La sobada que nos hemos metido hoy ha sido antológica: desde las 11 de la noche, hasta las 10 de la mañana, por fin dormimos como dios manda. Había que recuperar. Además, hoy el día pintaba con una agenda tranquila, era el primer día en varios que no nos íbamos a mover (repetíamos noche en Queenstown), y no había demasiadas actividades planificadas, pero eso sí, intensas.
Después de desayunar panchamente, tratar de conectarnos a Internet para hablar con las familias respectivas sin éxito (va fatal), y pegarnos una duchita, a eso de las 12 nos pasaron a buscar por el camping: destino Skippers Canyon. Lo que íbamos a hacer era un combinado de ruta en autobús 4x4 por antiguas zonas de minería de oro, y un paseíto en jet boat, luego lo explicamos con calma. Mientras esperábamos hicimos buenas migas con unos indios de Inglaterra, con los que luego intercambiamos experiencias viajeras. Muy productivo.
Ya según subimos nos explican que el camino hasta el cañón es largo, 1 hora, y que por el camino nos van a ir explicando poco a poco la historia de la zona. Desgraciadamente, entre que al tío no le funcionaba muy bien el micrófono, y que tenía un acento como de acabar de bajar las vacas en versión neozelandesa, no pillamos mucho (madres, no sé para qué nos pagáis los idiomas). Algo dijo de que hubo una fiebre del oro en 1862, y que muchos de los caminos están de entonces. De hecho, vimos varias casas abandonadas de la época. Bueno, y de hecho nos confesó que la carretera por la que íbamos a ir era de 1899. A eso le llaman carretera (bueno, "road" en inglés, pero es que los tíos no distinguen entre asfalto y tierra).
La "carretera" en cuestión empezó al cuarto de hora de salir. En ese momento, el tío paró, y vimos un cartel que ponía que las aseguradoras no se hacían cargo si se seguía adelante, y prohibido terminantemente para coches alquilados. Empezamos bien. Nos hicimos unas fotos viendo desde lo alto el valle, y va el hombre, y le pone al autobús (que era sobreelevado) la tracción 4x4. Glups. Madre mía qué "carretera", eso en España no sale ni en los mapas. El autobús entraba malamente de ancho, pero es que encima había unos baches, que daba la sensación de que estábamos en el pulpo de las ferias de los pueblos. Pero eso no tendría tanta gracia si no fuera por los barrancos que había al otro lado, ay omá. Parecía que nos íbamos por el barranquillo cada dos por tres. Y el tío ni se inmutaba. Tuvimos que dejar pasar a dos o tres microbuses más (al final la jodía carretera tenía más tráfico que la M-40), y el tío daba marcha atrás con una soltura que ponía los pelos como escarpias. A todo esto, Ana hizo migas con otra tía que gritaba como una loca como ella cada vez que dábamos un bote. Compañerismo ante la adversidad. La señora le preguntaba a Ana, "tú estás mirando?" y Ana le decía "No, no, no, qué va".
Bueno, tras lamentos varios llegamos al sitio de salida. No había mucho que preparar, básicamente nos dieron un chaleco salvavidas y a la lancha. Y bueno, la cámara, aunque con muchas dudas: ya teníamos una baja en nuestras filas camarísticas y no queríamos dos.
¿Y qué es el jet boating? Ejem. Imagínense una lanchita que tiene poco más que cuatro bancos corridos para que se siente la gente, con unas barras pa agarrarse. Nada de cinturones. ¿Y por qué una lanchita necesita unas barras? Pues porque si no pesos plumas como Ana saldrían disparados, porque a la lanchita en cuestión le impulsa un motor Chevrolet V8 de 500 caballos que impulsa una turbina, lo que hace que el chisme vaya digamos rapidillo, y se pueda mover por zonas con poquita agua. Y bueno, las cabronadas que hacen los pilotos son pa verlas. Y allí estábamos, en primera fila, al lao del piloto. Nos dan las instrucciones de seguridad, que básicamente consisten en no soltarte de la barra, y apoyar bien los pies en el suelo. Oh-oh primer problema: a Ana no le llegan los pies al suelo. Miraba histérica a Dani: "¿Qué hago, que hago? ¡Que no me llegan los pies al suelo!", "Pues ponte un taburete de esos del IKEA, no te jode, yo que sé, tú agárrate fuerte".
