Todavía estamos sacando arena de nuestros cuerpos. Desde luego, la playa de Wharariki es de las que dejan huella. Al grano, hoy amanecimos en St. Arnaud, unas vistas muy majicas, las mismas que ayer, y un poco más despejado. Nos hemos levantado animosos, así que empezamos el día dándonos una vuelta por la Honeydew Track, un paseíllo por caminos de unos 45 minutos alrededor del lago Rotoiti, en los bosques que le rodean. Ayer habíamos hecho la Bellbird Track, pero como son 15 minutos ni la contamos, es lo que viene siendo bajar a por el pan y volver. En las dos rutas se supone que había kiwis (kiwi el pájaro, no kiwi la fruta: si fuera la fruta, hubiera bastado con frotar a Ana a cada árbol, y así lo localizábamos rápido), pero no vimos ninguno. Pero son difíciles de ver, así que tampoco esperábamos verlos, más que nada porque son nocturnos, así que como no pilláramos a alguno que volviera de fiestuqui y estuviera de botellón, malamente lo íbamos a ver...
Total, que al final fuimos a pagar (el día anterior habíamos llegado al camping después del cierre de la oficina) y nos fuimos, destino Punakaiki. Hoy era un día de una matada de kilómetros: primero 200 hasta Punakaiki, y luego otros 200 hasta Franz Joseph. Y por si no era lo suficientemente interesante, hoy llovía a mares. De todas formas, es lo mejor que nos podía pasar, porque así llueve en el desplazamiento y no el día que queremos hacer algo. La verdad es que de momento no nos podemos quejar, estamos teniendo suerte.
Por el camino tuvimos un par de cosillas reseñables: la primera es la que da título a este día, y tuvo lugar en una apacible carretera en un desfiladero no sabemos muy bien dónde. El caso es que nuestra casa portátil no deja de ser un furgonetón de 6 metros, y se bambolea bastante más que un coche. Vamos, que en la curvas tumba más que el Rossi ese. El caso es que llegamos a una derecha-izquierda (arrrraaaasss) bastante seguidas y cerradas, marcadas como de 25 km/h. Y así las tomamos, primero a derecha, pasamos un puentecillo, y luego a izquierda. Y cuando estamos en pleno giro a izquierda, apareció un bonito bache, que hizo que la caravana saltara un pelín más: lo justo para que se abriera la puerta del microondas, y escupiera el plato giratorio de dentro. Y aunque está bastante acolchadita la caravana, no superó el trance, y se partió en chopocientos mil cachos, que todavía estamos recogiendo. Luego estuvimos dándole vueltas a si lo deberíamos haber quitado para circular (el plato), porque cuando recogiemos la caravana no nos dijeron nada, y para resolver dudas, qué mejor que pillar otro bache: sin pretenderlo, 100 kms más allá volvimos a repetir la jugada, pero esta vez ni siquiera había curvas, sólo baches, y la puerta del microondas se abrió y se cerró solita. Vale, oido cocina, hay que dejar el microondas, vacío.
La segunda cosilla es bastante más agradable, y son las mil fotos que les estuvimos haciendo a unos venados y alces al lado de la carretera. Resulta que los crían, suponemos que pa comer, porque mañana tenemos probarlos aquí en Franz Joseph mientras cantamos "Titi tiri tiri ti tí, el venao, el venaooo". Bueno, al grano que nos depistamos: la cosa es que cuando nos paramos en la carretera, se nos quedaron todos mirando, no sé si por la risa que les daba ver a Ana corriendo haciendo aspavientos o si en realidad estaban posando pa la foto, porque no éramos precisamente la única caravana parada haciendo fotos, deben de tener práctica ya.
Llegando ya a Punakaiki, nos paramos a hacer una rutilla que nos habían recomendao. Con más miedo que vergüenza, bajamos de la caravana y aunque llovía a mares lo intentamos. La rutilla discurre como por una especie de selva, y termina en una playa salvaje con una cascada. Pero la verdad es que llovía tanto que no vimos mucho, y decidimos seguir hasta Punakaiki.
Afortunadamente en Punakaiki llovía menos, aunque llovía, y pudimos ver las Pancake Rocks, que son unas formaciones que hay en la cosa, tipo acantilado, que es como si hubieran hecho las rocas de hojaldre, por capitas. Bastante raro y chulo, porque además el agua había hecho como cuevas y tal, mola. La pena es que como el tiempo estaba como estaba pues tampoco nos parábamos demasiado ni a hacer fotos ni a verlo (recordemos que Chirla sigue de baja).
Fuimos a comer en un bareto al otro lado de la carretera, porque llevábamos retraso sobre el plan previsto, y hacer la comida en la caravana nos suponía perder tiempo. Así que probamos los "pies" de por aquí (una especie de empanada) rellena de una salsa de queso con carne guisada que estaba bastante rico, y otro de huevo con bacon y vegetales frío, ese no nos gustó tanto.
Seguimos ruta, un poco calados (Ana estuvo secando sus pantalones en los aireadores de la caravana todo el rato), y ya con destino a Franz Joseph. Al pasar por un pueblo llamado Greymouth preguntamos por un aspirador en una gasolinera, para recoger los minicachos de la jungla de cristal que llevábamos en el suelo de la caravana. Pues como todo lo de por aquí, no había más que una en todo el pueblo (ojo, 15.000 habitantes, de lo más grande que hemos visto), y cuando llegamos a la susodicha gasolinera, nos comenta la chica que somos los primeros que pedimos usarla desde hace un mes por lo menos. O son muy guarros, o no se les rompen platos de microondas en la caravana, que todo puede ser.
Todavía nos pararíamos una vez más, en un pueblo especializado en artesanía de jade, que se llama Hotikita. Como todos los que hemos visto, tipo del oeste americano (porque llovía, que si no hubiéramos visto pasar las típicas bolas de paja atravesando la carretera): cuatro casas, todas en la carretera que cruza por el medio del pueblo, gasolinera con un cartel fluorescente que pone "Open"...
Hemos llegado ya a Franz Joseph, que es de lo más turístico que hemos visto, hay hasta tienda de souvenirs!!! (la primera que vemos, de verdad). Ya han caído un par de tazas. Y estamos instalados en otro Top10, en el que vamos a hacer un par de noches, así que aprovecharemos para descansar de conducir, y más que nada mañana, porque tenemos madrugón a la vista: nos levantaremos a las 6 de la mañana, para hacernos unos sandwiches, desayunar fuerte e ir al glaciar Fox, a coger un helicóptero y aterrizar en el glaciar, para hacer luego una ruta guiada de dos horas, con crampones, piolet, y toda la pesca! La edad mínima para hacerlo es 9 años, así que no sufráis por nosotros, no será un episodio de esos del paisano de Ana, el simpático Jesús Calleja.
Pues nada, mañana contamos más, y sobre todo con más calma, que esta crónica ha sido un poco atropellada porque nos tenemos que ir a dormir, pero todo sea por nuestro público, se lo debemos a nuestros queridos lectores.
No hay comentarios:
Publicar un comentario