no es que hubiera uno fuera del recinto, es que había montones! Estaban por todos lados, y había que ir con mucho cuidado para no pillarlos. Habremos contado 30 o 40 fuera del recinto. Qué jueguistas los tíos.

Así que hoy hemos tenido sobredosis de naturaleza, nos hemos vengado de la costa oeste, donde no se dejaban ver. Hoy se nos ha hecho tarde, pero aún así no queremos que mañana se nos haga tarde para salir por la mañana hacia Pukaki y Tekapo. Las previsiones del tiempo no son malas, así que veremos. Más complicado va a ser el tiempo a partir de ahí por lo que estamos viendo, pero no adelantemos acontecimientos...

Mañana no sabemos si tendremos acceso a Internet de nuevo, porque no tenemos claro donde vamos a dormir, si en Fairlie, en el mismo Tekapo, bajar a Christchurch... ya veremos. Y la siguiente parada será casi con seguridad Kaikoura, aunque dependerá del tiempo que nos haga. Pero otra langostita cae fijo, eso no depende del tiempo.

Pues nada, os seguimos contando, besos / abrazos a todos.

La batalla de Nueva Zelanda, Día 14: El rey león (marino)

Se nos terminó Queenstown. Mira que nos gustaba, ¿eh? Hemos descansado, lo hemos pasado bien, tenía ambientillo... pero hay que seguir adelante. Y el siguiente paso eran los Catlins, un parque natural que mucha gente no visita, pero que a nosotros nos habían recomendado bastante.

Esta mañana, con mucho sueño encima, después de una duchita, un desayuno bien majo, una compra en el super y rellenar el depósito de la caravana, pusimos rumbo a Owaka, una de las ciudades más importantes de los Catlins, y la más cercana a lo que queríamos visitar. Bueno, ciudad, lo que hemos dicho muchas veces, mucha ciudad no es. Ni idea de los habitantes que tendrá, no había ni ruto, y sólo hay un bar/restaurante, así que haceros una idea.

El viaje no tuvo mucha historia. Fueron 260 kms, en 3 horas y 20 minutos, sin paradas. Llegamos a Owaka con más hambre que los pavos de Manolo y como no podíamos elegir mucho, comimos en EL restaurante, el LamberJack. Que dicho sea de paso, estaba estupendo por dentro. Para darle ambiente, musiquilla country de fondo, que debe ser lo típico de por esta zona (de hecho, en la Biblia pone que 355 días al año el pueblo no tiene ninguna historia, y los 10 restantes acoge el festival de música country más importante del país). Así que comimos en compañía de Dolly Parton y Garth Brooks. Y la comida, pues acorde: unos fish n' chips (pescao con fatatas) y una hamburguesa de pollo cajún. Rico en su género, pero tampoco era una delicatessen, claro. Hemos puesto el listón demasiado alto con nuestras rutas gastronómicas.

Con el buche lleno empezamos a ver cosas. La primera parada era inicialmente unas cascadas que se llamaban Purakaini Falls, pero decidimos que ya habíamos visto bastante agua caer, y preferíamos hacer el resto más tranquilamente. Además teníamos referencias de que estaban bien, pero sin mucho más. Así que nos fuimos directos a Surat Bay, donde supuestamente había animalillos de estos tipo foca, león marino, etc a lo largo de la playa, pero no tuvimos suerte. Hicimos un camino por unas dunas que estaban cubiertas de vegetación (de hecho, sabíamos que eran dunas porque justo en el caminillo había arena, pero si no fuera por eso no se nota), y llegamos a la playa, que nos recordaba a la de Whahariki Beach. Menuda ventolera, no sabemos quién se habría dejado la puerta abierta, pero hacía un viento de espanto. De nuevo pudimos bailar a lo Michael Jackson. Y lo dicho, ni rastro de bichines. De todos modos, era razonable, porque era pronto para los bichos, que suelen ir a la arena a eso del final de la tarde.

Con los ánimos intactos, y tras una conversación con otro indio inglés que nos encontramos por el camino (son majos) con el que intercambiamos sitios "secletos", nos fuimos a Cannibal Bay, a ver si había más suerte. Decir que estos sitios son bonitos "per se" por lo salvaje de las playas, pero lo que todo el mundo va a ver es a estas criaturitas del señor.

Así que nos metimos por, cómo no, una carretera de tierra de 8 kms, y cuando ya estamos llegando, nos cruzamos con un coche pequeño que, muy amablemente, se aparta para dejarnos pasar. Nos dimos cuenta después que no le dimos las gracias. Y nada, llegamos a la playa, preciosa, y empezamos a caminar. Habíamos leído en los carteles informativos las precauciones que hay que tener con los leones marinos: distancia de 10 metros si duermen, 20 si están activos, y sobre todo, dejarles libre el camino hacia el mar, o se pueden poner un poco tensos. Que corren más de lo que parecen, dicen, y como no somos precisamente Carl Lewis y Marion Jones, mejor no arriesgar.

Pues volvemos a caminar, decíamos, y nada, ni rastro. Pero bueno, vamos a seguir, total, es bonito... vamos charlando, charlando, y en esto que Ana agarra a Dani del brazo: "Para! Mira!" (susurrando, que se supone que no se les puede molestar hablando, a los señoritos). Dani no veía nada más que una roca o un burruño de algas, así que sacamos los prismáticos chusqueros de los chinos que tenemos, y hete aquí que sí que era un león marino. Durmiendo como un bebé (de león marino) la siesta, el tío. Estábamos a escasos 10 metros, y si Ana no se da cuenta casi lo pisamos. Hubiera sido un buen momento para ver si éramos Carl Lewis y Marion Jones. Nos quedamos quietos haciendo fotos, a falta de Chirla, Ana miraba por los prismáticos. Y en esto, el bicho respiró. Si, respiró, y se movió un poco, no hizo más, pero joder, dimos la vuelta con los ojos pegados en el cogote por si quería hacerse amigo nuestro. Nos alejamos un poquitín, y ya. Porque como estaba pegado al final de la arena, y no podíamos pasar por delante suyo, no nos pudimos acercar a otro montón de bultos que veíamos al final, y que tenía toda la pinta de ser algún bicho más de estos. Pero con nuestra experiencia inicial ya tuvimos bastante. 

De todas formas, como la única opción era ir por encima de las dunas, por detrás del bicho, lo intentamos, aunque en esta playa no había ningún camino marcado. Por un momento nos creíamos los jóvenes exploradores, y nos metimos entre la maleza, pero cuando la vegetación nos llegaba por los ojos y no veíamos el suelo, volvimos a nuestra realidad de puretas urbanitas oficinistas y decidimos dar la vuelta.

Así que nada, felices como dos lelos y conscientes de lo cagones que somos (si son paisanos de Ana, joder, un león y una leonesa, hasta unas cañas nos podíamos haber tomao), nos volvemos por el camino de vuelta, ji ji, ja ja, y en esto que nos encontramos unas chicas paradas en la carretera, con su coche caído en la cuneta. Era el coche que nos dejó pasar a la ida, y que no le agradecimos! Al dejarnos pasar, calcularon mal, y metieron una rueda en la cuneta, que era muy inclinada y llena de piedra y hierbajos, así que el coche estaba a tres ruedas y medio empanzao. Nos paramos a ver si necesitan ayuda, y tras sopesar la situación, decidimos intentar empujar, y si no, las bajamos al pueblo. Una de las chicas dando marcha atrás, y los otros tres empujando, lo sacamos. Dani casi se cae él por el barranquillo, pero bien. Habíamos salvado al soldado Ryan. Y las escoltamos hasta la carretera, no se fueran a caer por otro sitio. Muy majas, nos dieron las gracias, y cada uno siguió por su camino. Tenían un agobio importante, las pobres, porque su coche también era de alquiler, y ya se veían llamando a la empresa y tal. Seremos unos cagones, pero somos unos héroes. Ja! Las hemos salvado de pasar una noche a la intemperie, y que sus cuerpos se descompongan con el sol de la mañana.

Vale, gran momento. Vamos a buscar otro, así que nos vamos hacia Nugget Point, con una parada antes en Roaring Bay (que está justo al lado). Nugget Point es un faro precioso que sale en muchas postales, y Roaring Bay es una playa al lado donde anidan, crían y demás los famosísimos y rarísimos de ver (están en peligro de extinción), pingüinos de ojos amarillos que son exclusivos de NZ. Tienen una marca en la cabeza que hace que parezca que tienen una ceja amarilla. Pasan la noche en un monte que hay al lado de la playa, salen muy pronto por la mañana a comer y nadar, y vuelven tarde al atardecer a dormir al monte. Vamos, como un madrileño cualquiera.

De camino a Nugget Point, en Kaka Point, paramos porque vimos otro león marino al lado de la carretera! Esta vez estábamos dentro de la jargoneta, por eso nos hicimos los valientes, y le hicimos fotos al lado. Mola!