Total, que arranca el tema, y primera parada pa la foto de rigor. Y luego, p'arriba que vamos, río arriba. Había unas olicas majas, y como íbamos contra corriente, la cosa saltaba más, pero la lanchita tenía fuerza más que de sobra pa ir a toda leche contra corriente. El río no es precisamente ancho, y ahí está la emoción, que no son cantos rodaos lo que hay a los lados: es un cañón, las paredes están cerca, y los perros de los pilotos se lo saben de memoria. Así que en cuanto podía, se arrimaba que si sacas la mano tocas la pared, pero esto a 80 Km/h. De vértigo. El piloto de vez en cuando hacía paradas para explicar cosas de las minas, y escenarios de El Señor de los Anillos (es la gallina de los huevos de oro ahora mismo aquí), y también de vez en cuando, un 360º que te ponía los huevecillos de corbata.
En un momento dao, Dani consiguió bajar los huevecillos de la corbata y sacar la cámara, agarrándose con una mano, pidiendo permiso antes. En realidad la otra no hacía falta, porque la tenía Ana bien enganchada para suplir la falta de apoyo en el suelo. Aunque al final hubo que volver a guardarla porque río abajo se mojaba mucho (y la velocidad a favor de corriente era mucho mayor, más de 100 Km/h), pero un buen tramo está grabado, con efectos de sonido a cargo de Ana. Buenísimos, por cierto.
En resumen, una pasada. Muy recomendable, y además es algo que no hemos visto que se haga en España. Porque lo de tirarse en parapente, en paracaídas, en puenting y todas sus variantes, etc, no lo hemos hecho porque lo podemos hacer cuando volvamos a casa, no es porque nos hayamos cagado en los pantalones, no.
Nos bajamos bastante agarrotados de la tensión, algunos más que otros, y nos llevan en nuestro bus atómico hasta un puente donde se hacían, hace muchos años, saltos de puenting. Parece ser que ahora ya no es lo suficientemente alto, joer, pues qué necesitan, el Everest? Aquello daba un vértigo importante. Y nada, caminito de vuelta, más meneos, más gritos, muy divertido.
Paramos en el camping para comer, y dejar algo de peso de las mochilas, y después de pedir recomendaciones de cosas que hacer a la gente del camping (son todos majísimos, un día hablamos de eso), nos vamos a la Gondola, que es un teleférico que sube a lo alto de una colina donde se ve todo Queenstown y alrededores. La gracia, aparte de eso, que está muy bien, es hacer alguna otra cosilla, tipo puenting, parapente, cenar con vistas, y lo que hicimos nosotros, luge. Que viene a ser montarte en una especie de trineo de asfalto, y bajar por un circuito de 1 km. Moooola.
Habíamos cogido un ticket para una bajada, bueno, pues al final cayeron tres. La primera la hicimos por el circuito de principiantes, en plan relajado y con vistas, no te dejan hacer otro, para que aprendas a manejar el trineo ese. Y luego ya nos picamos y quisimos coger el otro, que tiene unas curvitas majas y como te dejes ir coges una velocidad del copón y apareces en casa dios, porque tiene unas bajadillas en medio que casi salíamos volando. Subías con un telesilla hasta el punto de salida.
Nos pusimos un casco y allá que vamos. Al telesilla. Nos montamos, y con la emoción de Ana de bajar la barra de seguridad (como en el pulpito de las ferias) no vaya a ser que nos cayéramos, a Dani le cayeron cuatro hostias bien dadas en el casco con la barra de seguridad de los cojones, menos mal que llevaba casco. Bien, superado este punto crítico, hicimos la bajada, muy chulo. Hale, vamos a por otros dos tickets para cogernos el circuito molón. Y según salimos con los tickets en la mano, Ana cumplió su sueño, salir en la tele. De hecho, casi sale por el otro lado. Iba mirando los tickets toda ensimismada, y se calzó una hostia contra una tele de plasma que había en el mostrador que tuvo hasta retroceso, como los de la autocaravana, pero más fuerte. Sólo faltaban los pajaritos dando vueltas alrededor de la cabeza como en los dibujos animados. Dios, menos mal que llevaba casco, la virgen qué hostia, aún no sabemos cómo no se cayó la tele. Taba anclada con el mismo sistema que el microondas de la caravana, por lo que se ve. Eso sí, ella muy digna siguió para adelante mirando para todos lados, por si alguien se había dado cuenta. No sabemos que le pasa a esta chica con la cabeza. Todavía nos estamos escojonando.
Y luego viene la liada segunda parte: allá va el cafre del Dani, a ver si bate el récord de la pista (que no había nadie cronometrando) y considera que es una buena idea, seguir a la misma velocidad al final de la pista cuando hay un cartel BIEN grande que dice SLOW DOWN (FRENA!). Más que nada, porque meten los trineos en una especie de carriles muy estrechos y puedes encular al de delante. "Pero es que tienen un zigzag muy chulo", decía después. El caso es que como un vulgar gilipollas de feria de pueblo, volcó. Ahí, rodeado de apacibles familias neozelandesas, y jóvenes responsables, y va el cafre español y vuelca en la zona de llegada. En realidad le dolió más el orgullo que otra cosa, pero tiene unos raspones majísimos en la mano, la pierna, y la lorza delantera izquierda.