Llegamos a Roaring Bay. Siguiendo las instrucciones, aquí no se baja a la playa, sino que se pone todo el mundo en una casetina que hay donde te tienes que esconder, porque si te ven los pingüinos no salen, son muy tímidos. La caseta tiene varios ventanucos, donde está todo el mundo apilao con los prismáticos (los únicos de los chinos eran los nuestros), cámaras...  Y allí estuvimos, mirando. Un frío que casi se nos caían los dedos. 15 minutos. Media hora. Una foca haciendo el gili, falsa alarma. 45 minutos. 1 hora. La foca seguía haciendo el gili y despistando. 1:15h. Los jodíos pingüinos que no daban señales de vida. Empezamos a dar ultimátums ("si dentro de 20 minutos no aparecen que les den por saco a los raros esos. Nos vamos al zoo, que no son tan tímidos y hasta hacen monerías, amos hombre"), y en esto, por fin, apareció uno. Que chulooooooooo!!! Son riquísimos, queremos unoooooo!!! Viene nadando, y cuando encalla en la arena, todo gracioso se pone en pie y allá viene dando saltitos hasta las rocas. Se seca un poco, y caminando a lo Charlot se pierde en el monte. Parece mentira, con síntomas de congelación en los dedos, pero felices y llenos de orgullo y satisfacción por ver UN pingüino. Qué neumonía más satisfactoria vamos a pillar a la salud del bicho. Al cabo de 5 minutos, otros dos, seguidos. Despiporre. Es emocionante no verlos dentro de una jaula, sino ahí, a su bola.

Felices por el avistamiento (por cierto, grabado en vídeo, y en las fotos se ve perfectamente que son de ojos amarillos), nos vamos al faro de Nugget Point. Qué pasada, qué preciosidad. El día, que había empezado regulero (mucho viento, y alguna gota despistada), a esas horas ya había abierto, y teníamos una vista espectacular del faro, los acantilados que lo rodean, y el mar. Gamba hizo un publirreportaje, y con la misma decidimos que no habíamos visto suficientes pingüinos, y a la vuelta volvimos a parar, y todavía vímos uno más. Cuatro pingüinos! Hemos dejado de llevar el marcador, pero ahora mismo ganaríamos por goleada.

Así que tras un día muy completo, nos vamos al camping, esta vez no es un Top10, sino uno cualquiera en Kaka Point, pero que aunque no tiene tanto equipamiento como los Top10, sí tiene electricidad para la caravana, que es lo que más nos interesa. Todavía no nos hemos quitado el frío del cuerpo, nos hacemos un arroz a la cubana para entrar en calor y recuperar fuerzas. Esta noche dormiremos como dos ovillos, porque hace frío.

Un día de naturaleza completito, sí señor, pero no termina la cosa aquí. Mañana iremos a Dunedin y la península de Otago, donde hay albatros, pingüinos, focas, leones y elefantes marinos... Y si esto nos fallara, aún nos queda Oamaru. Si mañana en Dunedin vemos todo lo que esperamos, sólo veremos Oamaru de pasada, camino de los lagos Pukaki y Tekapo.

Mañana seguimos contando nuestros progresos con la naturaleza.

jueves, 26 de noviembre de 2009

La batalla de Nueva Zelanda, Día 13: Rio Bravo

La sobada que nos hemos metido hoy ha sido antológica: desde las 11 de la noche, hasta las 10 de la mañana, por fin dormimos como dios manda. Había que recuperar. Además, hoy el día pintaba con una agenda tranquila, era el primer día en varios que no nos íbamos a mover (repetíamos noche en Queenstown), y no había demasiadas actividades planificadas, pero eso sí, intensas.

Después de desayunar panchamente, tratar de conectarnos a Internet para hablar con las familias respectivas sin éxito (va fatal), y pegarnos una duchita, a eso de las 12 nos pasaron a buscar por el camping: destino Skippers Canyon. Lo que íbamos a hacer era un combinado de ruta en autobús 4x4 por antiguas zonas de minería de oro, y un paseíto en jet boat, luego lo explicamos con calma. Mientras esperábamos hicimos buenas migas con unos indios de Inglaterra, con los que luego intercambiamos experiencias viajeras. Muy productivo.

Ya según subimos nos explican que el camino hasta el cañón es largo, 1 hora, y que por el camino nos van a ir explicando poco a poco la historia de la zona. Desgraciadamente, entre que al tío no le funcionaba muy bien el micrófono, y que tenía un acento como de acabar de bajar las vacas en versión neozelandesa, no pillamos mucho (madres, no sé para qué nos pagáis los idiomas). Algo dijo de que hubo una fiebre del oro en 1862, y que muchos de los caminos están de entonces. De hecho, vimos varias casas abandonadas de la época. Bueno, y de hecho nos confesó que la carretera por la que íbamos a ir era de 1899. A eso le llaman carretera (bueno, "road" en inglés, pero es que los tíos no distinguen entre asfalto y tierra).

La "carretera" en cuestión empezó al cuarto de hora de salir. En ese momento, el tío paró, y vimos un cartel que ponía que las aseguradoras no se hacían cargo si se seguía adelante, y prohibido terminantemente para coches alquilados. Empezamos bien. Nos hicimos unas fotos viendo desde lo alto el valle, y va el hombre, y le pone al autobús (que era sobreelevado) la tracción 4x4. Glups. Madre mía qué "carretera", eso en España no sale ni en los mapas. El autobús entraba malamente de ancho, pero es que encima había unos baches, que daba la sensación de que estábamos en el pulpo de las ferias de los pueblos. Pero eso no tendría tanta gracia si no fuera por los barrancos que había al otro lado, ay omá. Parecía que nos íbamos por el barranquillo cada dos por tres. Y el tío ni se inmutaba. Tuvimos que dejar pasar a dos o tres microbuses más (al final la jodía carretera tenía más tráfico que la M-40), y el tío daba marcha atrás con una soltura que ponía los pelos como escarpias. A todo esto, Ana hizo migas con otra tía que gritaba como una loca como ella cada vez que dábamos un bote. Compañerismo ante la adversidad. La señora le preguntaba a Ana, "tú estás mirando?" y Ana le decía "No, no, no, qué va". 

Bueno, tras lamentos varios llegamos al sitio de salida. No había mucho que  preparar, básicamente nos dieron un chaleco salvavidas y a la lancha. Y bueno, la cámara, aunque con muchas dudas: ya teníamos una baja en nuestras filas camarísticas y no queríamos dos.

¿Y qué es el jet boating? Ejem. Imagínense una lanchita que tiene poco más que cuatro bancos corridos para que se siente la gente, con unas barras pa agarrarse. Nada de cinturones. ¿Y por qué una lanchita necesita unas barras? Pues porque si no pesos plumas como Ana saldrían disparados, porque a la lanchita en cuestión le impulsa un motor Chevrolet V8 de 500 caballos que impulsa una turbina, lo que hace que el chisme vaya digamos rapidillo, y se pueda mover por zonas con poquita agua. Y bueno, las cabronadas que hacen los pilotos son pa verlas. Y allí estábamos, en primera fila, al lao del piloto. Nos dan las instrucciones de seguridad, que básicamente consisten en no soltarte de la barra, y apoyar bien los pies en el suelo. Oh-oh primer problema: a Ana no le llegan los pies al suelo. Miraba histérica a Dani: "¿Qué hago, que hago? ¡Que no me llegan los pies al suelo!", "Pues ponte un taburete de esos del IKEA, no te jode, yo que sé, tú agárrate fuerte".

Total, que arranca el tema, y primera parada pa la foto de rigor. Y luego, p'arriba que vamos, río arriba. Había unas olicas majas, y como íbamos contra corriente, la cosa saltaba más, pero la lanchita tenía fuerza más que de sobra pa ir a toda leche contra corriente. El río no es precisamente ancho, y ahí está la emoción, que no son cantos rodaos lo que hay a los lados: es un cañón, las paredes están cerca, y los perros de los pilotos se lo saben de memoria. Así que en cuanto podía, se arrimaba que si sacas la mano tocas la pared, pero esto a 80 Km/h. De vértigo. El piloto de vez en cuando hacía paradas para explicar cosas de las minas, y escenarios de El Señor de los Anillos (es la gallina de los huevos de oro ahora mismo aquí), y también de vez en cuando, un 360º que te ponía los huevecillos de corbata.

En un momento dao, Dani consiguió bajar los huevecillos de la corbata y sacar la cámara, agarrándose con una mano, pidiendo permiso antes. En realidad la otra no hacía falta, porque la tenía Ana bien enganchada para suplir la falta de apoyo en el suelo. Aunque al final hubo que volver a guardarla porque río abajo se mojaba mucho (y la velocidad a favor de corriente era mucho mayor, más de 100 Km/h), pero un buen tramo está grabado, con efectos de sonido a cargo de Ana. Buenísimos, por cierto.

En resumen, una pasada. Muy recomendable, y además es algo que no hemos visto que se haga en España. Porque lo de tirarse en parapente, en paracaídas, en puenting y todas sus variantes, etc, no lo hemos hecho porque lo podemos hacer cuando volvamos a casa, no es porque nos hayamos cagado en los pantalones, no.

Nos bajamos bastante agarrotados de la tensión, algunos más que otros, y nos llevan en nuestro bus atómico hasta un puente donde se hacían, hace muchos años, saltos de puenting. Parece ser que ahora ya no es lo suficientemente alto, joer, pues qué necesitan, el Everest? Aquello daba un vértigo importante. Y nada, caminito de vuelta, más meneos, más gritos, muy divertido.

Paramos en el camping para comer, y dejar algo de peso de las mochilas, y después de pedir recomendaciones de cosas que hacer a la gente del camping (son todos majísimos, un día hablamos de eso), nos vamos a la Gondola, que es un teleférico que sube a lo alto de una colina donde se ve todo Queenstown y alrededores. La gracia, aparte de eso, que está muy bien, es hacer alguna otra cosilla, tipo puenting, parapente, cenar con vistas, y lo que hicimos nosotros, luge. Que viene a ser montarte en una especie de trineo de asfalto, y bajar por un circuito de 1 km. Moooola.

Habíamos cogido un ticket para una bajada, bueno, pues al final cayeron tres. La primera la hicimos por el circuito de principiantes, en plan relajado y con vistas, no te dejan hacer otro, para que aprendas a manejar el trineo ese. Y luego ya nos picamos y quisimos coger el otro, que tiene unas curvitas majas y como te dejes ir coges una velocidad del copón y apareces en casa dios, porque tiene unas bajadillas en medio que casi salíamos volando. Subías con un telesilla hasta el punto de salida.

Nos pusimos un casco y allá que vamos. Al telesilla. Nos montamos, y con la emoción de Ana de bajar la barra de seguridad (como en el pulpito de las ferias) no vaya a ser que nos cayéramos, a Dani le cayeron cuatro hostias bien dadas en el casco con la barra de seguridad de los cojones, menos mal que llevaba casco. Bien, superado este punto crítico, hicimos la bajada, muy chulo. Hale, vamos a por otros dos tickets para cogernos el circuito molón. Y según salimos con los tickets en la mano, Ana cumplió su sueño, salir en la tele. De hecho, casi sale por el otro lado. Iba mirando los tickets toda ensimismada, y se calzó una hostia contra una tele de plasma que había en el mostrador que tuvo hasta retroceso, como los de la autocaravana, pero más fuerte. Sólo faltaban los pajaritos dando vueltas alrededor de la cabeza como en los dibujos animados. Dios, menos mal que llevaba casco, la virgen qué hostia, aún no sabemos cómo no se cayó la tele. Taba anclada con el mismo sistema que el microondas de la caravana, por lo que se ve. Eso sí, ella muy digna siguió para adelante mirando para todos lados, por si alguien se había dado cuenta. No sabemos que le pasa a esta chica con la cabeza. Todavía nos estamos escojonando.

Y luego viene la liada segunda parte: allá va el cafre del Dani, a ver si bate el récord de la pista (que no había nadie cronometrando) y considera que es una buena idea, seguir a la misma velocidad al final de la pista cuando hay un cartel BIEN grande que dice SLOW DOWN (FRENA!). Más que nada, porque meten los trineos en una especie de carriles muy estrechos y puedes encular al de delante. "Pero es que tienen un zigzag muy chulo", decía después. El caso es que como un vulgar gilipollas de feria de pueblo, volcó. Ahí, rodeado de apacibles familias neozelandesas, y jóvenes responsables, y va el cafre español y vuelca en la zona de llegada. En realidad le dolió más el orgullo que otra cosa, pero tiene unos raspones majísimos en la mano, la pierna, y la lorza delantera izquierda.

Todo esto Ana no lo vió directamente. Se suponía que iba detrás, pero tardaba en llegar. Tanto que hasta Dani se preocupó por si Ana había seguido sus pasos y la había liao en otro sitio de la pista. Bueno, un poco sí que la lió, pero no por eso. Casi nada más salir, el trineo se le paró, le había tocao el típico que no estaba bien, se frenaba todo el rato. Intentaba darle a la palanca, pero nada. Claro, la gente desde los miradores, se empieza a agolpar, porque esa es la pista de los quemadillos. Y un grupete que iba a salir empezó a darle consejos para hacerlo funcionar. Todos los consejos fallaron. Seguía agolpándose la gente para mirar. Imaginemos la escena: una hormiga atómica con casco rojo, parada en medio de la pista chunga, con aspaviento tipo "trata de arrancarlo Carlos", y la gente animando. Hasta llamaron a uno de los que estaban controlando, y desde las alturas le empezó a dar consejos también. Al final por fin salió la cosa, y todo el público comenzó a aplaudir. Bueno, salir no ha salido en la tele (aunque lo intentara), pero ya ha gastado 5 de sus 15 minutos de fama.

Fin de las gansadas, bajamos al pueblo. Sí, es un pueblo, porque la "capital mundial de los deportes de aventura" (y damos fé que es cierto, no hay otra cosa) tiene 8000 habitantes. Nos dimos una vueltecilla, porque tenía un aire muy agradable (tipo Wanaka pero más grande), y fuimos a cenar. Seguimos con nuestra ruta culinaria, siguiendo los consejos de la biblia. Esta vez tocó pescado (pa compensar las hamburguesas de ayer), en el Fishbone Bar & Grill, genial: de primeros pedimos una ensalada de primavera de la casa (un poco de todo, mu rico), y unos calamares a la romana con salsa agridulce y ali-oli, y pan de ajo. Y de segundo, no sabemos como se llaman, pero eran "la elección del Chef" y "el especial del día". Es que los nombres de pescao como que no los controlamos, igual ni siquiera se pueden traducir, porque eran pescados de aquí, pero vamos pescados blancos, a la plancha con hierbas aromáticas, una mantequilla de hierbas y no se qué cosas más. Muy rico todo. 

El postre fue muy bueno, tenían caracoles. En realidad Ana tenía un caracol. En la servilleta. Un caracol en bolas, porque no tenía caparazón, pero se le veían bien los cuernitos. Y no sabe de dónde salió, pero ya se lo había comido todo, así que era tarde para ver si estaba el primo por ahí en la ensalada. Se lo dijimos a los camareros, pusieron cara de asombro, lo comentaron en grupitos (les seguíamos con la mirada), pero ya. Salió a resurgir el carácter español del que hablábamos ayer: ¿nos saldrá la cena gratis? Poco importaba si Ana se había comido unos escargots de regalo en la ensalada. Al final, como estos kiwis (ellos se hacen llamar a sí mismos así) son más naturales que el mosto (van en pantalones cortos y chanclas aunque haya tormentón, van descalzos por la calle...) pues seguramente se echarían unas risas y ya, porque la cuenta nos la pusieron enterita. Como no servimos para el noble arte de reclamar (aparte de que a ver si el caracol lo llevábamos nosotros puesto), pensamos en lo bueno que había estado todo y pagamos.

Hemos dado una última vuelta, y ahora estamos planificando nuestros siguiente días. Lo bueno que tenemos el pasaporte de Dani ya, es que no nos condiciona tanto el paso a la isla norte, y a lo mejor podemos pasar antes de lo previsto y disfrutar algo más de la isla norte.

Mañana nos levantaremos tranquilamente y nos vamos a los Catlins, un parque natural en el extremo sureste de la isla sur. A ver si remontamos el partido. Luego seguiremos, en días sucesivos, hasta Dunedin y Oamaru, para luego seguir a Pukaki y Tekapo, que fue donde lo dejamos cuando tuvimos que ir a Wellington al pasaporte. El misterio estos días es el tiempo que nos va a hacer, y dónde dormir, pero lo que es seguro es que mañana lo haremos en el parque natural, en uno de estos sitios reservados del DOC (Departamento de Conservación), así que no creemos que tengamos conexión. El sábado, si nos conseguimos conectar en algún Wifi, doble ración de crónica.

Saludines, besos y abrazos a todos.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La batalla de Nueva Zelanda, Día 12: 1,2,3 Splash!

Y sí amigos, volvimos a tener un día pasado por agua, pero en este caso era bien esperado y tampoco nos importaba tanto. De hecho la actividad de hoy se veía gratamente favorecida cuanta más lluvia hubiera. Lo que nos sobró un pelín fue la falta de visibilidad, un poco menos de bruma hubiera estado mejor, tenemos que seguir afinando, poco a poco.

Nos levantamos llorando a las 6:30 de la mañana (estamos madrugando más que cuando vamos a trabajar, manda güevos, ¿pero esto son vacaciones o es el ejército?) y desayunamos en un pispas para ponernos en marcha y salir del camping a eso de las 7:30 rumbo Milford Sound (el fiordo). Se suponía que era una carretera malísima de la muerte y por eso salimos con mucho tiempo, pero en este caso, al revés que con el paseíto por tierra del día anterior, la cosa no era para tanto. A estos los teníamos que poner a subir los lagos de Covadonga, pa que sepan lo que es una carretera de verdad. El caso es que nos dijeron que ibamos a tardar 2 horas y media y tardamos 1 hora y tres cuartos. Nota para las madres: esto no ha sido porque fueramos rápido, hay un pepito grillo en el coche que canta las curvas con el límite de velocidad y todo, sino porque la carretera era bastante buena.

Salimos con buen tiempo, pero cómo no, aunque esta vez no nos habíamos echado crema, por el camino empezó a llover. Aun así lo que veíamos era impresionante, en dos palabras, im-presionante.
La vuelta la haríamos tranquilamente parando en todos los sitios que había que ver según nuestra Biblia: la Lonely Planet. A la ida había que quitarse a toda la caravana de autobuses de japos locos por fotografiar (pobre Chirla, si los viera...). Este es el primer sitio en Nueva Zelanda que parece realmente de turismo de "masas" (vamos, que no van en autocaravana). No habíamos visto autobuses en todo el viaje hasta hoy, y bueno, habría 10, pero teniendo en cuenta que los pueblos son de 4 casas, 10 autobuses es ya la leche!!!.

Ya llegando a Milford Sound, nos encontramos en medio de unos mastodontes de montañas, cayendo agua por todas partes (nos sentíamos como hormiguitas), y de repente un semáforo y un túnel. Y ahora qué?. Bueno, por el  momento parar que está en rojo. Esperamos a que se pusiera verde y pa dentro. Y menudo acojone!!!. Tenía una pendiente bestial hacia abajo y sin ningún tipo de luz dentro (bueno, algo sí, pero debían de ser bombillas de estas que se ponen en los flexos y que son azules, porque alumbrar, no alumbraban un pijo). Y al salir, aquello era una orgía de cascadas bajando por las montañas, venga agua y cascadas por toas partes!!!. 