Todo esto Ana no lo vió directamente. Se suponía que iba detrás, pero tardaba en llegar. Tanto que hasta Dani se preocupó por si Ana había seguido sus pasos y la había liao en otro sitio de la pista. Bueno, un poco sí que la lió, pero no por eso. Casi nada más salir, el trineo se le paró, le había tocao el típico que no estaba bien, se frenaba todo el rato. Intentaba darle a la palanca, pero nada. Claro, la gente desde los miradores, se empieza a agolpar, porque esa es la pista de los quemadillos. Y un grupete que iba a salir empezó a darle consejos para hacerlo funcionar. Todos los consejos fallaron. Seguía agolpándose la gente para mirar. Imaginemos la escena: una hormiga atómica con casco rojo, parada en medio de la pista chunga, con aspaviento tipo "trata de arrancarlo Carlos", y la gente animando. Hasta llamaron a uno de los que estaban controlando, y desde las alturas le empezó a dar consejos también. Al final por fin salió la cosa, y todo el público comenzó a aplaudir. Bueno, salir no ha salido en la tele (aunque lo intentara), pero ya ha gastado 5 de sus 15 minutos de fama.
Fin de las gansadas, bajamos al pueblo. Sí, es un pueblo, porque la "capital mundial de los deportes de aventura" (y damos fé que es cierto, no hay otra cosa) tiene 8000 habitantes. Nos dimos una vueltecilla, porque tenía un aire muy agradable (tipo Wanaka pero más grande), y fuimos a cenar. Seguimos con nuestra ruta culinaria, siguiendo los consejos de la biblia. Esta vez tocó pescado (pa compensar las hamburguesas de ayer), en el Fishbone Bar & Grill, genial: de primeros pedimos una ensalada de primavera de la casa (un poco de todo, mu rico), y unos calamares a la romana con salsa agridulce y ali-oli, y pan de ajo. Y de segundo, no sabemos como se llaman, pero eran "la elección del Chef" y "el especial del día". Es que los nombres de pescao como que no los controlamos, igual ni siquiera se pueden traducir, porque eran pescados de aquí, pero vamos pescados blancos, a la plancha con hierbas aromáticas, una mantequilla de hierbas y no se qué cosas más. Muy rico todo.
El postre fue muy bueno, tenían caracoles. En realidad Ana tenía un caracol. En la servilleta. Un caracol en bolas, porque no tenía caparazón, pero se le veían bien los cuernitos. Y no sabe de dónde salió, pero ya se lo había comido todo, así que era tarde para ver si estaba el primo por ahí en la ensalada. Se lo dijimos a los camareros, pusieron cara de asombro, lo comentaron en grupitos (les seguíamos con la mirada), pero ya. Salió a resurgir el carácter español del que hablábamos ayer: ¿nos saldrá la cena gratis? Poco importaba si Ana se había comido unos escargots de regalo en la ensalada. Al final, como estos kiwis (ellos se hacen llamar a sí mismos así) son más naturales que el mosto (van en pantalones cortos y chanclas aunque haya tormentón, van descalzos por la calle...) pues seguramente se echarían unas risas y ya, porque la cuenta nos la pusieron enterita. Como no servimos para el noble arte de reclamar (aparte de que a ver si el caracol lo llevábamos nosotros puesto), pensamos en lo bueno que había estado todo y pagamos.
Hemos dado una última vuelta, y ahora estamos planificando nuestros siguiente días. Lo bueno que tenemos el pasaporte de Dani ya, es que no nos condiciona tanto el paso a la isla norte, y a lo mejor podemos pasar antes de lo previsto y disfrutar algo más de la isla norte.
Mañana nos levantaremos tranquilamente y nos vamos a los Catlins, un parque natural en el extremo sureste de la isla sur. A ver si remontamos el partido. Luego seguiremos, en días sucesivos, hasta Dunedin y Oamaru, para luego seguir a Pukaki y Tekapo, que fue donde lo dejamos cuando tuvimos que ir a Wellington al pasaporte. El misterio estos días es el tiempo que nos va a hacer, y dónde dormir, pero lo que es seguro es que mañana lo haremos en el parque natural, en uno de estos sitios reservados del DOC (Departamento de Conservación), así que no creemos que tengamos conexión. El sábado, si nos conseguimos conectar en algún Wifi, doble ración de crónica.
Saludines, besos y abrazos a todos.
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