Por fin llegamos al pueblecillo (en vez de cuatro casas aquí eran tres) y aparcamos nuestra casita convenientemente. Los tickets, un café y una hora más tarde estábamos sentados en el barco. Para indicarnos el barco que teníamos que coger, la cosa fue bastante cómica. Nos dice la chica, "¿veis ese barco azul grande que hay ahí?", y nosotros, "ostrás, sí, sí, qué guay, es impresionante", y nos dice: "pues es el de al lado, el pequeñajo blanquito de al lado". Joder!!!, casi tenemos que coger la lupa!!!.Menuda chalupilla!!!. Con esto no cruzamos ni el Manzanares!!!. Pero cuando la chica nos dijo: "en la parte de abajo, teneis café y te gratis los que querais durante el trayecto". Ay amigo, la cosa cambió, nos quedamos gratamente impresionados. Cómo somos los españoles, nos dan cosas gratis y ya nos volvemos locos.

El crucero es mejor verlo en fotos que contarlo de palabra para hacerse una idea, pero es realmente alucinante. Y eso que perdimos parte de la vista por la famosa bruma. Es como si las montañas que nos rodeaban sangraran sin parar echando agua por toas partes. Cascadas enormes allá donde miraras, cayendo desde una altura de hasta 130 metros alguna de ellas. La chalupilla tenía una cosa buena, y es que se acercaba mucho a las paredes del fiordo e incluso se puso debajo de una de las cascadas. Es la leche cuando está debajo. Y también se arrimó para ver animalicos, primero unas cuantas focas (ya estamos acostumbrados a verlas) y despues: tachán, tachaaaaaaannnn, SIIIIIIIII, UN PINGÜINOOOOOOOO!!!!! OH. DIOS. MIO. Nunca pensamos que ver un simple pingüino nos iba a hacer tanta ilusión. Nos pusimos a saltar en el barco como locos, la gente nos miraba raro, pero habíamos metido un GOOOOOOOOL!!!!!.  Naturaleza 4 – Dani & Ana 1. Entonces empezamos a cantar: ESTE PARTIDO, LO VAMOS A GANAR EY!.  Cantemos todos: ESTE PARTIDO, LO VAMOS A GANAR EY!. 

Así que nada, después de la emoción, llegamos a puerto, nos apretamos un sandwich y vuelta para arriba. El camino de vuelta fue más tranquilo (aunque no dejó de llover), disfrutando del paisaje y parando cada poco. La primera parada un sitio llamado "The Chasm" y oh sorpresa!!! A que no saben ustedes lo que había por allí? Un montón de keas!!!.  Naturaleza 4 – Dani & Ana 2, a estas alturas ya se olía la remontada, el espiritu de la roja se había apoderado de nosotros: PODEEEMOS.
Estuvimos jugueteando un rato con ellos (o ellos con nosotros, no está claro). Tienen un plumaje naranja por debajo de las alas chulísimo. Definitivamente son unos loros como cualquier otro. La rutilla en sí por "The Chasm" estuvo bien, era corta y llevaba a una cascada.

La segunda parada nos hizo revivir los tiempos de los chanquetes y de los vadeos. Fueron 34 km de tierra, esta vez barro, 17 en cada sentido. La conducción en estas condiciones va mejorando hasta el punto de que la segunda pasada por el tramo de la Rob Roy Track de ayer, es de auténtica abuelita comparada con la vuelta de hoy. Eso sí tenemos la caravana con una capa de camuflaje en forma de barro de lo más interesante. Lo que ibamos a ver en sí, pos casi como lo de los chanquetes, así que corramos un tupido velo porque no se veía nada (eran otras cascadas tras una ruta por un bosque).

La tercera parada fue la "Cascade Creek", un paseo por un bosque de hayas rojas cubiertas totalmente de musgo verde que parecía un bosque encantado. Daban ganas de convertirse en duende. Estuvo muy bien si no fuera porque nos perdimos un poquitín. Más indicado no podía estar, la cosa era muy sencilla, quizá el exceso de información fue lo que nos lió. El caso es que acabamos de barro hasta los tobillos.

El caso es que iba a haber una cuarta parada, pero ya estábamos cansados e íbamos a llegar un poco tarde a Queenstown, así que ya no paramos más, y tres horas después aquí estamos, en otro Top 10.

Por el camino hemos visto unas interesantes vacas locas. No sabemos muy bien por qué, pero cuando pasábamos al lado de algunos ranchos (no todos) las vacas estaban todas juntas en una esquina de la finca (sin que nadie las persiguiera o algo así), todas quietas, y con la cabeza gacha. Igual eran vacas musulmanas y estaban mirando a la Meca. Igual se estaban protegiendo del frío, vaya usted a saber. El caso es que era muy raro.

Ah, bueno la cena. Como no habíamos comido mucho, y aunque hoy no había penas que ahogar, nos hemos ido al "Fergburger", la hamburguesería donde la biblia dice que hay que comer las mejores hamburguesas de Nueva Zelanda. Y damos fé de que están buenísimas y de que son enormes. Ana se comió la Fergburger con queso edam (no la pudo terminar) y Dani se tragó una Big Al (la más grande que tenían) y según declaraciones posteriores a la prensa "nunca había visto algo igual, es como tres dobles whopper todo junto y en casero". La verdad es que sólo lo que pesaba acojonaba un huevo y para hacerse una idea del tamaño, basta decir que a Dani le costó acabársela, y ya sabemos el saque del que estamos hablando. Tuvimos que darnos un paseo para conseguir bajar un poco aquello.

Estos días en Queenstown nos los vamos a tomar con calma. Estamos muy cansados. Estaremos aquí dos noches. Mañana ni siquiera vamos a madrugar, es nuestro domingo particular. Haremos Jet Boating (mañana lo explicamos, os dejamos con el suspense) y una travesía en autobús 4x4 y luego ya veremos.

Por cierto, nos han escrito un e-mail de la embajada y Dani ya tiene pasaporte. Ya no es ilegal, ni hay que deportarle por la vía chunga. Así que seguimos nuestras vacaciones mucho más tranquilos. 

Un par de curiosidades: lo primero, viajar en autocaravana o coche es una gozada por el precio del combustible. El litro de gasolina está en 80 céntimos de euro, pero es que el diesel está a menos de 50 céntimos de euro. Así no da miedo llenar los 90 litros de depósito de la caravana. Lo segundo, vayas donde vayas te encuentras un baño. Da igual que sea en lo alto de un pico (ayer había uno al final de la Rob Roy Track... suponemos que para hacer el esfuerzo final y clavar la bandera), o en el sitio más inhóspito que te puedas imaginar. Siempre habrá un baño donde evacuar. Pero eso no es lo mejor, siempre hay papel. Debe de haber algún tipo de duende o especie no registrada que se ocupa de reponerlo, porque si no, no tiene explicación.

Hale, ya seguiremos contando más.

martes, 24 de noviembre de 2009

La batalla de Nueva Zelanda, Día 11: Los martes al sol

Es que es martes, no lunes. Pues sí, ha salido el sooooool!!! Bueno, al principio nos hemos acojonao, pero luego se ha quedado un día espectacular. Vamos por orden, que además hoy no hay muchas cosas que contar, así que hagámoslo bien.

Madrugamos muchísimo, porque la ruta que íbamos a hacer eran supuestamente 4 horas ida y vuelta, pero con lo que no habíamos contado y nos dijeron en el camping es que el camino que había que hacer para llegar al principio de la ruta era de 1 hora. O eso decían ellos.

El caso es que nos levantamos a las 6:30, Ana llora todas las mañanas. Y todas las noches regatea la hora del despertador. Si estuviéramos en Marruecos, les levantaba el chiringuito a los moros. De todas formas, es lo que hace todos los días en Madrid también, así que nada nuevo por ese lado. Desayunamos concienzudamente, teníamos que acumular mucha energía, porque supuestamente había que gastar bastante. Y a eso de las 8 nos pusimos en camino, habiendo hecho un picnic para comerlo estando por allí.

Pues una hora en llegar, decían. Casi. Eso si tienes una cacharra que no te importe descuajaringar, o bien un 4x4 para ir a toda leche. Hora y media tardamos! Se suponía que la cosa era algo así como "tira recto por esta carretera, y cuando termine, y empiece un camino de tierra, tú sigue, y al final está el parking de la ruta". Nos habían dicho que aunque pareciera que nos estábamos metiendo por fincas privadas, que no nos extrañáramos, y que siguiéramos. Menos mal, porque si no damos la vuelta. El caso es que el pequeño detalle que se les olvidó matizar, es que el tramo de carretera era de 15 kms, y el tramo de camino de tierra era de 35 kms, en los cuales había que vadear 8 riachuelos. Cuando llevábamos 20 kms ya pensábamos que esto era "En busca de los chanquetes II". Pero como vimos algún que otro coche más, nos tranquilizamos.

Lo de los vadeos es un capítulo aparte. Algunos no eran nada, pero el primero que había que cruzar era majo, parecíamos del Paris Dakar, pero con una caravana. Menos mal que iba uno delante, con una hecha una mierda, y se atrevió a pasar primero, que si no... de hecho, vimos alguna que se rajaba al verlo. Lo peor de todo es que justo en ese tramillo se escondió el sol, salieron unas nubes gordas, y empezó a chispear, así que nos empezamos a temer que los riachuelos crecieran y no pudiéramos volver. Afortunadamente volvió a salir el sol y ya no se escondió en todo el día. Del vadeo gordo tenemos un vídeo que hicimos a la vuelta, ya con menos acojone, y aunque desde fuera parece menos, desde dentro se ponen los huevecillos en la garganta. Esta vez pensábamos que el que salía disparado era el microondas entero, menudos meneos. Bien pensado, igual es más fácil encontrar uno entero con el plato dentro que encontrar el jodío plato. Ah, y el capítulo más interesante con los vadeos fue en el segundo, que ya íbamos más confiados, entramos demasiado fuerte, y nos llegó el agua por encima del capó hasta el parabrisas. El que iba delante paró a ver si salíamos de esa... Uno se pregunta, con el tránsito que tiene (no es la Gran Vía, pero luego en parking había como 20 coches), ¿tanto cuesta poner unos puentecillos?

Mil años después (en los caminos de tierra a 20 Km/h), llegamos, y casi éramos los primeros. Con dudas por las gotillas que caían, cogimos el equipo y arrancamos. Y no nos equivocamos. A medida que íbamos caminando se iba abriendo el día, y al final se quedó precioso. Encima hicimos buenas migas en el parking con unos franceses, hablando precisamente de los charquitos y tal. 

La subida nos llevó algo menos de lo previsto, en lugar de 2 horas, fue 1:45h (somos unos machotes, porque tampoco resultó tan cansado como decían), y el camino terminaba a los pies de una montaña donde se veía el final de un glaciar muy alto (el glaciar Rob Roy), y del que caían enormes cascadas del hielo derritiéndose. Es precioso. Por el camino, habíamos pasado por bosques menos tropicales que en los días anteriores, y por un puente colgante bastante acongojante, y todo a la orilla del río que formaba el glaciar.

Con un paisaje genial, estuvimos comiéndonos el picnic, que en estos momentos sabe a gloria. Otro de los alicientes era ver loros alpinos, los keas, pero vamos, para qué contaros, Naturaleza 5 – Dani & Ana 0. Estamos seguros de que nos están esperando todos juntos en el aeropuerto para darnos una sorpresa y despedirse con pañuelines blancos. Se supone que les gustan las mochilas y la comida de la gente, que son muy curiosos y descarados, y por más que agitamos el bocata de salchichón no hubo manera.

La bajada fue un trámite, mucho más rápida que la subida, y eso que paramos constantemente a hacer fotos con Gamba. Hemos dado a Chirla por perdida. Guardemos un minuto de silencio. Al final, 4 horas entre subir, comer, y bajar. Nostamal.

Así que nos cogimos la caravana, hicimos los 35 kms de tierra y 8 vadeos bastante más rápido (estamos pensando en apuntarnos al rallye de los Faraones), con el inconveniente de que eso afectó a la estanqueidad de la caravana (por decir algo), el caso es que había un momento que había más polvo dentro de la caravana que fuera. Pero hemos aprendido a convivir con él, ya no nos vemos, nos intuimos, somos como los murciélagos, nos seguimos por el sonido. Aunque aquí dentro tampoco hay mucha pérdida.

Volvimos a Wanaka, y paseamos un poquillo por las calles, tiene un ambiente muy majo. Nos tomamos un heladín a la orilla del lago, y nos hicimos amigos de un par de patos con hambre, que recogían las migajas de los helados. Y sin mucha más historia, nos hemos venido a Te Anau, donde mañana saldremos para Milford Sound, el fiordo. El orden lógico hubiera sido ir a Queenstown, pero resulta que para mañana dan malo en todos los sitios, y en donde menos importa que esté malo es en el fiordo: si llueve, hay más cascadas, y si hace bueno, las vistas son mejores. Por el camino de Te Anau a Milford Sound parece ser que hay muchas cosas que ver, veremos.

Hoy hemos cenado en el Fat Duck Café, un sitio bastante recomendado por ahí. Y con razón. Hemos compartido una ensalada de salmón riquísima, y de segundo, uno de nosotros se ha cogido un plato de costillas de cordero y una cervezota negra, y el otro se ha cogido un bacalao y agua. ¿Adivináis quién ha cogido qué? Pues sí, Dani ha bebido agua. 

Y otra vez nos vamos a la cama a toa leche, matadísimos (ha sido un no parar, primero 1h 30 de caravana, la caminata, otra hora de caravana hasta Wanaka, paseo por la ciudad, y luego 3 horas de caravana hasta Te Anau). Y mañana a madrugar otra vez (en este momento Ana ya está empezando a regatear), porque se tarda mucho en llegar al fiordo, y tenemos el crucero a las 10:50. Otra vez sonará el despertador a las 6:30.

Mañana os escribimos desde Queenstown!

lunes, 23 de noviembre de 2009

La batalla de Nueva Zelanda, Día 10: Cantando bajo la lluvia

Menos mal que no volvimos a intentar hoy el heli-hike, porque tampoco era hoy el día. Llovía a mares, y había mucha nube baja por ahí. Nos fuimos de Franz Joseph contentos porque no se iba a hacer la actividad, sientiéndolo mucho por los que se hubieran apuntado. Mal de muchos...

Nos pusimos en camino emocionaos con la posibilidad y esperanza de ver pingüinos en el camino, porque se supone que había un par de sitios que eran casi apuestas seguras para verlos. Mientras llegábamos a la primera parada prevista, Ana decidió operar a Chirla. Con un cepillo de dientes totalmente esterilizado, (vamos, recién comprado en el super), estuvo sacando todos los granines de arena que pudo. Incisión, pinzas, aspire, gasas..., como en un episodio de Urgencias, (que es mas profesional que Hospital Central), hizo todo lo que pudo por salvar su vida, pero Chirla sigue en coma. Es curioso, pobre, da la misma pena que R2D2 cuando está todo churruscado en la peli, y no hace más que ruidines, pero no se mueve. Así está Chirla, con un hilo de voz, pero sin reaccionar. 

La primera parada la hicimos en el lago Paringa, al parecer con muchas truchas, pero no se asomaban a la orilla, son truchas tímidas. A estas alturas ya hacía un día de mieeeelda mi amol así que tampoco le dimos mucha bola. Eso sí, truchos sí que hemos visto unos cuantos.

Superado el lago Paringa, la siguiente parada era el lago Moeraki, o más bien, la track de 2 horas hasta Monro Beach. La ruta está muy chula, de nuevo caminando entre la selva. Estaría mucho mejor si nos dieran un Kalashnikov para que esperáramos a que nos atacaran los vietnamitas, pero no puede ser todo. Molaría revivir aquello de "charli, charli, no siento las piernas, hay chinos por todas partes", porque las selvas son tal cual. O de uno de esos capítulos del Equipo A cuando drogan a M.A. y se van a un sitio exótico.

Después de un paseo bien majo, llegamos la playa de Monro Beach, lugar donde vive una colonia de pingüinos, de junio a diciembre. Esto lo sabemos por los carteles, porque no hemos visto ni uno, y mira que buscamos. La playa la peinamos mejor que esos que van con un aparatito buscando metales. Sí que encontramos un pescao muerto, síntoma inequívoco de la caza del depredador pingüino (léase con voz de Félix Rodríguez de la Fuente). O estaban sobando (que por lo visto soban en el mar) o estaban de parranda. O ya se fueron todos hasta el año que viene, esperemos que no sea esto último. Intentamos atraerlos con sonidos guturales varios, incluso el clásico pero no menos efectivo "pitas, pitas", pero no hubo respuesta. Eso sí, moscas cojoneras unas cuantas, parecía que nos había abandonao el desodorante, y nos sentíamos como en los dibujos animados cuando van muy sucios rodeados de bichos. Naturaleza 1 – Dani & Ana 0.

Con las mismas y el rabo entre las piernas, vuelta a la caravana. Por cierto, en todo este rato no ha dejado de llover. Para hacerlo más sencillo, haceros a la idea de durante todo el relato sigue lloviendo hasta que avisemos. Pero torrencialmente. Eso sí, las cazadoras molonas de ayer han sido estrenadas con gran jolgorio y alegría. No cala ná de ná. Y abrigan un huevo. Confirmao.

Pusimos rumbo al Knight's Point, un sitio que supuestamente tiene unas vistas estupendas, donde se pueden ser colonias de leones marinos y focas (desde lo alto en este caso), incluso alguna ballena despistada, pero entre la bruma y la lluvia no se veía un pijo, así que como siempre ahogamos nuestras penas en comida, nos montamos unos macarrones estupendos en la caravana, en el parking del sitio en cuestión. Naturaleza 2 – Dani & Ana 0. 

Al principio la idea de los macarrones molaba, pero luego Dani empezó a preguntarse si eso estaría permitido (los del DOC – Departamento de Conservación- son un poco polillas), y cada vez que se metía un macarrón pal cuerpo echaba una mirada alrededor. A lo que Ana para tranquilizarle respondía "Acabo de ver a un tío comiéndose un plátano. Si él puede, nosotros podemos comernos unos macarrones". No acaba de ser lo mismo, pero bueno, si nos echaran, pediríamos la expulsión del tío del plátano y ya está. Y luego tuvimos un segundo episodio escabroso con los desagües de la caravana, en este caso del fregadero. Cuando nos pusimos a escurrir los macarrones, no tragaba. Glups. Miradas cruzadas, verás tú, ahora a investigar para limpiar esto, y los del DOC por aquí, y nosotros con los macarrones, qué movidaaaa, qué movida, qué puro nos va a caer. Mirando fijamente el desagüe (ríete tú de Anthony Blake), apareció una burbujita de aire y tragó el agua. Aún no tenemos claro si tenemos que desaguar, a ver si mañana lo aclaramos.

Con la panza llena, seguimos camino, ya que Ana quería ver una apasionante colonia de chanquetes que aparecía en la Lonely Planet (a veces se entiende el por qué de "Lonely" de esta guía), un "pelín" desviada de la ruta, pero nada serio, 30 kms. A los 20 kms había un desvío por un camino de tierra (recordemos amigos que llevamos una caravana de 6 metros), que ponía Hanuka Estuary Walk, o algo asín, que nos llevaría hasta un parking. O eso se supone, porque en la línea de nuestro día, nunca lo encontramos. Y no había desvíos, ojo. Pero lo que si nos encontramos fue primero un tractor, y luego ¡un tráiler!, en un camino que no era más ancho que la caravana. Empezamos a sudar como si lleváramos puestas las chaquetas nuevas y la calefacción a tope, solo que íbamos en manga corta. Joder-joder-joder, lloviendo a mares, en un camino de tierra, sin indicaciones, con un tractor seguido de un tráiler enfrente, el GPS perdido, y de camino a ver una puta colonia de chanquetes, grthgmhdfgsdsdg@#!!. Vimos pasar la vida por delante de nuestros ojos (otra vez) y nos imaginamos el paraíso, lleno de chanquetes. Menos mal que tanto el camionero como el del tractor deben tener el culo pelao de encontrarse con gilipollas perdidos en busca de colonias de chanquetes, y conseguimos salvar la situación con sus indicaciones. Eso sí, dimos la vuelta por donde habíamos venido, detrás de ellos, y pasamos de los chanquetes. Naturaleza 3 – Dani & Ana 0.

Pero como esto no eran suficientes emociones por hoy, decidimos ir hacia Jackson Bay, un pueblo (bueno, lo de pueblooooo es un decir, cuatro casas) de pescadores, porque supuestamente (de nuevo supuestamente) habitan pingüinos. A estas alturas los pingüinos se están escojonando en nuestra jeta, comentando la jugada con los chanquetes. El caso es que como os podéis imaginar, ni rastro de pingüinos. Y eso que esta vez decidimos ayudar al ojo humano con unos prismáticos de los chinos por si era cuestión de afinar un poco más, y ná. Naturaleza 4 – Dani & Ana 0.

La moral de la tropa estaba por los suelos. Decidimos ignorar toda muestra de vida semi-inteligente en nuestro camino y tirar para Wanaka, que todavía se nos iba a hacer tarde. Pasamos por el desfiladero del río Haast, y paramos en un par de cascadas (Fantail Falls y Thunder Creek Falls), oye, muy impresionantes. Claro, con la que estaba cayendo, como pa no. Ciertamente bonitas.

Y cuando ya terminaba el desfiladero, dejó de llover. Y vimos la luz del sol. Cómo cambia todo cuando le da la luz del sol. Y es que el viaje de NZ es un viaje de paisajes, y tan importantes son los que nos paramos a ver como los que nos encontramos por el camino, por la carretera. Y estos días de lluvia no muestran todo el potencial que tiene NZ.

Un par de paraditas más para hacer fotos a los lagos Wanaka y Hawea con los Alpes (de NZ, si no menudas vistas) al fondo, y llegamos. Hicimos la compra, y aún no tenemos plato para el microondas. Pero sí unos muffins de chocolate estupendos. Estamos ya instalados en el Top10 de Wanaka, con unas vistas chulas, y hoy por primera vez hemos oído español en todo el viaje. Hay unos cuantos. Hasta ahora sólo habíamos oído a dos parejas argentinas, pero nada de españoles. Con lo que nos hacemos notar, ya es raro...

Ahora ya estamos cenando unos nachos con queso (todo de dieta, como véis), pero estamos cansados y queríamos algo rápido para acostarnos pronto, mañana es un día largo y duro. Nos espera una ruta de 4 horas si el tiempo acompaña, y luego, después de pasear un rato por Wanaka, nos vamos a Te Anau, que es la base para hacer luego el crucero por los fiordos, el Milford Sound.

Dos anécdotas: una, es que debe ser tradición, en NZ allá donde hay piedras, hacen montoncitos con ellas. Oye, allá cada uno y sus cadaunadas, pero a nosotros nos parece un poco raro encontrarnos montoncitos de piedra por todas partes. En las playas, en las cuencas secas de los ríos, al lado de una cascada, al lado de la carretera... por todos lados!

La otra tiene que ver con los animalitos. Hay varios animales que por raros y típicos la gente anda muy pendiente de ver. Están los kiwis, que son pájaros nocturnos, los keas, loros alpinos, y los possums, que son una especie de cruce de rata, gato y mapache o algo así raruno, que en realidad viene de Australia, y que a los neozelandeses no les gusta nada, al parecer se carga un montón de bichines suyos. Pues andamos ahí a ver si vemos alguno de estos, y de momento keas y kiwis no, pero possums aplastados en la carretera un huevo. Pero vamos, a ritmo de 1 cada 5 kilómetros. A ver si hay suerte y vemos uno vivo! A lo mejor están con los pingüinos y los chanquetes...

Mañana más!

domingo, 22 de noviembre de 2009

La batalla de Nueva Zelanda, Día 9: Alguien voló sobre el nido del cuco

… pero no fuimos nosotros. Cagüentodo! La crema está maldita!!!!

Expliquémonos: hoy nos pegamos un madrugón de espanto, a las 6 de la mañana toque de diana, con los ojos pegaos y la primera en la frente. Con el frescor mañanero, las ganas de mingitar se acentúan, así que Ana decide utilizar el baño de la caravana (como hacemos todos los días). Pero, oh sorpresa, ¿cuánta cantidad de líquido elemento podrá asumir el depósito de la caravana? Pues la cantidad exacta no la sabemos, pero hoy llegó al tope. Tanto, que debe tener algún tipo de sistema de seguridad para que no te salga todo el meao en marcha, que no dejaba abrir la "escotilla" clave. Así que allá que vamos, a las 6 de la mañana, a vaciar el depósito. Ahora ya sabemos que la capacidad es de unos 10-12 meaos mañaneros, clarostá, que son más abundantes. Teniendo en cuenta que Dani es mitad persona, mitad camello, la cosa puede reducirse drásticamente. Así que como medida de compromiso, una media de las que enseñaban en la escuela, y aplicando un factor de corrección basado en la experiencia, hemos decidido no pasar de 8 meaos mañaneros. Haremos seguimiento de este experimento y les haremos saber los resultados.

Bueno, traumas aparte, desayunamos a toa leche y nos pusimos en marcha hacia Fox Glacier (recordemos, amiguitos, que estábamos en Franz Joseph, que está a unos 25 kms), con una carretera  en obras llena de baches interesantísima para una caravana de este pelo, aunque la afrontamos con mucha tranquilidad sabiendo que ya no hay plato de microondas que romper.

Y aquí está el momento clave, compañeros: "Vamos a echarnos crema, que fijo que nos quemamos ahí arriba con toda la nieve". Recordemos que las dos veces anteriores que nos pusimos crema el resultado fue éste: 1) Barco de Abel Tasman: todo el mar azotando la jeta, llegamos con sal hasta el tuétano, todavía la estamos quitando de las gafas de sol (y a tomar por saco la crema, claro), 2) Playa de Whahariki: una tormenta de arena, que ríete tú de Lawrence de Arabia, azotando la jeta, con el resultado de la mujer barbuda y una cantidad de arena en el pelo que hemos tardado dos días en quitar. El resultado de esta vez era previsible. Pero no adelantemos acontecimientos.

Las previsiones meteorológicas eran muy buenas, nos lo venían diciendo desde hace tiempo. Pero ya esta mañana cuando salimos del camping las nubes estaban muy bajas, aunque no llovía. Pensamos, "bueno, será normal por estos lares, levantará cuando salga el sol". Así que nada, pagamos, y nos montaron en un autobús de la posguerra (aquí casi todos los buses son muy antiguos), para llevarnos al helipuerto. El tío bromeaba con que "menos mal que los helicópteros son más modernos que los autobuses, eh?". Qué gracia el jodío, Ana se partía la caja. Allí nos explicaron todas las normas de seguridad, y como no, a Ana se le empezó a hacer un nudillo en el estómago, seguido de risas nerviosas, y un no parar de esto de "me estoy yendo por la patilla de miedito". Nos pusimos unas botas que nos dejaron (donde irían los crampones) y nos dejaron unos calcetines de lana de oveja de la tierra pa que no tuviéramos frío (aunque nosotros íbamos equipaos a tope). El helicóptero llegó incluso a mover las aspas, calentando, pero la maldición de la crema actuó: vuelo cancelado por poca visibilidad por las nubes bajas. Cagüen!

Así que volvimos a la base, y nos ofrecieron la oportunidad de intentarlo de nuevo a las 11:15, sin garantías de que la cosa mejorara, pero a lo mejor con más posibilidades. "Venga, vamos a intentarlo, nos tomamos un café y esperamos" (Ana una tila, claro). Hicimos el canelo un rato, y a las 11:15 volvimos a repetir la operación, parecía que mejoraba, pero oooooh, mismo resultado. Y esta vez no se podía aplazar. Nos devuelven el dinero, y pa casa. El caso es que como este verano ya habíamos estado en un par de glaciares en Suiza, y en uno de ellos, incluso dentro de él y paseando por encima, tampoco nos traumatiza tanto, lo único por la oportunidad del vuelo en helicóptero, pero ya habrá más ocasiones, aquí te ponen un helicóptero hasta pa ir a comprar el pan.

Eso sí: no nos volvemos a echar crema aunque se nos caiga la cara a cachos. Hasta ahí podíamos llegar. Seguro que si hubiéramos subido a lo alto del glaciar hubiera surgido una tormenta de arena de la nada, maldita crema.

Siendo constructivos, seguimos un plan alternativo: lago Matheson, vamos pateando hasta ver la lengua de Franz Joseph (que se puede ir caminando), y cenamos dándonos un homenaje (todo lo arreglamos a base de comida). 

Así que nos fuimos a ver el lago Matheson (un lago que es famoso porque refleja en sus aguas la imagen del Monte Cook y el Monte Tasman casi como un espejo, porque las aguas son muy tranquilas, hay miles de postales con esa imagen). Nos pusimos a caminar, con una rutita entre bosques y al lado del lago, de 1h y 30m, aunque nos paramos a comer así que nos llevó algo más de tiempo. Eso sí, como todavía nos quedaba crema en la cara (no aprendemos) un lago supuestamente hipertranquilo se convirtió en una marejadilla tirando a fuerte marejada en el mar de Alborán. Sol hacía, y la temperatura era buena, pero de espejo ná. Y de monte Cook y Tasman tampoco, porque las nubes no habían levantado. Pero de todos modos, el paseo estuvo muy bien, los paisajes eran muy bonitos, y estuvimos entretenidos con unos peces muy raros a los que les molestábamos con hojas para ver si se movían hacia el sol y les podíamos hacer fotos a través del agua, porque eso sí, cristalina el agua era un rato.

Visto el Matheson, nos fuimos al Franz Joseph, donde había otra ruta de un par de horas en la que llegas al final del glaciar. Hay que remontar una especie de cuenca de un río, que en realidad es lo que ha dejado el glaciar en su retroceso (al parecer hace unos años -1860- era muuuucho más grande, aunque para la tranquilidad de los ecologistas está volviendo a crecer desde los 70, igual dentro de unos años no se puede pisar por donde hoy hemos paseado nosotros). Total, que al final llegamos a estar a escasos 50 metros del final del glaciar. Era mu grande, al lado parecíamos hormiguitas. Muy chulo todo. Gamba hizo un buen reportaje, buscando los encuadres que hubiera hecho Chirla (ahem).

Y nada, vuelta al pueblo. Eso sí, habíamos visto en el tiempo muerto que tuvimos entre el primer intento y el segundo del helicóptero unas chaquetas de montaña (tipo cortaviento absolutamente impermeable de estas como de Trango que abrigan un huevo y son finas) que nos habían gustado mucho, y que cuestan la mitad que en España. Pues nada, para ahogar las penas nos las hemos pillao, y son la leche. Estamos deseando y todo que haga malo pa estrenarlas... así que mañana nos echamos crema.

Y bueno, claro, la cena. Resulta que Ana en sus ratos de copiloto había averiguado en la Lonely Planet que una de las cosas típicas de aquí era el venado. Y leyendo leyendo, encontró un restaurante recomendado con una pinta estupenda, el Alice May, y p'allá que fuimos. Maravilloso, oiga. De entrante ha caido una "Bruschetta" para abrir boca, que es una especie de pan de ajo, con tomate fresco picado, queso feta, y perejil al horno, riquísimo. Y de segundo: un estofado de venado con salsa de vino tinto y cerveza negra, y un chuletón de ternera neozelandesa con salsa de champiñones. Todavía nos estamos relamiendo. No hemos podido ni pedir postres...

Y ahora ya de vuelta en la caravana estamos más cansaos que dos perros pequeños, así que vamos a dormir que mañana queremos madrugar porque nos espera otro largo viaje hasta Wanaka y su lago. Por el camino iremos parando en varios lugares interesantes que hemos leído, se supone que podremos ver focas, leones marinos y pingüinos, aunque depende mucho del día. A ver si hay suerte (nada de cremas).

Queridos todos, mañana más. 

Nota para las madres: Que sí, que nos echaremos crema. Pero como se joda alguna otra actividad, la culpa es vuestra.

PD: Ana se ha vuelto a abrir la cabeza con uno de los armarios, no sabemos en qué estado volverá. Lo que le faltaba.

PD2: Dani está feliz con el termostato de los neozelandeses, nosotros vamos abrigados como pal polo y ellos en pantalón corto y chanclas. No para de decir: "¿Ves?, aquí nadie me diria nada por ir en manga corta".

sábado, 21 de noviembre de 2009

La batalla de Nueva Zelanda, Día 8: La jungla de cristal

Todavía estamos sacando arena de nuestros cuerpos. Desde luego, la playa de Wharariki es de las que dejan huella. Al grano, hoy amanecimos en St. Arnaud, unas vistas muy majicas, las mismas que ayer, y un poco más despejado. Nos hemos levantado animosos, así que empezamos el día dándonos una vuelta por la Honeydew Track, un paseíllo por caminos de unos 45 minutos alrededor del lago Rotoiti, en los bosques que le rodean. Ayer habíamos hecho la Bellbird Track, pero como son 15 minutos ni la contamos, es lo que viene siendo bajar a por el pan y volver. En las dos rutas se supone que había kiwis (kiwi el pájaro, no kiwi la fruta: si fuera la fruta, hubiera bastado con frotar a Ana a cada árbol, y así lo localizábamos rápido), pero no vimos ninguno. Pero son difíciles de ver, así que tampoco esperábamos verlos, más que nada porque son nocturnos, así que como no pilláramos a alguno que volviera de fiestuqui y estuviera de botellón, malamente lo íbamos a ver...

Total, que al final fuimos a pagar (el día anterior habíamos llegado al camping después del cierre de la oficina) y nos fuimos, destino Punakaiki. Hoy era un día de una matada de kilómetros: primero 200 hasta Punakaiki, y luego otros 200 hasta Franz Joseph. Y por si no era lo suficientemente interesante, hoy llovía a mares. De todas formas, es lo mejor que nos podía pasar, porque así llueve en el desplazamiento y no el día que queremos hacer algo. La verdad es que de momento no nos podemos quejar, estamos teniendo suerte.

Por el camino tuvimos un par de cosillas reseñables: la primera es la que da título a este día, y tuvo lugar en una apacible carretera en un desfiladero no sabemos muy bien dónde. El caso es que nuestra casa portátil no deja de ser un furgonetón de 6 metros, y se bambolea bastante más que un coche. Vamos, que en la curvas tumba más que el Rossi ese. El caso es que llegamos a una derecha-izquierda (arrrraaaasss) bastante seguidas y cerradas, marcadas como de 25 km/h. Y así las tomamos, primero a derecha, pasamos un puentecillo, y luego a izquierda. Y cuando estamos en pleno giro a izquierda, apareció un bonito bache, que hizo que la caravana saltara un pelín más: lo justo para que se abriera la puerta del microondas, y escupiera el plato giratorio de dentro. Y aunque está bastante acolchadita la caravana, no superó el trance, y se partió en chopocientos mil cachos, que todavía estamos recogiendo. Luego estuvimos dándole vueltas a si lo deberíamos haber quitado para circular (el plato), porque cuando recogiemos la caravana no nos dijeron nada, y para resolver dudas, qué mejor que pillar otro bache: sin pretenderlo, 100 kms más allá volvimos a repetir la jugada, pero esta vez ni siquiera había curvas, sólo baches, y la puerta del microondas se abrió y se cerró solita. Vale, oido cocina, hay que dejar el microondas, vacío.

La segunda cosilla es bastante más agradable, y son las mil fotos que les estuvimos haciendo a unos venados y alces al lado de la carretera. Resulta que los crían, suponemos que pa comer, porque mañana tenemos probarlos aquí en Franz Joseph mientras cantamos "Titi tiri tiri ti tí, el venao, el venaooo". Bueno, al grano que nos depistamos: la cosa es que cuando nos paramos en la carretera, se nos quedaron todos mirando, no sé si por la risa que les daba ver a Ana corriendo haciendo aspavientos o si en realidad estaban posando pa la foto, porque no éramos precisamente la única caravana parada haciendo fotos, deben de tener práctica ya.

Llegando ya a Punakaiki, nos paramos a hacer una rutilla que nos habían recomendao. Con más miedo que vergüenza, bajamos de la caravana y aunque llovía a mares lo intentamos. La rutilla discurre como por una especie de selva, y termina en una playa salvaje con una cascada. Pero la verdad es que llovía tanto que no vimos mucho, y decidimos seguir hasta Punakaiki. 

Afortunadamente en Punakaiki llovía menos, aunque llovía, y pudimos ver las Pancake Rocks, que son unas formaciones que hay en la cosa, tipo acantilado, que es como si hubieran hecho las rocas de hojaldre, por capitas. Bastante raro y chulo, porque además el agua había hecho como cuevas y tal, mola. La pena es que como el tiempo estaba como estaba pues tampoco nos parábamos demasiado ni a hacer fotos ni a verlo (recordemos que Chirla sigue de baja). 

Fuimos a comer en un bareto al otro lado de la carretera, porque llevábamos retraso sobre el plan previsto, y hacer la comida en la caravana nos suponía perder tiempo. Así que probamos los "pies" de por aquí (una especie de empanada) rellena de una salsa de queso con carne guisada que estaba bastante rico, y otro de huevo con bacon y vegetales frío, ese no nos gustó tanto.

Seguimos ruta, un poco calados (Ana estuvo secando sus pantalones en los aireadores de la caravana todo el rato), y ya con destino a Franz Joseph. Al pasar por un pueblo llamado Greymouth preguntamos por un aspirador en una gasolinera, para recoger los minicachos de la jungla de cristal que llevábamos en el suelo de la caravana. Pues como todo lo de por aquí, no había más que una en todo el pueblo (ojo, 15.000 habitantes, de lo más grande que hemos visto), y cuando llegamos a la susodicha gasolinera, nos comenta la chica que somos los primeros que pedimos usarla desde hace un mes por lo menos. O son muy guarros, o no se les rompen platos de microondas en la caravana, que todo puede ser.

Todavía nos pararíamos una vez más, en un pueblo especializado en artesanía de jade, que se llama Hotikita. Como todos los que hemos visto, tipo del oeste americano (porque llovía, que si no hubiéramos visto pasar las típicas bolas de paja atravesando la carretera): cuatro casas, todas en la carretera que cruza por el medio del pueblo, gasolinera con un cartel fluorescente que pone "Open"...

Hemos llegado ya a Franz Joseph, que es de lo más turístico que hemos visto, hay hasta tienda de souvenirs!!! (la primera que vemos, de verdad). Ya han caído un par de tazas. Y estamos instalados en otro Top10, en el que vamos a hacer un par de noches, así que aprovecharemos para descansar de conducir, y más que nada mañana, porque tenemos madrugón a la vista: nos levantaremos a las 6 de la mañana, para hacernos unos sandwiches, desayunar fuerte e ir al glaciar Fox, a coger un helicóptero y aterrizar en el glaciar, para hacer luego una ruta guiada de dos horas, con crampones, piolet, y toda la pesca! La edad mínima para hacerlo es 9 años, así que no sufráis por nosotros, no será un episodio de esos del paisano de Ana, el simpático Jesús Calleja.

Pues nada, mañana contamos más, y sobre todo con más calma, que esta crónica ha sido un poco atropellada porque nos tenemos que ir a dormir, pero todo sea por nuestro público, se lo debemos a nuestros queridos lectores.

La batalla de Nueva Zelanda, Día 7: Lo que el viento se llevó (a Chirla).

Nos levantamos con un día igual de bueno que el anterior, qué sol!!!. Qué buena temperatura. Desayunamos tranquilamente y pusimos rumbo a la playa de Whahariki, al norte norte de la isla sur, casi en la puntina. El camino fue chulo, una carretera algo sinuosa, que de nuevo puso a prueba la habilidad conductora de Dani, y la habilidad señalizadora de Ana con sus ehhhhh!, ehhhh!!!. 

Cuando ibamos llegando a la puntica, ya veíamos que soplaba un viento de pelotas. Pero nada que no fuera un día más de los que podemos tener en España. Llegamos al parking donde tienes que dejar ya el coche y cogimos los bártulos para empezar un camino de unos 20 minutos hasta la susodicha playa. El camino pasaba por finquillas con ovejas a punta pala que no se quisieron hacer ninguna foto con nosotros y luego por una especie de semibosque que ya llegaba a lo que podemos decir el principio de la playa con dunas y tal. Hay que decir que por el camino, el viento era intensito, tanto que Ana se puso un par de piedras en los bolsillos. 

Pero eso no era ná, brisa comparado con lo que había cuando llegamos a las dunas de la playa. Habíamos invertido unos minutos en ponernos crema antes de salir del parking y pa qué, pa que se nos quedara pegada toda la arena de la playa en nuestras jetas, lo que viene a ser un peeling natural. Ana parecía la mujer barbuda con miles de granos pegados en el bigotillo, parecía que tenia una barba de tres días. Nos costó un triunfo llegar hasta el agua, capucha, gafas de sol, bocas cerradas y de vez en cuando de espaldas al viento para respirar (aun asi seguimos masticando arena) y conseguimos hacer lo que muchas gente ha deseado, bailar como Michael Jackson!!!. Podíamos caminar para atrás!!! Como el MoonWalker!!!. Y tambien podiamos quedarnos clavados en el suelo haciendo un angulo de 45 grados!!! Siempre nos hemos preguntado cómo lo conseguía, ahí está la solución, un ventilador de la ostia en el escenario!. 

La playa es chulísima, es el típico sitio que parece que es el extremo más extremo del mundo. Salvaje, ni un alma, rocas raras y arena superfina.  Hicimos unas cuantas fotos, las que pudimos, teniendo en cuenta la ventisca y con las mismas nos volvimos por donde habíamos venido. Al llegar a la chocita, sacudimos todos nuestros enseres y comenzamos el camino hacia St. Arnaud, que está en el parque natural de Nelson Lakes. Por el camino nos paramos a comer en un restaurante recomendado en la Lonely que se llama Mussel Inn (para Dani el Muselin, debe de tener gracia en Gijón), un sitio en la carretera autentico de verdad. De nuevo menú mejillón, esta vez cocinados de otra manera, una muy curiosa llamada Chowder, una especie de sopa de tomate con albahaca, cebolla otras verduras que ni hemos distinguido y por supuesto mejillones picados y ligeramente picante, muy rico.

Después de comer continuamos ruta y paramos en "Pupu Springs" (lo de Pupu es una abreviatura de un nombre muy largo que termina en Pupu, tipo Terawuarikipupu o algo asi). Son unos manantiales que dicen que tienen las aguas más cristalinas del mundo. De hecho hay carteles que explican que donde parece que hay un metro de profundidad al ojo humano, en realidad hay 2,7 metros!!!. Y eso es porque el agua es muy, muy, muy transparente. Es cierto, las pozas que vimos eran impresionantes, se veían hasta los mocos de los peces.

En ese momento horror!!!, nos dimos cuenta que habiamos perdido a un integrante de nuestro grupo, CHIRLAAAAA, no nos abandoneeeessss!!!!. En nuestro periplo anterior por la playa se ve que le entró arena y su motorcito no es capaz de sacar el objetivo con los granines de arena dando por saco. Dani dice que no está perdida, que con un buen cepillado la recuperamos. Le abrimos el ojito y está ahí, respira, lo sabemos, intentamos reanimarla con pilas alcalinas nuevas: - Dani, carga, 300, FUERA!!. Pero ni con esas se reanimaba, está en coma, esta noche nos turnaremos para quedarnos en vela a su ladito, y que sepa que no está sola.

Pasamos de nuevo por Motueka y paramos en una gasolinera donde rellenaban las botellas de gas que llevamos para la cocina. El aspecto era el de una gasolinera americana del medio oeste, mucho polvo, dos mecánicos de manos grasientas y mostacho y un taller pegado al lado. Queríamos llenar nuestra botella de gas porque hace un par de días intentamos utilizar los fogones y no encendían ni queriendo, menos mal que tenemos tambien fogón eléctrico. El caso es que pensabamos que la bombona estaría vacía, asi que preguntamos en la gasolinera. Uno de los mecánicos de manos grasientas (de hecho tendremos que lavar la caravana con Fairy), llamémosle Joe, nos ayudó y nos dijo que la bombona estaba llena hasta los topes. Dijo que si no funcionaba el fogón podía ser porque había algun tubo obstruído, pero no por la bombona. Así que decidimos probar, una vez comprobada por Joe para ver si ahora funcionaban, y nada, todo igual. Así que ahí viene Joe, como buen profesional, se sube a la caravana, no sin antes dejar sus huellas por todos los sitios, y empieza a juguetear con los fogones teniéndonos a nosotros como espectadores. Y el tío dio con la clave, qué profesional. Resulta que los fogones tienen un sistema de seguridad para que no haya escapes de gas que hace que haya que dejar la rosca del gas pulsada hacia dentro hasta que haya llama, vamos, una absoluta gilipollez. 

Con cara de lelos y con el rabo entre las piernas seguimos rumbo parando a reservar nuestra excursión del domingo en el glaciar Fox: el helihike, es decir, helicoptero sobrevolando los glaciares, ruta por uno de ellos con guía y vuelta en helicóptero, yupiiiii.

Y después de una tiradilla más, hemos llegado a St. Arnaud, donde tenemos un camping bastante más básico que los anteriores (éste es de los gestionados por el DOC, el departamento de conservación del gobierno), pero con unas vistas que quitan el hipo al lago Rotoiti, uno de los lagos del parque de Nelson Lakes. 

Un par de cosillas a anotar: Anaé debe de tener complejo de Tachenko, o bien será cosa de que por ser bajita no está acostumbrada  a agacharse y piensa que nunca se va a dar con nada, pero la hostia que se ha dao hoy con el techo de la caravana ha tenido hasta retroceso, oiga. Y no es la primera! Ya van unas cuantas. Curiosamente Dani todavía no se ha dado.

La segunda cosilla: nos pregunta una lectora que cómo nos apañamos con la comida. Pues francamente bien, señora. Hicimos una primera compra el primer día que no se la salta un gitano, y salvo otra pequeñita aún sobrevivimos. En cuanto a cosas que se pueden comprar/comer, es básicamente igual que en España, sólo que con otras marcas, y los sabores son ligeramente distintos: las mantequillas son más saladas que en España, la leche sabe distinta, y las salsas de tomate y ketchup están muy dulces. Pero lo básico es lo mismo. Y luego el equipamiento de la autocaravana lo hace todo bastante fácil, porque tenemos microondas, nevera, tostador, horno... así que las comidas son como en casa.

Pues nada, allá seguimos: mañana Punakaiki y llegada al glaciar Franz Joseph, y lo que pillemos por el camino. Se supone que hará mal tiempo, veremos.